<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090</id><updated>2011-04-21T18:02:50.826-07:00</updated><title type='text'>THULE (y los reinos interiores)</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>14</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-8685908982480849345</id><published>2007-12-19T10:13:00.000-08:00</published><updated>2007-12-19T10:16:07.568-08:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:180%;"&gt;EL SILENCIO&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;em&gt;Para Rubén Darío &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡El Silencio! La Esfinge con el dedo en el labio...&lt;br /&gt;Azahar inviolado de la frase no escrita...&lt;br /&gt;La flor a quien consulta mores Margarita...&lt;br /&gt;El libro donde siembra sus máximas el sabio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ensueño tranquilo del amor sin agravio...&lt;br /&gt;Oración sin palabras de espectral cenobita...&lt;br /&gt;Majestad de la estatua... La tristeza infinita...&lt;br /&gt;¡El Silencio!... La Esfinge con el dedo en el labio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh los reyes que duermen en las piedras tumbales!&lt;br /&gt;¡Oh las almas sufridas que se callan sus males!...&lt;br /&gt;........................................................................................&lt;br /&gt;En la celda más triste del oscuro convento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;viejo monje contempla, silencioso e inerte,&lt;br /&gt;sobre la abierta hoja de infolio amarillento&lt;br /&gt;el borroso esqueleto de la pálida Muerte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Villaespesa, &lt;em&gt;La copa del Rey de Thule&lt;/em&gt;, 1900, p. 15.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-8685908982480849345?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/8685908982480849345/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=8685908982480849345' title='2 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/8685908982480849345'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/8685908982480849345'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/12/el-silencio-para-rubn-daro-el-silencio.html' title=''/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-4389748011321416562</id><published>2007-05-26T07:49:00.000-07:00</published><updated>2007-09-21T12:01:42.293-07:00</updated><title type='text'>EL SILENCIO DE ÁYAX</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;El "silencio de Áyax" pretende ser una sección para la reflexión y el ensayo, en la que tengan cabida las diferentes manifestaciones de la condición humana en su relación con el arte y la cultura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Bienvenidos al otro lado&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;¿Ha tenido alguna vez la sensación de que los ojos que le interrogan fijamente desde la otra cara del espejo no son los suyos...? Acompáñenos en este curioso viaje hacia "el otro lado".&lt;/em&gt;&lt;/span&gt; &lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5111177614362881378" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Ru6M9cgHLWI/AAAAAAAAAHU/s-7lEiAczmM/s320/Ed%C3%A9n+(fragmento).jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uando a finales de los 60 ‘El Rey Lagarto’ (Jim Morrison) se contorsionaba bajo los acordes de su rock psicodélico, con el ácido lisérgico susurrándole al oído entre las sombras del escenario, e invitaba a sus seguidores a viajar hacia ese “lugar donde no hay límites” ni se “necesita razón alguna”..., dándoles la “bienvenida al otro lado”, hacía ya tiempo que los hombres buscaban el reverso de las cosas y de sí mismos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;B&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;orges nos recordaba en &lt;em&gt;El libro de los seres imaginarios &lt;/em&gt;(1957) que hace miles de años, en la China legendaria del Emperador Amarillo, había gentes y animales que vivían al otro lado..., al otro lado del Espejo. Entonces existía todo un mundo paralelo del nuestro al que se accedía a través de los espejos. Sin embargo, los habitantes del Espejo eran belicosos y un mal día decidieron invadir a sus vecinos. Afortunadamente, las artes mágicas del Emperador hicieron inclinar la balanza de su parte y, además, este lanzó un hechizo a través del cristal contra aquellos seres especulares: “los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres; los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;T&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ambién cuenta la leyenda que con el paso del tiempo, otro mal día, los habitantes del Espejo “despertarán de su mágico letargo”. Primero, “percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro”, y después irán despertando el resto de formas, que gradualmente diferirán de nosotros y nos dejarán de imitar para, finalmente, romper “las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas”. Es posible comprobar con esta fábula, en la que queda patente la agresividad de los seres especulares, que el carácter salvaje que se le suele atribuir al otro lado, en sus diferentes manifestaciones, es un tópico muy antiguo.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;robablemente, la más célebre estancia de alguien al otro lado del Espejo es la que protagonizó una niña inglesa de 10 años en la segunda mitad del siglo XIX. Evidentemente, me estoy refiriendo a Alicia, a quien el reverendo Charles Lutwidge Dodgson (también conocido como ‘Lewis Carroll’) envió &lt;em&gt;A través del Espejo &lt;/em&gt;en 1871; ‘lo que Alicia encontró allí’ (&lt;em&gt;Through the Looking Glass and what Alice found there&lt;/em&gt;) es, en principio, más agradable que los enemigos especulares del Emperador Amarillo. &lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5111183391093894514" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Ru6SNsgHLXI/AAAAAAAAAHc/KPjQBXU3ml8/s320/Espejo.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;S&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;in embargo, no olvidemos que, a un nivel extratextual, tanto el País de las Maravillas (que el escritor dio a conocer seis años antes) como el Mundo del Espejo no suponían otra cosa que el lado salvaje del propio Carroll, quien por su triple condición de matemático, eclesiástico y tartamudo tenía una vida diametralmente opuesta no sólo a lo que representan cualquiera de esos dos mundos, sino también a cualquier tipo de emoción extraordinaria. &lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5112734244412543778" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_FH1Uep93Uks/RvQUtPUvUyI/AAAAAAAAAHs/wtE2sdWeyLM/s320/aliciasilla.gif" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;demás, también conviene recordar que la trama de &lt;em&gt;A través del Espejo&lt;/em&gt; se basa íntegramente en una partida de ajedrez, un juego que, como se sabe, es en el fondo (y en la superficie) la escenificación de una batalla. Tampoco olvidemos algunos episodios violentos como la encarnizada pelea del Unicornio (Escocia) y el León (Inglaterra) en el capítulo VII, violencia que es mucho más intensa (al menos desde el punto de vista verbal) en &lt;em&gt;Alicia en el País de las Maravillas&lt;/em&gt;, especialmente en el capítulo XII con la famosa y reiterativa exclamación de la Reina de Corazones: “¡Que le corten la cabeza!”. &lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5112734244412543794" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_FH1Uep93Uks/RvQUtPUvUzI/AAAAAAAAAH0/iFGnkpNGAUI/s320/cap13%5B1%5D.gif" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;O&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;tro espejo igualmente famoso pero mucho más pasivo y neutro es el del cuento ‘Blancanieves’, historia que recogió por primera vez el italiano Giambattista Basile en &lt;em&gt;El cuento de los cuentos &lt;/em&gt;(1634) y que se dio a conocer sobre todo con los hermanos Grimm a principios del siglo XIX. La frase de la envidiosa y malvada madrastra de Blancanieves (“Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”) es sin duda una de las interrogaciones más recordadas de la narrativa infantil. Sin embargo, en tal ocasión el papel de este espejo (que contesta casi invariablemente “Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella”) es sólo de instrumento medidor y destinado a constatar grados de belleza presentes o remotos. Aunque también es cierto que, interpretando laxamente la relación entre la bella Blancanieves, su malvada madrastra y el locuaz espejo, podría pensarse que, al fin y al cabo, es un espejo quien sigue separando dos lados diametralmente contrapuestos: el de la bondad sin medida de la niña y el de la desmedida malignidad de su madrastra.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;or otro lado, un enfoque escatológico o cósmico muy interesante de la cuestión especular es la que hacía Borges en otro de sus ensayos, “El espejo de los enigmas”, recopilado en &lt;em&gt;Otras inquisiciones &lt;/em&gt;(1952). En él reflexionaba sobre la exégesis simbólica de la &lt;em&gt;Biblia &lt;/em&gt;y tomaba como base la hipótesis de Arthur Machen de que “el mundo externo —las formas, las temperaturas, la luna— es un lenguaje que hemos olvidado los hombres, o que deletreamos apenas...”, y la de Thomas de Quincey de que “hasta los sonidos irracionales del globo deben ser otras tantas álgebras y lenguajes que de algún modo tienen sus llaves correspondientes, su severa gramática y su sintaxis, y así, las mínimas cosas del universo pueden ser espejos de secretos mayores”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ero Borges se basaba sobre todo en los textos del francés Leon Bloy, que a su vez lo hacía en un críptico versículo de San Pablo, “Videmus nunc per speculum in aenigmate: tunc autem facie ad faciem. Nunc cognosco exparte: tunc autem cognoscam sicut et cognitus sum” (&lt;em&gt;Corintios&lt;/em&gt; I, 13, 12), cuya traducción más o menos libre es esta: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; más entonces conoceré como soy conocido”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;D&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;e las muchas interpretaciones que hizo Bloy a lo largo de su vida y de su obra conviene resaltar dos. Una es de una misiva escrita en mayo de 1904 y en ella el francés decía al respecto que “vemos todas las cosas al revés. Cuando creemos dar, recibimos, etc. (...). Nosotros estamos en el cielo y Dios sufre en la tierra”. Y más concluyente es aún la idea expuesta en otra carta, esta de mayo de 1908: “Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo”. Por tanto, y en definitiva, Bloy también colocaba dos realidades absolutamente opuestas a cada lado del Espejo y una de ellas, especialmente dañina y capaz de causar dolor.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ero ahondando más en la materia, podría afirmarse que todos esos mundos extraños y salvajes que están al otro lado del Espejo no son más que metáforas de ‘los otros lados’ que en realidad llevan las personas en sí mismas. La literatura está llena de ejemplos al respecto, especialmente la literatura de misterio. Licantropías aparte, el más paradigmático es sin duda &lt;em&gt;El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde&lt;/em&gt;, novela publicada en 1886 por Robert Louis Stevenson, autor que pasó a los manuales sobre literatura universal gracias a las aventuras de &lt;em&gt;La isla del tesoro&lt;/em&gt;, aparecida tres años antes. En la primera de estas novelas, el bien y el mal se unen en una sola persona, el médico Henry Jeckyll, que descubre una sustancia química capaz de transformarle, primero a voluntad y después incontroladamente, en el monstruo conocido como mister Hyde.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;O&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;tro galeno ilustre con una cara salvaje y monstruosa es el doctor Victor von Frankenstein, protagonista de la novela publicada en 1818 por Mary Wollstonecraft Shelley que las versiones cinematográficas del siglo XX convirtieron en mito del terror: &lt;em&gt;Frankenstein o el moderno Prometeo&lt;/em&gt;. Más concretamente, mitificaron al monstruo innominado al que la tradición moderna adjudicó el nombre de su creador: ‘Frankenstein’. Aunque esta criatura es una creación producto de los experimentos del médico suizo, parece fácil deducir que en el fondo, al menos literariamente hablando, es su alter ego violento, capaz, como el doctor, de amar y demostrar sensibilidad y buenos sentimientos pero, al mismo tiempo, también de asesinar de forma cruel cuando las circunstancias lo requieren.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;U&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n caso muy interesante en este sentido, porque mezcla el reverso humano con el otro lado de algo muy parecido a un espejo, un cuadro, es el de &lt;em&gt;El retrato de Dorian Gray&lt;/em&gt; (1891). “Al entrar, encontraron, colgado en la pared un espléndido retrato de su amo, tal como le habían visto últimamente, en toda la maravilla de su exquisita juventud y su belleza. Tendido sobre el suelo había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en las manos. Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante. Hasta que no examinaron sus anillos no reconocieron quién era”. Era Dorian Gray, que instantes antes había apuñalado su propio retrato...&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;sí termina la decadentista historia urdida por Oscar Wilde en su novela, en la que un dandy decimonónico, gracias a una extraña suerte esotérica difícil de explicar, logra permanecer indefinidamente joven mientras su retrato envejece. En esta ocasión, el lado oscuro e irracional es reversible y, mientras el retrato absorbe lo malo de Dorian, este se queda con lo bueno; al menos a un nivel físico, porque en el moral podría decirse lo contrario, ya que el protagonista del relato aumenta su crueldad interior de forma proporcional al incremento de su belleza externa.&lt;br /&gt;Incluso en lo ejemplos ‘buenos’ de doble personalidad, la de los superhéroes (esa rica y nunca suficientemente valorada mitología postmoderna), el otro lado conlleva su dosis generosa de rebeldía y desinhibición. Está claro que la faz superheroica siempre es una ampliación en bondad con respecto a la identidad secreta, pero también lo es en cuanto a radicalidad o extroversión. Citemos al binomio superheroico por antonomasia de la segunda mitad del siglo XX: Superman y Spiderman.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l primero, creado por Joe Shuster y Jerry Siegel, vio la luz en 1938, en el número 1 de &lt;em&gt;Action Comics &lt;/em&gt;y no tardó mucho en convertirse en el paradigma superheroico de Occidente. En su vida cotidiana, Superman es el tímido, pacato e introvertido periodista Clark Kent. Sin embargo, cuando surge algún problema en su ciudad, Metrópolis, su personalidad se transforma y se hace mucho más audaz tanto en el desempeño profesional contra ‘los malos’ como en sus relaciones personales.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Y&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; algo parecido ocurre con Spiderman, personaje creado en 1962 por Stan Lee (el famoso gurú de la compañía Marvel) y Steve Ditko para el número 12 de &lt;em&gt;Amazing Fantasy&lt;/em&gt;. Utilizando el lenguaje típico de este tópico, ‘por el día’ Spiderman es Peter Parker, un timorato y enclenque estudiante de Química, y ‘por la noche’ se convierte en el Hombre-Araña, un superhéroe ágil y fuerte en lo físico e incluso mordaz e ingenioso en lo verbal.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;U&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n lado aún más inquietante de ese otro lado del que estamos hablando es el Doble, pero no ya el reflejo físico de uno mismo en un espejo ni el reverso metafórico de su alma, sino la presencia real y efectiva de una persona que es exactamente idéntica a otra sin que les vincule lazo alguno de parentesco. Como también señaló Borges en &lt;em&gt;El libro de los seres imaginarios&lt;/em&gt;, varias tradiciones sajonas recogen la existencia del Doble como un ser que anuncia la muerte de su igual.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n Alemania lo llaman ‘Doppel-gaenger’ y en Escocia ‘Fetch’, que significa literalmente ‘buscar’, ya que, según parece, el Doble viene a buscar a los hombres para llevarlos a la muerte. Borges localizó el tópico también en la “trágica balada ‘Ticonderoga’ de Robert Louis Stevenson” y en “el extraño cuadro &lt;em&gt;How they meet themselves &lt;/em&gt;de Rosseti”, en el que aparecen “dos amantes que se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque”. Considerando todas las reflexiones hechas aquí, es curioso el esquema de este último ejemplo del artista prerrafaelita inglés, puesto que vemos en él un cuadro, que al fin y al cabo es un espejo del alma del pintor, y dentro del lienzo un reverso más: el de los dobles de los amantes, reflejo cuádruple. &lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5111183927964806530" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Ru6Ss8gHLYI/AAAAAAAAAHk/ROpQGt3ztvk/s320/rossetti,+mejor+calidad.wood" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;N&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;o en vano, el propio Dorian Gray, apenas unas páginas antes de terminar la novela que protagoniza, rompe un espejo, irritado por la belleza artificial que ve en sí mismo, y justo al final califica al ominoso retrato que guardaba todas sus imperfecciones de esta forma: “Porque era un espejo injusto aquel espejo de su alma en que se miraba”. Efectivamente —y pregúntenselo alguna vez cuando estén frente a Él—, el Espejo sigue siendo una puerta hacia otros mundos extraños y propios a un tiempo y hacia nuestro propio interior, ya que en el fondo (¿en el fondo del espejo?) esos otros lados salvajes reflejan una parte más o menos reveladora de nuestra alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odiel Información &lt;/em&gt;(17-9-2007, pp. 10-11).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;La "mujer" de rojo (Parte 1)&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Si alguna vez tuvo usted un sueño subido de tono en el que aparecía una mujer tocada con una caperuza roja, tranquilo, descargue su conciencia, porque no fue culpa suya...&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5079970795346256562" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-uhgX44rI/AAAAAAAAAFM/-mFhjyK9eGg/s320/caperucitaroja.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l evocar el personaje de Caperucita Roja, todos dibujamos en nuestras mentes (quizá en aquellos pequeños rincones de nuestra psique donde aún conservamos algo de inocencia infantil) una cándida y dulce niña tocada con una caperuza de color rojo que fue gravemente ultrajada por un fiero lobo mientras desempeñaba la noble misión de abastecer a su querida abuela. Tal ha sido el poder y la fascinación de esta narración tradicional, extraída de lo más profundo de la literatura oral europea, que ha conseguido sin esfuerzo y de forma indiscutible ser considerada el más famoso cuento popular de todos los tiempos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;S&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;in embargo, y precisamente por eso, es un historia que ha dado de sí mucho más de lo que el lector (u oyente) común puede imaginar, puesto que seguro que hay quien desconoce que durante décadas Caperucita pasó por ser poco menos que una buscona gracias a Perrault, que en algunas versiones orales la inocente niña se come la sangre y la carne de su abuela o que casi llegó a conquistar Etiopía para el ejército fascista de Benito Mussolini.&lt;br /&gt;Pero comencemos por el principio. Para aquellos que han estudiado a fondo la cuestión, el origen exacto de este cuento continúa siendo una incógnita, puesto que narraciones basadas o inspiradas en el mismo tema, se pueden encontrar no sólo en el folclore europeo, sino también en la tradición del Lejano y Medio Oriente y en África. Por ello, averiguar cuál de esas narraciones es la original y cuáles las imitaciones constituye una tarea difícil, por no decir imposible, de conseguir.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l primer precedente en la cultura europea lo tenemos en un libro escrito en latín, del año 1023, cuyo título es &lt;em&gt;Fecunda Ratis&lt;/em&gt; (&lt;em&gt;La barca de la fecundidad&lt;/em&gt;). Su autor es Egberto de Lieja y en uno de sus pasajes aparece una niña en compañía de lobos vistiendo ropas de color rojo muy importantes para ella. El tema de este libro es el amor galante, tal y como se puede comprobar en algunos de sus versos: “Cinco son los resortes del amor fogoso:/ vista, conversación, contacto, besos entre los enamorados/ y, finalmente, la cópula, coronación de la enconada guerra”. Este detalle temático es muy significativo, ya que incardina la primera referencia escrita dentro de una obra de tono erótico, lo que prefigura la fuerte connotación sexual de algunas versiones del cuento.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uesto que en &lt;em&gt;El cuento de los cuentos&lt;/em&gt; (1634-36) del napolitano Giambattista Basile podemos encontrar versiones de ‘Cenicienta’, ‘El gato con botas’, ‘Blancanieves’ o ‘La bella y la bestia’, pero no de nuestra ‘mujer de rojo’, hemos de esperar un poco más, hasta 1697, para que Charles Perrault ponga por primera vez en negro sobre blanco la historia de Caperucita Roja (‘Le Petit Chaperon Rouge’), fijando además un elemento, el de la caperuza roja, que no suele encontrarse en las versiones orales.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;errault publicó sus &lt;em&gt;Histoires ou Contes du temps passé&lt;/em&gt; (conocidas como &lt;em&gt;Cuentos de antaño&lt;/em&gt;) bajo la firma de su hijo, Pierre Perrault Damancourt, puesto que en la Francia de la época, y más para un reputado filólogo como él, los cuentos en prosa de origen oral no gozaban de ningún prestigio a nivel literario. Esta estrategia no tardó mucho en ser descubierta, aunque, afortunadamente, el enorme éxito de los Cuentos de antaño terminó por dignificar el género del cuento popular y a Perrault, finalmente, la historia le conocería por ello y no por sus obras eruditas ni por ser uno de los principales protagonistas de la ‘Querella entre los antiguos y los modernos’, importante disputa filológica de la Francia cortesana de finales del siglo XVII; ni siquiera por ser durante veinte años el hombre de confianza de Colbert, el famoso ministro de Luis XIV.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;or otra parte, a pesar de que fue la primera versión escrita de este cuento universal y de su enorme éxito, no ha sido la que ha perdurado hasta nuestros días, principalmente por dos razones. La primera tiene que ver con la forma en que termina la versión perraultiana, ya que en esta no hay final feliz y tanto la abuela como la nieta acaban sus días formando parte íntima de los procesos digestivos del lobo. Imaginen la cara de los niños de hoy en día al escuchar esto.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;omo señala el psicoanalista austriaco Bruno Bettelheim en su célebre estudio &lt;em&gt;Psicoanálisis de los cuentos de hadas&lt;/em&gt; (cuya primera edición española es de 1977), “parece que muchos adultos creen que es mejor atemorizar a los niños para que se porten bien antes que liberar sus ansiedades, que es una de las funciones de un cuento de hadas”. Efectivamente, el relato de Perrault culmina con la victoria del lobo y, de este modo, carece de la huida, la superación y el alivio de otras historias. Su intención era que ‘Le Petit Chaperon Rouge’ fuera, más que un cuento de hadas, una historia admonitoria, de advertencia (&lt;em&gt;conte d’advertissement&lt;/em&gt;) ante actos reprobables, una historia que atemoriza deliberadamente al niño con un final ansiógeno.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;L&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a otra razón tiene que ver con las notables connotaciones sexuales de esta versión, las cuales comienzan desde la propia caracterización de la niña, a la que el autor adornaba con una caperuza roja, pero no una cualquiera, sino un ‘chaperon rouge’, un sombrerito a la moda en tiempos de Perrault. Sin embargo, este no sólo quiso ‘poner guapa’ a la niña, sino que también le otorgó un comportamiento de lo más libertino para ‘su edad’. Cuando Caperucita es invitada por el lobo, que suplía el lugar de la abuela, al lecho de esta, la niña, ni corta ni perezosa, se desnuda antes de llevar a cabo tal sugerencia. Esta acción se ve reforzada con el comienzo del famoso intercambio de observaciones y explicaciones del clímax del cuento: al comentario de la niña “¡Abuelita, qué brazos más grandes tienes!”, el lobo responde que “son para abrazarte mejor, hija mía”, detalle anatómico que, por otro lado, no aparece en ninguna otra versión registrada.&lt;br /&gt;“Podemos pensar”, explica Bettelheim, “que Caperucita es tonta o bien que quiere que la seduzcan porque, en respuesta a esta seducción tan evidente y clara, no hace ningún movimiento para escapar ni para oponerse a ello. Con todos esos detalles, Caperucita Roja pasa de ser una muchacha ingenua y atractiva, a la que se convence de que no haga caso de las advertencias de la madre y de que disfrute con lo que ella cree conscientemente que son juegos inocentes, a ser poco más que una mujer que ha perdido la honra”. No olvidemos tampoco que algunos autores como el alemán Erich Fromm (&lt;em&gt;El lenguaje olvidado&lt;/em&gt;, 1971) van más allá e identifican simbólicamente la caperuza roja con la sangre menstrual, situando a la protagonista en edad ‘de merecer’, lo que aumentaría la significación erótica ya implícita en todo el relato.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l técnico teatral y escritor chileno Hugo Cerda, en otro clásico sobre la materia (&lt;em&gt;Ideología y cuentos de hadas, 1985&lt;/em&gt;) apuntaba la cuestión en este sentido: “Algunos autores han destacado el desarrollo y la evolución netamente sadista de Caperucita roja, la cual ha sido explicada como un símbolo de la violencia o agresión sexual, que en el caso del cuento, se convierte en una especie de simulacro simbólico de la conquista y el acto sexual. Según estos estudiosos, el autor del cuento se regocija en pintarnos inicialmente un cuadro extremadamente idílico y bucólico de Caperucita para hacer más morbosamente interesante el final, esto es, el instante en que el Lobo se acuesta con Caperucita, a quien posteriormente devora”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;T&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;odo este componente sexual de la versión de Perrault se ve además reforzado y explicitado en la moraleja en verso que el francés colocó al final del cuento: “Vemos aquí que los adolescentes/ y más las jovencitas/ elegantes, bien hechas y bonitas,/ hacen mal en oír a ciertas gentes,/ y que no hay que extrañarse de la broma/ de que a tantas el lobo se coma./ Digo el lobo, porque estos animales/ (...) persiguen a las jóvenes Doncellas,/ llegando detrás de ellas/ a la casa y hasta la habitación”. Perrault resolvía así la metáfora dejando claro que el Lobo es el hombre seductor y galante, muy de moda en la Francia de entonces (popularizado un siglo más tarde por &lt;em&gt;Las amistades peligrosas&lt;/em&gt; de Choderlo de Laclos y su libertino vizconde de Valmont), que busca ‘comerse’ a las jovencitas aunque con una intención muy diferente a la de ingerirlas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n este sentido, es evidente que el destinatario de la Caperucita de Perrault era un público cortesano, que probablemente no había visto un lobo en su vida, algo que no tiene nada que ver con las versiones populares, en las que el Lobo cumplía la función de desalentar a los niños de cometer acciones imprudentes, como es el caso de atravesar solos un bosque. El Lobo en este caso debe entenderse como un peligro real y no metafórico. En efecto, sabemos que entre finales del siglo XV y principios del XIX, los ataques de los lobos a los niños (sobre todo pastorcillos niños y púberes) no eran infrecuentes, sobre todo en las regiones alejadas de las grandes vías de comunicación (al contrario que ahora, Europa era entonces un gran bosque); por ejemplo, el primer caso documentado en Lombardía de una agresión similar se remonta al año 1490. Precisamente, esta peligrosidad del lobo determinó su matanza en toda Europa durante los siglos mencionados.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;R&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;egresando al cuento, cabe preguntarse cómo llegó a ser la versión perraultiana esa mucho menos cruel que todos escuchamos alguna vez antes de dormirnos. Después de casi un siglo de éxito incontestable (e inesperado) en Francia, Caperucita Roja emprendió un curioso viaje a finales del siglo XVII de la mano de los hugonotes exiliados, que llevaban consigo el repertorio de cuentos galos. Estos protestantes franceses tuvieron que huir a causa de las Guerras de Religión, recalando en países no católicos como Inglaterra, Suiza, Países Bajos, Norteamérica y Alemania.&lt;br /&gt;Particularmente en este último país, los cuentos de Perrault se fundieron con el sustrato local popular, lo que propició que, a principios del siglo XIX los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm recogieran, junto a otros cuentos, la versión popular alemana de ‘Caperucita Roja’, inspirada directamente en la de Perrault. Lo hicieron en su mítico primer volumen de los &lt;em&gt;Kinder-und Hausmärchen&lt;/em&gt; o &lt;em&gt;Cuentos de niños y del hogar&lt;/em&gt;, publicado en 1812.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;L&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a versión de los Grimm ya es mucho más parecida a aquella que ha predominado en la actualidad. La ‘Caperucita Roja’ de los Grimm integra y amplia la de Perrault y, afortunadamente (al menos para los niños oidores de cuentos) acaba con un final feliz; de hecho, acaba con dos, ya que los alemanes, en su afán documental, recogieron una especie de epílogo en el que Caperucita se cruza con otro lobo, pero esta vez, con la lección bien aprendida, va corriendo hasta la casa de su abuela para tender entre ambas una trampa y matarlo. Este epílogo poco atractivo no ha pasado a la posteridad y sí el primer final de los Grimm, en el que un intrépido cazador (que pasaba por allí) se encarga de abrir la barriga del Lobo mientras este duerme para extirpar de una pieza tanto a la nieta como a la abuela. Acto seguido, Caperucita llena el vientre lobuno de piedras que le terminarían provocando la muerte al despertar gracias al golpe que se da en su huida debido ese sobrepeso inducido.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;N&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;o obstante, hay que señalar que, ya fuera por el boca a boca de la tradición popular alemana o por una pedagógica decisión de los Grimm, su nuevo final surgió por contaminación de otro cuento alemán de origen francés: ‘El lobo y los siete cabritos’. En este, como todos sabemos, un lobo asedia a siete cabritillos a la puerta de su casa haciéndose pasar por su madre. Cuando consigue engañarlos, se come a todos menos uno que espera escondido a la madre para que ambos, al igual que ocurre en ‘Caperucita Roja’, rajen al Lobo, salven a las víctimas e introduzcan unas cuantas piedras en su estómago que le harían ahogarse en una fuente cercana, también por un exceso de peso.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;D&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;e paso, observamos aquí el origen ancestral de todos estos cuentos, ya que es imposible soslayar el parecido de este desenlace con aquel relato mitológico de Cronos devorando a sus hijos, en el que Metis, su primera esposa, le engaña dándole una piedra envuelta en un paño en lugar de entregarle a Zeus, quien, una vez mayor, vuelve para destronar a su padre y obligarle a vomitar de una pieza a sus hermanos y futuros dioses olímpicos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Y&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; hablando de comer cosas que harían vomitar incluso a la madre de los siete cabritos, poca gente sabe que en muchas de las versiones orales Caperucita practica el canibalismo, y nada menos que con la abuela (que ya hay que tener ganas), aunque en su descargo hay que decir que lo hace de forma involuntaria. Según relata Valentina Pisanty en su libro &lt;em&gt;Cómo se lee un cuento popular&lt;/em&gt; (1995), “con el fin de salvar lo que quedaba de la tradición oral, varios estudiosos del folclore, a partir del siglo XIX recogieron testimonios directos por boca de varios narradores populares y registraron por escrito algunas de las versiones orales aún corrientes para catalogarlas y compararlas. De las 35 versiones orales recogidas de la tradición campesina francesa en cuanto al relato de ‘Caperucita Roja’, 20 son totalmente independientes de la de Perrault”. En varias de ellas, el Lobo impostor invita a la niña a comer algo de carne y vino, que son en realidad el cuerpo triturado y la sangre de la abuela, algo que se hace aún más horripilante por el añadido de detalles como los dientes de la abuela que quedaban pegados a la carne y que el Lobo justifica como granos de arroz o como judías verdes.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Q&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uizá el aspecto perturbador que aún advertimos en ciertos cuentos es un residuo de la tradición popular y refleja la crueldad de la lucha por la supervivencia de los más humildes. Se ha observado que, más que un elemento simbólico, la explícita mención del canibalismo que encontramos en muchas versiones populares del cuento debe interpretarse de manera realista. Los casos históricamente documentados de canibalismo en la Europa de los siglos XVIII y XIX confirmarían esta hipótesis. Se puede constatar así cómo los campesinos que contaban los cuentos no tenían necesidad de símbolos y de códigos secretos para hablar de sexo y violencia. De hecho, la mayoría de las versiones antiguas de los cuentos infantiles está plagada de truculentos detalles y sangrientas referencias que, lógicamente, desaparecieron hace tiempo de aquello que se narra a los niños.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;S&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;in ir más lejos, en la versión de los hermanos Grimm de otro de los platos fuertes de la narrativa infantil, ‘La Cenicienta’, las hermanastras se amputan sin dudarlo –y sin anestesia– porciones de sus pies para poder encajar en el famoso zapatito de cristal y, para colmo, al final del cuento dos palomas les sacan los ojos a picotazos, de modo que, “como castigo por su maldad y falsedad, quedaron ciegas para el resto de sus vidas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odiel Información &lt;/em&gt;(24-6-2007, pp. 20-21).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La "mujer" de rojo (Parte 2)&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;El viaje narrativo de la historia de Caperucita Roja y su relación amor-odio con el malvado Lobo es tan variado como las épocas y los lugares por los que ha transitado.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5079971164713444034" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-u3AX44sI/AAAAAAAAAFU/ocK3ePy6vko/s320/dor%C3%A9.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ero retomemos el viaje de la Caperucita de Perrault para terminar de esbozar la evolución del ‘Cuento’ por antonomasia. En 1729 Robert Samber tradujo el texto de Perrault al inglés, haciéndolo así disponible al público anglófono. A Estados Unidos llegó a través de los chapbooks de las colecciones para niños; la primera versión norteamericana documentada se remonta a 1796. Ambas versiones se mantienen fiel al original de Perrault salvo por la omisión de la moraleja y por alguna variación más acorde con el sentido del pudor anglosajón, como que el lobo no se mete en la cama desnudo, sino con el camisón de la abuela, un ejercicio de travestismo muy emblemático de las versiones modernas y que recogerán los Grimm. Estos, además de fuentes populares, también hubieron de inspirarse en la primera traducción alemana de la versión perraultiana (en 1790), así como en la primera adaptación teatral de esta historia, llevada a cabo en 1800 por el escritor romántico alemán Ludwig Tieck en clave de alegoría política y denuncia de la invasión napoleónica, y que introducía otro de los personajes básicos de las versiones actuales: el cazador que mata al Lobo y salva a sus víctimas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n el drama de Tieck, Caperucita representa a la juventud alemana, que primero se siente atraída por los ideales de la Revolución Francesa de 1789 –el Lobo_–, pero luego se retrae horrorizada frente a la barbarie de la revolución: la caperuza roja sería una clara referencia a la moda alemana de ponerse el gorro frigio en homenaje a los ideales de la revolución jacobina. Esta no es la única interpretación simbólica que se ha hecho de la historia de Caperucita Roja. Algunos autores han interpretado la caperuza roja con el rojo del alba, con lo que la niña sería la aurora que cada día muere por efecto de la salida del sol, que no es otro que el Lobo. A pesar de que este siempre ha sido un animal relacionado con la noche, su raíz latina (‘Lupus’) lo entronca con la palabra Luz (‘Lux’) y, además, en alguna leyenda védica (hindú) el Sol se transforma en lobo para poder casarse con la diosa Saranyu. Existen otras muchas interpretaciones simbólicas del cuento, incluso cristianas (en la que, por supuesto, el Lobo sería Satanás y el Cazador el Ángel de la Guarda), pero es más interesante retomar la evolución de ‘Caperucita Roja’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;D&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;e los Grimm en adelante, el viaje narrativo de la –a veces_– mal avenida pareja de cánido y púber (sólo a veces también esto último) adquirió connotaciones bastante variopintas según la época en la que fue difundido. Al principio, la versión de los Grimm suplantó a la de Perrault y fue adoptada por la mayor parte de las colecciones infantiles desde 1812 hasta la primera guerra mundial; los únicos cambios introducidos por los autores del siglo XIX iban en la dirección de una nueva atenuación de los contenidos. Al contrario que ocurría con Perrault, que cargaba las tintas sobre la sexualidad de la niña, la tendencia principal en Europa y América fue transformar a la heroína en un modelo de virtud femenina importunada que necesita la intervención de auxiliadores masculinos.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-vZwX44tI/AAAAAAAAAFc/XbauVxFluY8/s1600-h/cappuccetto_rosso_1.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5079971761713898194" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-vZwX44tI/AAAAAAAAAFc/XbauVxFluY8/s320/cappuccetto_rosso_1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ero, sobre todo, la versión del cuento cambiaría de un modo u otro en función de la utilización interesada que se le quería dar. Ya en 1895 la niña de rojo protagonizó su primera campaña publicitaria para la empresa de detergentes Star Soap, en Zanesville (Ohio). En este sentido, el ejemplo más rocambolesco es el de ‘Cappuccetto Rosso nell’Africa Orientale’, publicado por Armando Lodolini en 1936, en plena Italia fascista. Cappuccetto Rosso es una pequeña italiana que, después de haber escapado del lobo (la Caperucita Roja italiana, al contrario que la extranjera, no podía ser “tan boba como para confundir al lobo con su abuela”), se encuentra con un pelotón de soldados italianos que se dirigen a Abisinia (Etiopía) y, por error, embarca con ellos. Lejos de amedrentarse, una vez que está en el África Oriental, se une al combate con sus compatriotas italianos y, después de haber tomado como rehén a una joven nativa (a la que llama la ‘Cenicienta abisinia’), consigue capturar nada menos que a 2.000 soldados enemigos. Teniendo en cuenta que en la portada de la versión fascista de ‘Pinocchio’ aparece este obligando a beber veneno a la marioneta de Rasputín, la versión totalitaria de Caperucita casi se antoja dulce e inocente (al menos cogía a los prisioneros vivos). &lt;a href="http://bp3.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-vigX44uI/AAAAAAAAAFk/9Og4JZwp2rM/s1600-h/pinocchio_1.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5079971912037753570" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Rn-vigX44uI/AAAAAAAAAFk/9Og4JZwp2rM/s320/pinocchio_1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;fortunadamente, en lo que quedaba de siglo XX las diferentes versiones de ‘Caperucita Roja’ recuperarían su carácter pedagógico. Además, a partir de los años 50, se puede apreciar un intento, por parte de algunos escritores dedicados al público infantil, de trastocar el orden tradicional del cuento y su estilo narrativo, con el fin de descolocar las expectativas consolidadas de los lectores, como es el caso de ‘Il Lupo buono’ (1974) de Italo Terzoli y Enrico Vaime. En ‘El Lobo bueno’ la historia la cuenta el Lobo Miguel en un juicio: el joven e incauto Miguel camina por el bosque tranquilamente tarareando el &lt;em&gt;Only you&lt;/em&gt; cuando se cruza con Caperucita Roja. Esta le pide el favor de que la acompañe a ver a su abuela, a lo que Miguel, titubeante, termina respondiendo afirmativamente. Una vez en casa de la abuela, Miguel es invitado a tomar té y, cuando todo transcurría apaciblemente, llega un cazador furioso porque lo han importunado mientras intentaba robar a la abuela, a quien apunta con su fusil. El noble Miguel se lanza en defensa de la viejecita, pero al hacerlo le sirve de ‘escudo lobuno’ y es herido. Hasta aquí, el resumen de los hechos, que el inocente Miguel ha terminado exponiendo ante un tribunal, ya que los hombres no creen su versión. Finalmente, el juez tampoco da crédito al lobo y da por buena la versión del cazador, quien, en un giro inesperado resulta ser Perrault disfrazado. De esta retorcida y surrealista estratagema proviene la inmerecida fama del Lobo coprotagonista del cuento.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;D&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;e cualquier modo, la versión más extendida, también en la actualidad, sigue siendo aquella que todos conocemos y que funde y atenúa las adaptaciones de Perrault y de los Grimm. Y en cuanto a las versiones adultas, hay un sinfín de reelaboraciones paródicas, ejercicios de estilo, cuentos satíricos e incluso eróticos cuya reseña obligaría a escribir, como mínimo, otro artículo de parecidas dimensiones a este. Por eso, concluyamos aquí con un último recuerdo empático y entrañable para ese Lobo que no siempre quiso devorar a niñas y para esa Caperucita que a veces deseó que se la comiera el Lobo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;em&gt;Odiel Información&lt;/em&gt; (24-6-2007, p. 18).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;El Borametz y la Mandrágora&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l mundo de las bestias y los seres fabulosos es fundamentalmente ecléctico. Un simple repaso a cualquier bestiario medieval nos aleccionará acerca de la impresionante capacidad de hibridación que tenía este tipo de seres. Sin ir tan lejos en el tiempo, Flaubert describió en su obra póstuma &lt;em&gt;La tentación de San Antonio &lt;/em&gt;(1874) todo un completo catálogo de lo bestial, del cual lo que sigue es sólo un pequeño ejemplo: “cabezas de caimanes sobre pies de corzo, búhos con colas de serpiente, cerdos con hocico de tigre, cabras con grupa de asno, ranas velludas como osos, camaleones grandes como hipopótamos, becerros con dos cabezas, una que llora y otra que muge, fetos cuádruples sujetos por el ombligo y que bailan como peonzas, [y] vientres alados que giran como mosquitos”;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;stas, en realidad, son las menos conocidas de las muy heterogéneas criaturas que tentaron al santo ermitaño en el desierto de Tebas. En dicha relación existe un denominador común: la hibridación siempre se produce dentro del reino animal. Incluso ilustres criaturas fantásticas producto de la conjunción de animales y humanos, como sirenas, centauros o el mismísimo Minotauro, siguen debiendo su doble origen al reino animal. ¿Y el vegetal? ¿Se ha cruzado alguna vez con el reino animal? La respuesta es sí. Éste es el caso del borametz y de la mandrágora.&lt;br /&gt;‘Borametz’ es la palabra rusa utilizada para nombrar al cordero vegetal, extraño ser descrito por numerosos viajeros que lo sitúan en la Tartaria (nombre asignado durante la edad media a la parte central de Eurasia, desde el río Dniéper por el oeste hasta el mar del Japón por el este). Básicamente, como narra el viajero Odorico de Pordenone y recoge Henri Cordier en &lt;em&gt;Recueil de voyages et de documents pour servir à l´histoire de la Géographie &lt;/em&gt;(1890), su descripción es ésta: “...en las montañas caspias crecen unos frutos maravillosamente grandes. Cuando están maduros, se les abre y se encuentra una bestezuela de carne viva, como un corderito, y se comen esos frutos y esas bestezuelas”. Claude Kappler, en su libro &lt;em&gt;Monstruos, demonios y maravillas a fines de la edad media &lt;/em&gt;(1986), nos llama la atención sobre el hecho de que esta fabulosa criatura no preocupa exclusivamente a los viajeros y nos recuerda cómo el conocido historiador Huizinga, en un su obra El otoño de la Edad Media (un clásico de la historiografía), señala que Luis XI mantiene “correspondencia con Lorenzo de Médicis acerca de un agnus dei, un producto vegetal llamado también agnus scythicus, que pasaba por ser tan raro como milagroso”. Destaca también Klapper una breve enumeración de viajeros que han tratado en sus obras a tan curioso ser: “La citada planta-animal interesará mucho a los viajeros hasta el s. XVII: el barón Sigmund de Herberstein, que hizo un viaje a Rusia (de 1511 a 1526) y dejó una relación latina de su itinerario; Olearius, autor de un &lt;em&gt;Voyage de Moscovie &lt;/em&gt;aparecido en 1636; Jean Struyss, que visitó el país treinta años después. Henri Cordier cita fragmentos de todos ellos en sus notas a Odorico”. Dice, por último, Kappler que esta planta no deja de tener algún fundamento real, ya que corresponde a un vegetal catalogado en Botánica entre las plantas polípodas. Como advierte Borges en &lt;em&gt;El libros los seres imaginarios &lt;/em&gt;(1957), también se la solía llamar “polypodium borametz” o “polipodio chino”, “[s]e eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan sale un jugo sangriento. Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Brown la describe en el tercer libro de la obra &lt;em&gt;Pseudoxia Epidemica &lt;/em&gt;(Londres, 1646)”. Señala, amén de la mandrágora —en la que me pararé a continuación—, otros ejemplos de mezcla entre lo vegetal y lo animal, como “la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en primavera, dio plumas en lugar de hojas”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;N&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;o obstante, el más famoso e importante cruce entre el reino animal y el vegetal es sin lugar a dudas la mandrágora, mágica planta cuya raíz se supone constituida por un diminuto ser con forma humana. Es en realidad una planta de la familia de las Solanáceas cuyo nombre científico es &lt;em&gt;Mandragora officinarum&lt;/em&gt;. Sus hojas son grandes, ovales, onduladas y de color verde oscuro y suelen agruparse en forma de roseta alrededor de un tallo muy corto. Las flores son blancas o azul violáceo, con cinco sépalos y cinco pétalos lobados y su fruto es una baya oblonga. Toda la planta despide un olor fétido y es nativa de la región Mediterránea y el Himalaya, y especialmente de Grecia. De esto último provenga quizá el detalle de que las primeras noticias suyas las tengamos en testimonios de la Antigüedad clásica; de hecho, su nombre procede del griego (μανδραγόρας) y significa algo así como “dañino para el ganado”. A pesar de que hoy en día apenas se usa como tal, es también una droga, siendo su principio activo la atropina, aunque también contiene cantidades menores de escopolamina. Karina Malpica en su investigación &lt;em&gt;Las drogas tal cual... &lt;/em&gt;apunta algunas características más de esta planta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;“S&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;e administra en forma oral. Como contiene principalmente atropina, se comporta de manera similar a la belladona: en dosis bajas bloquea los receptores de la acetilcolina deprimiendo los impulsos de las terminales nerviosas; mientras que en dosis elevadas, provoca una estimulación antes de la depresión. En la medicina antigua las hojas de mandrágora hervidas en leche se aplicaban a las úlceras; la raíz fresca se usaba como purgante; y macerada y mezclada con alcohol se administraba oralmente para producir sueño o analgesia en dolores reumáticos, ataques convulsivos e incluso de melancolía. En tiempos de Plinio se empleaba como anestésico dándole al paciente un pedazo de raíz para que la comiera antes de realizar una operación”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;fectivamente, por aquel entonces la mandrágora era utilizada en medicina como anestésico y analgésico, aunque sin dejar de estar asociada a múltiples supersticiones. De hecho, Plinio llegaría a decir, quizá un poco enigmáticamente, en su &lt;em&gt;Historia Natural &lt;/em&gt;(77 d. C.) que “[l]os osos, cuando han probado los frutos de la mandrágora, lamen hormigas”. Pero su carácter esotérico y misterioso comenzaría pronto a motivar que esta planta se acercase cada vez más al terreno de la magia y la brujería y se alejase del de la medicina. Coincidiendo con el auge de las prácticas mágicas durante la Edad Media, se produjo una intensa reactivación de las características legendarias de la mandrágora. Su raíz gruesa, larga y generalmente dividida en dos o tres ramificaciones de color blancuzco ha podido inducir a la gente a pensar que tenía forma humana y esto último contribuyó a cimentar una extensa y aceptada leyenda sobre su génesis, características y propiedades prodigiosas. Dicha leyenda conservaría su vigencia hasta no hace mucho y, por ejemplo, el francés Collin de Plancy diría de ella en 1842 en su &lt;em&gt;Diccionario Infernal &lt;/em&gt;que “[l]os antiguos atribuían grandes virtudes á la planta llamada mandrágora, tal como la de procurar la fecundidad de las mujeres. Las más excelentes de estas raíces eran las que habían sido rociadas con orina de un ahorcado, pero no se podían arrancar sin morir, y para evitar esta desgracia, ahondaban la tierra en todo el rededor de la raíz, ataban el extremo de una cuerda en ella, y el otro extremo al cuello de un perro; y enseguida, haciéndole á latigazos huir de allí, arrancaba la raíz; el pobre animal moría en esta operación, y el dichoso mortal que tenía entonces esta raíz no corría ningún peligro, y poseía un tesoro inestimable contra los maleficios”.&lt;br /&gt;Constantino di Maria, en su &lt;em&gt;Enciclopedia de la Magia y la Brujería &lt;/em&gt;(1967), engloba a la mandrágora dentro de un grupo de “plantas de conocida acción estupefaciente o alucinante” que aún hoy se designan con el apelativo de “hierbas de bruja” o “hierbas del Diablo” debido a su frecuente uso en brujería (belladona, estramonio, cáñamo índico...) y da una versión más ajustada a la tradición literaria de la mandrágora:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;“L&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a mandrágora, planta conocida no sólo por la botánica y por la farmacología, sino también por la literatura, era una de las plantas que formaban parte de la composición de los filtros mágicos. Las más sombrías y lúgubres leyendas pueblan la historia de esta planta, que se suponía lograba su máxima eficacia si era recogida debajo de un horca, a los pies del ahorcado, y mojada con una gota de esperma caída durante los últimos espasmos de la agonía. La manera de coger la mandrágora constituía un auténtico ceremonial. Su raíz no podía ser cogida por ningún hombre, pues éste hubiera muerto en el instante de arrancarla. Era necesario, por tanto, atarla con una soga al cuello de un perro negro que al incitarle a correr arrancaba la mandrágora y así moría únicamente el can. Al mismo tiempo, el hombre tenía que hacer sonar un cuerno para no oír los gritos que la planta lanzaba al ser arrancada, puesto que dichos gritos le hubiesen provocado la muerte. La raíz, que recuerda vagamente una forma humana, era tenida por amuleto de insuperables poderes mágicos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l tema de la mandrágora ha sido tratado literariamente por autores de la talla de Nicolás Maquiavelo o incluso, quizá, de Shakespeare, ya que se insinúa en su &lt;em&gt;Romeo y Julieta &lt;/em&gt;que el veneno que ingirió esta última en el acto IV, escena III para simular su muerte no era otra cosa que mandrágora, aunque en realidad no se nombre como tal en ningún momento. El bardo inglés pone en boca de Fray Lorenzo las siguientes palabras acerca de la mandrágora:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;“E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n todo cuanto vive y crece en la tierra, no hay nada tan vil que no tenga algo bueno; nada hay tan bueno, tan perfecto, que, si se desvía de su verdadero objeto, no pierda su naturaleza primitiva y degenere en mal. (...) En el tierno cáliz de esta florecilla reside el veneno, y en él halla su poder la medicina: si se aspira su perfume, deleita los sentidos; si se prueba, mata sentidos y corazón” (acto II, escena III). “Toma este frasco, y cuando estés en el lecho, bebe este líquido destilado: de pronto correrá por tus venas un humor frío y soporífero; (...) [p]ermanecerás cuarenta y dos horas con ese aspecto que imita la muerte fría, tras lo cual despertarás como de un sueño agradable” (acto IV, escena I).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;or su parte, Maquiavelo escribió en 1518 una comedia en cinco actos titulada precisamente &lt;em&gt;La Mandrágora &lt;/em&gt;y, aunque la mágica planta constituía en su argumento una mera excusa para el desarrollo de una trama de engaño amoroso, podemos apreciar en dicha obra el carácter al mismo tiempo curativo y letal de dicha planta, así como sus poderes mágicos y la creencia en los mismos no sólo del vulgo, sino de personajes tan cultivados como, por ejemplo, todo un doctor en Leyes. La Mandrágora se estrenó al poco de escribirse, en el Carnaval de Florencia de 1518 en presencia del propio Lorenzo de Medici, y supuso para Maquiavelo un pequeño y frívolo pasatiempo con el que mitigar la forzada inactividad que sufría durante esta época debido a su destierro por motivos políticos. En ella Callimaco, un noble florentino educado en París, se enamora a su vuelta a la ciudad del Arno de Lucrecia, mujer de Nicias Calfucci, el citado doctor en Leyes. Aprovechándose de que dicho matrimonio llevaba más de seis años casado sin obtener descendencia y de la estulticia del propio marido, Callimaco urde una farsa en torno a una poción de mandrágora con la connivencia o ayuda de varios personajes de dudosa catadura: fray Timoteo, un fraile corrupto —como casi todos, insinúa Maquiavelo—, Ligurio, un casamentero gorrón, Siro, criado de Callimaco, y Sostrata, madre de Lucrecia. Así, Callimaco, haciéndose pasar por “maestro en Medicina”, le dice a Nicias Calfucci:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;“T&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;enéis que saber que no hay nada mejor para dejar preñada a una mujer que hacerle beber una poción de mandrágora. Es una cura experimentada por mí varias veces y siempre ha dado buen resultado. De no ser por eso, la reina de Francia sería estéril y como ella una infinidad de princesas de aquel estado”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ero, para poder introducirse en la cama de Lucrecia apunta además que “el primer hombre que yazga con ella, luego que ha bebido esa poción, morirá dentro de los ocho días siguientes, sin que exista en este mundo remedio alguno contra eso”. Podemos observar aquí, como advertí y aunque de manera algo sui generis, la doble naturaleza mágica de la mandrágora: curativa y mortal. Finalmente, Callimaco, por medio de todas estas artimañas, conseguirá su propósito y más aún, ya que, una vez consumado el acceso carnal, le desvelará a su amada todo el engaño y Lucrecia, cautivado por los encantos del joven y resentida por la connivencia de todos, acabará correspondiéndole y poniendo las bases para que el pobre de Nicias Calfucci sea un cornudo para el resto de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;or otro lado, en la literatura y el cine más modernos aun hay cabida para nuestra curiosa planta-animal. En el libro y película &lt;em&gt;Harry Potter y la cámara secreta la profesora &lt;/em&gt;Sprout imparte una clase sobre cómo ha de cultivarse y cosecharse una mandrágora (con poco rigor ritual, por cierto). Y en &lt;em&gt;El laberinto del Fauno&lt;/em&gt;, su guionista y director, Guillermo del Toro, coloca bajo la cama de Ariadna Gil un espécimen de mandrágora bañado en leche, en una nueva asociación de esta planta con facultades propiciadoras de los partos, ya que el personaje que interpretaba la actriz tiene problemas para completar con garantías su embarazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ara concluir, volvamos a Borges y &lt;em&gt;El libros los seres imaginarios&lt;/em&gt;, donde se encuentra la recopilación de los testimonios de diversos autores ilustres: “Pitágoras la llamó «antropomorfa»; el agrónomo latino Columela, «semi-homo», y Alberto Magno pudo escribir que las Mandrágoras figuran la humanidad con la distinción de los sexos. (...) También, que quienes las recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla era correr al albur de espantosas calamidades; el último libro de la &lt;em&gt;Guerra judía &lt;/em&gt;de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes”. Como ven, la mandrágora es una planta... o animal..., o las dos cosas, que ha suscitado numerosos e interesantes comentarios, algunos contradictorios, algunos coincidentes: que si nace de la orina de los ahorcados o de su semen, que si ingerida produce la muerte o la fertilidad, que si al arrancarla se enmudece o se muere... En el poso de todas estas leyendas sin duda habrá de hallarse, si no el halo de alguna misteriosa verdad, acaso el espíritu de algunos escondidos miedos humanos.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odiel Información &lt;/em&gt;(5-5-2007, pp. 18-17).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Lo Sublime&lt;/strong&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uando Áyax “en cuerpo y en belleza el mejor entre todos los argivos” después de Aquiles (&lt;em&gt;Odisea&lt;/em&gt;, XI, 469-470), recuperó las armas de este al poco de morir a manos del príncipe troyano Paris, se entabló un arduo debate entre los generales griegos que permanecían acampados en las llanuras de Anatolia, a las puertas de la lejana Troya. Ulises, que también había participado en el rescate del cadáver de Aquiles, y Áyax eran los dos únicos caudillos que podían aspirar a heredar sus armas y su famosa armadura forjada por Vulcano. Sin embargo, la asamblea de notables otorgó este privilegio al primero de ellos, más astuto y versado en las artes oratorias. Áyax se retiró encendido de cólera, juró venganza y esa misma noche intentó pasar a cuchillo a los más destacados generales de la flota helena. Afortunadamente, Atenea infundió en el irascible guerrero la niebla de una locura arrebatadora que le hizo confundir a un rebaño de ovejas con el objeto de su ira. Al amanecer, Ulises le encuentra empapado en sangre y con una orgía de muerte animal a su alrededor. Áyax, al regresar a la realidad, se da cuenta de la insensata carnicería que acaba de acometer y se quita la vida con la misma espada que arrancó a Héctor, hermano de Paris, en su lucha por las armas de Aquiles.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;M&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ucho más tarde, en el largo y tortuoso viaje que hubo de realizar Ulises de camino a su casa en Ítaca (llamado ‘Odisea’), el astuto marino hubo de descender a los Infiernos para consultar al adivino ciego (y eventualmente transexual) Tiresias. Este, o mejor dicho, su alma inmortal, debía suministrar a Ulises la clave del regreso al hogar. No obstante, el protagonista de la &lt;em&gt;Odisea&lt;/em&gt;, en su descenso infernal o &lt;em&gt;Nekya&lt;/em&gt;, se encontró antes con el espíritu de Áyax Telamonio y se dirigió a él en estos términos: “Áyax, hijo de aquel noble y cabal Telamón, ¿ni después de la muerte olvidarte podrás del rencor contra mí por aquellas tristes armas? Gran daño ello fue que infirieron los dioses a los dánaos: tan grande baluarte perdimos contigo. Con no menos dolor que la muerte de Aquiles lloramos los argivos la tuya que nadie causó: sólo Zeus, que no tuvo medida en su odio a la grey de los dánaos, aguerridos lanceros, por sí decidió tu ruina. Pero llégate, ¡oh príncipe!, aquí y oye atento las cosas que aún habré de decirte; reprime tu furia y tu orgullo” (&lt;em&gt;Odisea&lt;/em&gt;, XI, 552-562). Áyax le miró con tristeza unos segundos y, sin mediar palabra, se alejó lentamente hacia lugares más profundos del Infierno.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;E&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;n este sentido, el anónimo autor del pequeño tratado de retórica &lt;em&gt;Sobre lo sublime&lt;/em&gt;, del siglo I. d. C., decía: “Lo sublime es el eco de un espíritu noble. Por eso, a veces, también un pensamiento desnudo y sin voz, por sí solo, a causa de esta grandeza de contenido, causa admiración; así el silencio de Áyax en la &lt;em&gt;Nekya &lt;/em&gt;es grandioso y más sublime que cualquier palabra” (IX, 2). Efectivamente, en el silencio se encuentra muchas veces lo más bello no solo del arte, sino también del propio ser humano. El místico cristiano por antonomasia, Tomás de Kempis, daba este claro consejo: “Huye cuanto puedas del bullicio de los hombres, pues mucho estorba el tratar de las cosas del siglo, aun cuando se haga con pureza de intención” (I, X, 1). Y Fray Luis de León se expresaba con idéntico sentido en su “Oda a la vida retirada”: “¡Qué descansada la vida/ del que huye del mundanal ruido...”. Por otro lado, el dramaturgo simbolista belga Maurice Maeterlinck dedicó uno de los capítulos de su &lt;em&gt;Le Trésor des humbles &lt;/em&gt;(&lt;em&gt;El Tesoro de los humildes&lt;/em&gt;, 1896) a teorizar sobre el silencio en el arte, aduciendo que “el silencio no es ni vacío ni ausencia de comunicación, sino todo lo contrario: instaura un diálogo supremo, cuando las palabras son insuficientes, entre dos almas al borde del vértigo de los misterios insondables”. El propio Juan Ramón Jiménez basaba parte de su fascinación juvenil por los cementerios en el silencio melancólico que emanaba de los mismos, y en “Somnolenta”, un poema modernista de &lt;em&gt;Ninfeas &lt;/em&gt;(1900), narraba el encuentro crepuscular de un enamorado con su amada muerta que, después de besarle un instante en silencio, desaparece lentamente entre una vegetación imposible. Incluso en el cine moderno, ebrio de luz y sonidos, ha existido lugar para expresar la sublimidad a través del silencio, tal y como hiciera Stanley Kubrick en su mítica película &lt;em&gt;2001: Una odisea del espacio &lt;/em&gt;(1968), inspirada a su vez en el relato “El Centinela” de Arthur C. Clarke. En este “film nietzschiano por antonomasia”, como decía Joaquín E. Meabe (Universidad Nacional del Nordeste, Argentina), “el silencio es la mejor pregunta para el incrédulo: la que abre y la que cierra el debate y la acción misma”; y así lo podemos observar tanto al principio de la misma, 4 millones de años atrás, con la erección silenciosa de aquel monolito negro, como al final, cuando aquel feto cósmico de superhombre sobrevuela nuestro planeta antes de que vuelvan a sonar los acordes del &lt;em&gt;Así hablaba Zaratustra &lt;/em&gt;de Richard Strauss.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;D&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;esgraciadamente, en estos tiempos postmodernos que corren, el silencio forma parte escasa de nuestras vidas, y de este modo, carecemos muchas veces del mejor medio de comunicación con nosotros mismos. En silencio, el hombre es capaz de ponerse en contacto con la divinidad y con lo trascendente. En silencio puede conectar con el espíritu perdido de la naturaleza. En silencio es posible reflexionar sobre el pasado con serenidad y proyectar el futuro de modo lúcido. Sólo en silencio se manifiesta la capacidad de crear y es posible alcanzar la esencia del arte. Y cómo mejor se comunica el amor es en silencio, a través de los ojos, porque los ojos reflejan las necesidades del alma y en el alma se encuentran las galerías escondidas por donde discurren callados los secretos que explican la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odiel Información &lt;/em&gt;(31-3-2007, p. 13).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-4389748011321416562?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/4389748011321416562/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=4389748011321416562' title='2 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/4389748011321416562'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/4389748011321416562'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/05/el-silencio-de-yax.html' title='EL SILENCIO DE ÁYAX'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_FH1Uep93Uks/Ru6M9cgHLWI/AAAAAAAAAHU/s-7lEiAczmM/s72-c/Ed%C3%A9n+(fragmento).jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-8772537899552661138</id><published>2007-03-27T12:44:00.000-07:00</published><updated>2007-04-05T11:04:07.838-07:00</updated><title type='text'>QUIMERAS E HIPNALES</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;stos dos microrrelatos fueron publicados hace poco en Odiel (18-3-2007, p. 7; el primero de ellos, además, quedó finalista en un concurso de una web colombiana: &lt;a href="http://www.sicenelmedio.com/index.asp?noticia=3099"&gt;http://www.sicenelmedio.com/index.asp?noticia=3099&lt;/a&gt;). Aquí en Huelva, poca gente los entendió y además recibí algún comentario burlesco gracias a ellos. Son dos textos puramente parnasianos, algo complicados, ejercicios literarios que no tienen mérito mucho más allá de ejercitar la palabra (aunque tampoco merecen que se los linchen por pura ignorancia). Al contrario que la mayoría de los procesos literarios, en ellos surgió primero el título, un día cualquiera, jugueteando con las palabras, medio en sueños, y después los vestí torpemente (que diría Bécquer) con lo que sigue detrás.&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;El sueño de la Quimera&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Incluso antes de conciliar el sueño, pudo percibir el raro azul del claro de luna que envolvía la figura de Pegaso como encerrando sus alas en el círculo mudo de un escudo corintio. Ahora, bajo las ramas de aquel olivo milenario que le dibujaba las sombras, una indolente neblina comenzó a bañar el olvidado alcor donde le sorprendió la noche. El olor a azufre y almizcle que se le había emboscado en torno a la cara terminó por despertarle. La luz azul de Hécate asaltó tímidamente sus ojos glaucos depositando con suavidad sobre la mente una imagen difusa de bestia extraña que ocupaba el lugar del hijo de la Medusa... León, Cabra, Serpiente. Y el Fuego..., derramándose con lentitud entre las fauces como en un llanto de lava. Las venas gruesas y palpitantes trazaban caminos de belleza imposible entre los recios músculos del joven, desnudo y levemente acariciado por la amable brisa del agosto del Istmo. La duermevela y la bruma le tenían paralizado mientras la bestia se acercaba lentamente bebiéndose su propio fuego, con los rojos ojos buscándole los suyos. Sin saber ni cómo ni por qué, le sorprendió una nueva sombra, robusta y erguida, que asomaba por entre el suave y rubio vello del pubis. El espíritu del Protector de los jardines le había poseído a través de la triple contemplación de la bestia circundada de niebla y luna. Una lengua tibia lamió dócilmente la sombra y ésta se perdió delicadamente una y otra vez en bocas desiguales y sedientas. Finalmente, de entre la oscuridad surgió la luz en una suerte de estallido que volvió a depositar al asombrado joven a las puertas del Reino de los sueños...&lt;br /&gt;En aquel preciso instante, en una de las más altas rocas de la rocosa Licia, la Quimera se despertó tres veces al contacto del primer rayo de Sol. &lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;El silo ante el hipnal &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El silo no era suyo. Bueno, sí lo era, pero no lo consideraba suyo porque había sido legado de generación en generación, de padre a hijo, hasta llegar a él, desde los tiempos en que Fernando III el Santo cruzara ante la orgullosa construcción, de paso hacia Sevilla, para someter a los moros. Durante siglos fue molino altivo y robusto, dueño de una conocida encrucijada, paso obligado de caminantes y ejércitos. Ante él desfilaron las tropas de Felipe II de camino a las Américas y las de Fernando VII alejándose de los franceses. Después perdió las aspas y se reconvirtió en silo, y siguieron pasando soldados: los de Alfonso XIII de camino hacia el Rif y las milicias republicanas huyendo de Queipo de Llanos. Siempre había estado allí. Era como un patrimonio de la historia. Pero también del paisaje, de un paisaje formado por una naturaleza exuberante y casi mágica. Se decía que en su interior, por las noches, mezclados con los granos de trigo, solían danzar los duendes... No era suyo. Por eso, cuando un hombre de la ciudad vino para comprar aquel silo viejo y arruinado y transformarlo en un restaurante rústico a la moda, él se sumergió en una profunda melancolía. No tenía familia. Le hacía falta el dinero para poder estudiar en la Universidad y se le presentaba una oportunidad única. Sin embargo, el viejo silo era para él como un padre prodigioso y comprensivo que le animaba el alma. No sabía qué hacer. Debía decidirse pronto. La noche antes de vencer la oferta la pasó entera en el interior del silo. Pensando. Soñando un poco también. Salió al despuntar el alba, con la decisión tomada, camino del pueblo. Al cruzar la puerta del viejo silo, quedó paralizado por una hermosa serpiente que se erguía ante él, bajo los tonos rosados de la alborada, mirándole fijamente a los ojos. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-8772537899552661138?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/8772537899552661138/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=8772537899552661138' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/8772537899552661138'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/8772537899552661138'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/03/quimeras-e-hipnales.html' title='QUIMERAS E HIPNALES'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-117002809709976039</id><published>2007-01-28T15:22:00.000-08:00</published><updated>2007-01-28T16:02:33.763-08:00</updated><title type='text'>"ANNABEL LEE"</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uando yo era un adolescente de juegos y juergas despreocupadas, en aquellos maravillosos días en los que conocía bien el Alcohol y apenas a su hija bastarda la Resaca, escuché por primera vez algunas canciones de “Radio Futura”. Y, entre ellas, hubo una que me fascinó especialmente, cuyo vídeoclip también pude ver en algún programa tipo “Aplauso” o “Tocata”. No tenía la fuerza de otros temas, como &lt;em&gt;Escuela de calor &lt;/em&gt;o &lt;em&gt;37 grados&lt;/em&gt;, pero sí una cadencia y un misterio que le sugerían una especie de carácter hipnótico. De aquel vídeoclip sólo recuerdo a una hermosa joven vagando entre los árboles, a los pies de un acantilado gris, cerca de la orilla de un mar turbulento, con un etéreo traje de novia inmaculado que le daba una bella y siniestra apariencia fantasmal. En realidad, era un fantasma, era Annabel Lee, y era la protagonista de uno de los mejores poemas de Edgar Allan Poe..., pero eso sólo lo supe mucho más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;F&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ue casi una década después, cuando me documentaba para mi tesis en la biblioteca de la Universidad de Huelva y leía un libro sobre modernismo. Cuál fue mi sorpresa cuando el autor, al buscar las raíces de uno de los tópicos del modernismo, el de la “amada muerta”, citó a Poe y un fragmento de su poema “Annabel Lee”. Por un lado, experimenté una agradable sensación de alegría y sorpresa y, por otro, de vergüenza por no haberlo intuido ni averiguado durante tanto tiempo. “Radio Futura” son buenos, pero claro, Poe lo es un “poco” más. En ese momento entendí el por qué de mi fascinación por aquella historia de amor y de fantasmas. Tanto antes de conocer el origen de Annabel Lee como después, siempre ha habido un pequeño hueco en mis pensamientos más escondidos para aquella novia muerta que se paseaba con su traje blanco flotando por encima de las rocas de un acantilado gris...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“Annabel Lee”, by Edgar Allan Poe (1849) &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;It was many and many a year ago,&lt;br /&gt;In a kingdom by the sea,&lt;br /&gt;That a maiden there lived whom you may know&lt;br /&gt;By the name of Annabel Lee;&lt;br /&gt;And this maiden she lived with no other thought&lt;br /&gt;Than to love and be loved by me.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I was a child and she was a child,&lt;br /&gt;In this kingdom by the sea;&lt;br /&gt;But we loved with a love that was more than love-&lt;br /&gt;I and my Annabel Lee;&lt;br /&gt;With a love that the winged seraphs of heaven&lt;br /&gt;Coveted her and me.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;And this was the reason that, long ago,&lt;br /&gt;In this kingdom by the sea,&lt;br /&gt;A wind blew out of a cloud, chilling&lt;br /&gt;My beautiful Annabel Lee;&lt;br /&gt;So that her highborn kinsman came&lt;br /&gt;And bore her away from me,&lt;br /&gt;To shut her up in a sepulchre&lt;br /&gt;In this kingdom by the sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The angels, not half so happy in heaven,&lt;br /&gt;Went envying her and me-&lt;br /&gt;Yes!- that was the reason (as all men know,&lt;br /&gt;In this kingdom by the sea)&lt;br /&gt;That the wind came out of the cloud by night,&lt;br /&gt;Chilling and killing my Annabel Lee.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;But our love it was stronger by far than the love&lt;br /&gt;Of those who were older than we-&lt;br /&gt;Of many far wiser than we-&lt;br /&gt;And neither the angels in heaven above,&lt;br /&gt;Nor the demons down under the sea,&lt;br /&gt;Can ever dissever my soul from the soul&lt;br /&gt;Of the beautiful Annabel Lee.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;For the moon never beams without bringing me dreams&lt;br /&gt;Of the beautiful Annabel Lee;&lt;br /&gt;And the stars never rise but I feel the bright eyes&lt;br /&gt;Of the beautiful Annabel Lee;&lt;br /&gt;And so, all the night-tide, I lie down by the side&lt;br /&gt;Of my darling- my darling- my life and my bride,&lt;br /&gt;In the sepulchre there by the sea,&lt;br /&gt;In her tomb by the sounding sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;“Annabel Lee”, por “Radio Futura” (1987)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar&lt;br /&gt;habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee&lt;br /&gt;y crecía aquella flor sin pensar en nada más&lt;br /&gt;que en amar y ser amada, ser amada por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Éramos sólo dos niños mas tan grande nuestro amor&lt;br /&gt;que los ángeles del cielo nos cogieron envidia&lt;br /&gt;pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad&lt;br /&gt;como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche&lt;br /&gt;para helar el corazón de la hermosa Annabel lee&lt;br /&gt;luego vino a llevársela su noble parentela&lt;br /&gt;para enterrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No luce la luna sin traérmela en sueños&lt;br /&gt;ni brilla una estrella sin que vea sus ojos&lt;br /&gt;y así paso la noche acostado con ella&lt;br /&gt;mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores&lt;br /&gt;que saben más como dicen de las cosas de la vida&lt;br /&gt;ni los ángeles del cielo ni los demonios del mar&lt;br /&gt;separaran jamás mi alma del alma de Annabel Lee.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No luce la luna sin traérmela en sueños&lt;br /&gt;ni brilla una estrella sin que vea sus ojos&lt;br /&gt;y así paso la noche acostado con ella&lt;br /&gt;mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel sepulcro junto al mar&lt;br /&gt;en su tumba junto al mar ruidoso.&lt;br /&gt;Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar&lt;br /&gt;habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee&lt;br /&gt;y crecía aquella flor sin pensar en nada más&lt;br /&gt;que en amar y ser amada, ser amada por mí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-117002809709976039?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/117002809709976039/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=117002809709976039' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/117002809709976039'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/117002809709976039'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/01/annabel-lee.html' title='&quot;ANNABEL LEE&quot;'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-116933285211829462</id><published>2007-01-20T14:39:00.000-08:00</published><updated>2007-01-20T14:45:18.843-08:00</updated><title type='text'>Y FIN</title><content type='html'>En la cima de una idea&lt;br /&gt;acaricié el alma de tu ausencia...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-116933285211829462?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/116933285211829462/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=116933285211829462' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116933285211829462'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116933285211829462'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/01/y-fin.html' title='Y FIN'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' 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href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116890643670559582'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116890643670559582'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/01/principio.html' title='PRINCIPIO'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-116811424161583481</id><published>2007-01-06T11:57:00.000-08:00</published><updated>2007-01-06T12:15:16.853-08:00</updated><title type='text'>"El Doble"</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ste relato es uno de los primeros que escribí. Surgió de mi enfermiza mente allá por el año 1999, una cifra muy sugerente si se le da la vuelta. Pero no, la trama de esta historia no tiene nada que ver con el Demonio (como en "El día de San Juan"), aunque sí con el nebuloso mundo de lo espiritual y lo místico... Mandé este cuento a más de un concurso y no tuve ningún éxito. Tampoco conseguí poublicarlo por ningún lado. Supongo que eso significa que no debe de ser demasiado bueno... Pero a mí me gusta, así que allá va. Si alguien tiene la desdicha de leerlo, confío en que sea ampliamente benévolo... Eso sí, después de leer esta historia, tardad un tiempo en volver a miraros al espejo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;EL DOBLE&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;“Dorian no contestó; llegó distraídamente hasta su retrato y se volvió hacia él. Al verlo retrocedió y sus mejillas enrojecieron de placer por un momento. Un relámpago de alegría pasó por sus ojos, porque se reconoció por primera vez”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oscar Wilde. &lt;em&gt;El retrato de Dorian Gray&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;MARÍA&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;Ya tenía todo preparado para el viaje. Por la mañana había comprado algunas cosas que le faltaban y culminaba así los preparativos que había llevado a cabo durante una semana. Lo último que hizo, a eso de las doce, fue comprar dos potentes linternas halógenas en una tienda especializada que tenía precios concertados con la Universidad -el descuento era sustancial. “Juan O’Keefe. Doctor en Biología”, pudo leer el vendedor en su acreditación universitaria, descubriendo con curiosidad, al mismo tiempo, su origen escocés. “¿Va muy lejos?”, le preguntó. “No demasiado: a la Sierra. Quiero hacer una investigación sobre la fauna autóctona del lugar”, respondió Juan con una mentira, consciente de que la exposición completa de sus tareas investigadoras se alargaría demasiado. “¿Va solo?”, inquirió el dependiente. “Sí”. Juan tenía prisa. “¿Y no le da miedo?”. Cogió el cambio y, mientras decidía que la conversación había concluido, contestó casi a la vez que se daba la vuelta: “No creo que sea para tanto. Buenas tardes”. Y salió de la tienda sin apenas hacer caso al “buen viaje, tenga cuidado” que se escuchaba, ignorado, unos metros detrás suya.&lt;br /&gt;Tenía prisa porque necesitaba pasarse por la Facultad. Así lo hizo. Cogió el coche y antes de una hora ya estaba allí. Subió hasta su despacho, en el departamento de Zoogeografía, y, después de algún tiempo, cuando comenzaba a ponerse nervioso, encontró los formularios que estaba buscando escondidos en un cajón. Los necesitaba para llevar un registro ordenado de los datos que tomase durante la investigación. En ese momento alguien entró sin llamar. Juan, sobresaltado, dejó caer los papeles. “Un día me vas a matar del susto, María”. Era María, su compañera de despacho, zoóloga como él, pero partidaria del trabajo en laboratorio y poco amiga de las excursiones campestres. “También es mi despacho, ¿no...? Si a esto se le puede llamar despacho... ¿Cuándo te vas?”. “Mañana por la mañana”, dijo Juan mientras recogía los formularios. “¿Mañana sábado? ¿Por qué no te vas hoy?”. María hizo algo que irritaba profundamente a Juan: encendió un cigarro. “Te he dicho mil veces que fumes fuera del despacho. Eres bióloga y deberías saber de más el daño que eso le hace a tus células”. “No seas pesado y dime por qué no te vas hoy”. Juan claudicó. “Necesito descansar. He estado toda la mañana preparando el viaje y esta tarde quiero dormir un poco. Después iré a la biblioteca para sacar algún libro con el que entretenerme en la Sierra cuando no esté recogiendo datos”. El humo del cigarro de María jugueteaba con las paredes y los objetos del despacho. Lo inhalaba con fruición, mirando fijamente a los ojos de Juan, consciente de lo mucho que le irritaba que fumase en su presencia. Sin embargo, no se quejaba, ya que el efecto que producía en él la visión del humo saliendo por los rojos labios de María era sencillamente embriagador. “Esa rana veneno de flecha va a acabar contigo. Si no lo hace su veneno, lo hará el cansancio acumulado de tantas horas dedicadas a su maldito estudio. Además, no creo que encuentres nada”. Juan casi no la escuchaba. Tenía los ojos clavados en sus frutales labios y la mente anclada en la última noche que hicieron el amor, hace poco más de un mes. Los labios de María seguían moviéndose, pero Juan ya no oía nada. El sabor de sus pechos, el roce de su piel, el intenso olor de su sexo... “Juan, ¿me estás escuchando?”. “Sí, claro”. Juan bajó de una nube pretérita. “¿Que cuándo vuelves?”. “El martes o el miércoles; no lo sé”. “Llámame cuando llegues, quiero hablar contigo. Ten cuidado...”. María tiró la colilla encendida al suelo y la apagó con su calzado deportivo. Como queriendo establecer un paralelismo con su forma de entrar, se fue sin despedirse. Juan le dijo “adiós” a la puerta y terminó de recoger algunas cosas que necesitaba.&lt;br /&gt;El despacho estaba lleno del humo del cigarro de María y el olor a tabaco bañaba todas las cosas. También le bañaba a él. Juan continuó yendo de un lado hacia otro de la habitación buscando folios e instrumentos... Pero no encontraba el cuaderno que iba a utilizar como diario de campo. El humo le estaba volviendo loco... No lograba acordarse de dónde había metido el dichoso cuaderno. Otra vez comenzaba a enervarse y el humo se le metía por la nariz en contra de su voluntad... “¡Mierda!”. Juan se acercó a la ventana y la abrió, olvidándose momentáneamente del cuaderno. Apoyó los codos en el quicio mientras se tapaba el rostro con la palma de las manos y se preguntó cómo aún podía seguir enamorado de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;EL REFLEJO&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;“Click... ha vuelto a matar. Este nuevo atentado se atribuye al Comando Madrid, a pesar de que durante los últimos meses se creyó desarticulado. Un policía nacional y dos... Click”. Juan apagó la radio-despertador con una desidia habitual. Comprobó que, efectivamente, eran las seis y media -así había programado el reloj-. Sentado sobre la cama, con el rostro entre las manos y aún sin encender la luz, pensó unos segundos sobre el nuevo atentado. Recordó algo que había leído hacia unos meses sobre mitología griega y se imaginó a una de las Parcas cortando el hilo... La causa de que Juan apagase la radio antes de concluir la noticia no se basaba en su despreocupación; lo que ocurría es que estaba ya harto de este tipo de noticias y hacía ya muchos años que permanecía ciertamente desencantado con el género humano. Por esa razón estudió Biología, ya que, gracias a ella, el hombre no es más que una forma de vida entre cientos de miles.&lt;br /&gt;Juan se levantó con torpeza y subió las persianas. Era pleno diciembre y la noche estaba ya cerrada, así que aquello no le sirvió de mucho. Encendió las luces y se encaminó al diminuto salón de su pequeño piso. Sacó un disco compacto de una estantería y lo introdujo en el reproductor. Al instante la habitación se llenó de acordes y arpegios, de notas y escalas y el allegro molto appassionato del Concierto para violín en Mi menor op. 64 de Félix Mendelssohn comenzó a derramarse por todos los rincones de la casa. A pesar de la pobre acústica, el corazón de Juan se derritió por efecto del violín y una lágrima asomó a sus ojos como única respuesta a algo que creía incomparablemente bello. El sonido del violín, suave y poderoso a la vez, se vertía como si fuese miel por sus oídos, como si el roce de aquel arco pudiera producir colores y sombras, fuego. A veces a Juan le parecía que llegaba a salirse de sí mismo como en los arrobamientos de las beatas de antaño. Siempre escuchaba ese concierto una y otra vez en las vísperas de algún suceso vital importante y, evidentemente, este viaje lo era.&lt;br /&gt;Cuando se hubo vestido se acercó al lavabo. Se lavó los dientes para intentar quitarse el mal sabor de boca que solía dejarle la siesta. Se enjuagó y después expulsó el agua, alzó los ojos y éstos se encontraron con sí mismos sobre un pequeño espejo. Juan continuó mirándose fijamente, buceando inconscientemente en lo profundo de sus ojos. Permaneció así unos segundos, como absorto... Después intentó peinarse, pero no encontraba el peine. Comenzó a impacientarse. Si había algo que le molestase sobre todo en este mundo, aparte de la afición de María a fumar en su cara, era no encontrar las cosas. Estuvo buscando durante cinco minutos por toda la casa hasta que por fin lo encontró donde lo había dejado por la mañana: encima del lavabo. Se irritó. Pero tampoco tenía mucho tiempo para irritarse, así que se mojó la cabeza y comenzó a peinarse. Cuando terminó volvió a mirarse fijamente en el espejo. Sus ojos se volvieron a emparejar con su reflejo. Las dos imágenes, la auténtica y su doble, quedaron fijas en el tiempo. Juan se quedó absorto ante su imagen en el espejo, como hechizado... Mendelssohn al fondo y los minutos seguían pasando. Juan dejó caer, inconsciente, el peine al suelo mientras seguía contemplando, en silencio, su reproducción especular. Mendelssohn al fondo... Sus pupílas parecían simas insondables imposibles de abarcar en las que se perdía una y otra vez sin remedio. Mendelssohn al fondo... “Ringgg...”. De repente sonó el teléfono. Esa bofetada sacó a Juan del limbo en el que se hallaba inmerso. “¿Si? dígame... Hola, mamá; ¿cómo estás...? Yo también... No. No me voy hoy; me voy mañana, a las diez o a las once... Sí, tendré mucho cuidado, no te preocupes... Ya... Ya... ¡Que sííí...! Oye, mamá, lo siento, pero te tengo que dejar, llevo mucha prisa y... Ya te he dicho que sí... Vale, ya te llamaré cuando llegue... Otro para ti. Adiós”.&lt;br /&gt;¿Qué era lo que le había ocurrido unos minutos antes? Juan estuvo como hechizado y no acertaba a intuir la causa. A él siempre le habían atraído los juegos especulares: los reflejos en el agua, las imágenes en las ventanas... Siempre le habían parecido visiones muy sugerentes; también solía observarse mucho en los espejos -era innegable que le gustaba cuidar su imagen-, pero, ¿tanto como para quedarse paralizado y perder la noción del tiempo y del espacio ante la imagen de uno mismo? Pensó que quizá fuese por el cansancio de los preparativos o la emoción del viaje. De cualquier modo. no le dio más importancia; tenía que ir a la biblioteca y no quería que se le hiciese tarde. Apretando un botón, aunque no sin cierto penar, Juan dejó mudo a Mendelssohn y el violín volvió a enclaustrarse en el diminuto soporte digital. Apagó todas las luces, excepto, por descuido, la del lavabo y salió de casa con el pensamiento algo aturdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;MIEDO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;Las luces del pasillo parpadearon. Juan, con las llaves del coche en la mano, se quejó a nadie y entre dientes, por enésima vez, del pésimo estado del edificio. No entendía a qué venían tantas largas del propietario para hacer unas simples reformas: un cable aquí, un pasamanos allá... Pensó un momento en aquel pobre diablo, quien creía que estafándoles unos miles de pesetas a sus inquilinos iba a amasar una fortuna. Era peor que los burócratas de la Universidad... pero con menos luces. Sonrió; sin querer le había salido un chiste.&lt;br /&gt;Pulsó el botón de llamada del ascensor -al menos todavía funcionaba-. Entró y volvió a pulsar otro botón -esta vez el de la planta baja- mientras le daba la espalda al sucio espejo que pendía de la cara posterior del ortoedro. Instintivamente se le ocurrió preguntarse cuántas veces habría pulsado aquellos botones durante los últimos diez años; desde que se trasladó a esta ciudad -a menudo demasiado gris a pesar de que casi siempre luce el sol- para estudiar Biología, para hacer su tesis y, finalmente, para enseñar en la Facultad e investigar... para conocer a María. Decidió no contestarse. Tenía cosas muy importantes en la cabeza como para dejarse atrapar por la nostalgia.&lt;br /&gt;Cuando apenas quedaba un piso para que Juan pudiera salir a la calle escuchó un sonido seco. Seguidamente, sin que transcurriese siquiera un segundo, el ascensor se detuvo y en el viejo cubículo se hizo una completa oscuridad. Se había ido la luz. Volvió a acordarse del cretino del propietario. “¡Oiga! ¿Hay alguien ahí?”. No contestó nadie. “¡Por favor...! ¿Puede ayudarme alguien? ¡Me he quedado encerrado en el ascensor!”. No había nadie. Juan golpeó la puerta metálica de la triste máquina varias veces sin obtener ninguna contestación. Se había quedado encerrado y, hasta que no volviese la luz, no podría salir. Juan trató de imaginar dónde estarían ahora aquellos molestos vecinos que acudían siempre prestos a protestar cuando pensaban que Mendelssohn -por supuesto sin saber que lo era- sonaba demasiado fuerte...&lt;br /&gt;Tendría que esperar; no podía hacer nada más que esperar. Como por instinto -otra vez- comenzó a tantear las paredes del sucio ascensor hasta que dio con sus manos en la fría superficie del espejo, ahora sólo un pedazo de cristal desprovisto de su poder reflector entre las tinieblas. Aunque para Juan, por muy sucio y desposeído que estuviese, aquello seguía siendo un espejo. De forma incomprensible, apenas reparó en lo que le había sucedido unos minutos antes frente al espejo de su lavabo, quizá porque ahora no percibía su imagen reflejada. De cualquier modo, se colocó mirando de frente a lo que se intuía su imagen con las palmas de las manos pegadas al cristal y no pudo evitar pensar en su infancia...&lt;br /&gt;Cuando Juan tenía ocho años y vivía en su ciudad natal junto a su madre, poco después del divorcio, ambos se quedaron una vez encerrados en el ascensor. Fue algo muy similar: la luz se fue y ningún vecino escuchó sus gritos de auxilio. Madre e hijo se encontraron nadando en tinieblas. Ella, con una apariencia explícita de serenidad, comenzó a contarle historias para tranquilizarle e intentar atenuar su miedo. Al principio eran cuentos corrientes -alegres y sencillos-, sin embargo -y ahí fue cuando empezó a comprender lo mucho que le había afectado la separación-, después comenzó a contar historias que eran todo menos tranquilizadoras... Recordaba una leyenda que decía que al principio de los tiempos existía otro mundo al otro lado de los espejos y que éstos servían como portales entre aquel mundo y el nuestro. Un día las gentes del otro lado intentaron conquistar el mundo de los hombres, librándose una gran batalla -cuyos sangrientos detalles la madre de Juan no se preocupó en ocultar ante sus sorprendidos oídos de niño-. Finalmente, el mundo de los hombres venció y desde entonces las gentes del espejo permanecieron encerradas en el otro lado, condenadas a imitar las imágenes y movimientos del mundo humano... Aunque aquello que Juan recordaba más nítidamente era lo que su madre le contó casi al oído: decía que si pronunciaba el nombre del Demonio tres veces seguidas delante de un espejo éste vendría para arrancarle el corazón y llevarse su alma al Infierno... Aún tenía aquel miedo de niño latente en su alma y ahora parecía haber aflorado de nuevo... Pero ya era un adulto y sabía distinguir la realidad de los cuentos. Pronunciar una serie de palabras delante de un cristal no podría acarrear ningún peligro para su alma y eso en el caso de que existiese algún Demonio o algún Dios... “Satanás”. Una. Juan miraba al fondo de la oscuridad que manaba de aquel espejo que no veía mientras intentaba aferrarse a su espíritu científico... “Satanás”. Dos. Juan no quería reconocer su miedo, su miedo de niño que, sin venir a cuento, había recordado. Le pareció percibir en la frialdad del espejo un aumento gradual, por supuesto, producto de su imaginación... “Sata...”. De repente se escuchó un sonido seco y fiat lux, el ascensor comenzó a moverse y la imagen de Juan apareció delante suya con las manos pegadas al cristal... “...nás”. Tenía razón: era un cuento de niños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;EL LIBRO&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan aparcó el coche no muy lejos de la Biblioteca Central. Bajó de él, miró la hora -eran las siete y media- y se encaminó hacia la biblioteca.&lt;br /&gt;El edificio era algo que siempre le había llamado la atención. En sí no era nada del otro mundo: una modesta obra arquitectónica producto del eclecticismo actual, una burda mezcla de Mimpei y Moneo. No obstante, las dos grandes columnas jónicas de la entrada le causaban un considerable respeto. Y encima de ellas, en letra capitular clásica, la palabra scriptorium, en clara referencia a los antiguos romanos del Bajo Imperio -palabra y lugar que después pasarían a los cenobios cristianos de la Edad Media-. Juan había leído en alguna parte que las bibliotecas romanas se ubicaban en las termas, pero atribuyó aquello a una licencia histórica del arquitecto.&lt;br /&gt;Una vez en el interior, se sintió a gusto entre tantos libros y se preguntó si no sería mejor perderse entre ellos para siempre en vez de salir de la biblioteca para volver a encontrarse con la gente... Se dirigió a la sección de Literatura Inglesa y, dentro de ésta, a aquella parte que estaba relacionada con Escocia: un olvidado y angosto rincón que daba a una ventana ojival por la que se podía ver la calle... Solía frecuentar a menudo aquel recóndito espacio. Desde que tuvo uso de razón y pudo comprobar lo llamativo de su apellido, se interesó por todo aquello que tuviese que ver con Escocia. Su madre le había explicado que su familia no había estado sobre suelo escocés desde hacía seis o siete generaciones, que tanto ella como su padre sólo sabían que O’Keefe era el apellido de un antepasado paterno que, quizá huyendo de la represión de la Corona Inglesa sobre las disidencias independentistas, se vino a España hace algo más de dos siglos; que era de Edimburgo y nada más. A pesar de eso y de la indiferencia que parecía mostrar su familia ante un origen tan peculiar, Juan, que al ser hijo único se sentía responsable, dedicó desde muy joven parte de su tiempo libre a leer libros sobre Escocia. A veces consultaba su Geografía, a veces su Historia y muy a menudo su Literatura. Walter Scott, de Edimburgo como su desconocido antepasado, era uno de sus autores preferidos. Sus obras poéticas y sus obras históricas habían sido objeto de la ávida lectura de Juan. No obstante, su próximo objetivo era bien diferente. En alguna obra había leído la referencia a un libro de Scott titulado Demonología y Hechicería...&lt;br /&gt;Allí estaba. La cubierta era marrón oscuro y estaba editado en un tamaño menor, probablemente en octavo. Tenía un aspecto antiguo, al que sin duda contribuía cierta capa de polvo que lo recubría de forma obsesiva, índice inequívoco del escaso uso que le habían dado los lectores. Juan se extrañó: por lo desconocido de la obra, no se imaginaba que hubiese más de un ejemplar, pero así era. Junto al libro que divisó en primer lugar había otro exactamente igual y con idénticos signos de dejadez y desuso. Cogió uno de ellos, sopló sobre él y, sin siquiera echarle un vistazo, lo llevó al mostrador. “Buenas tardes. Me gustaría llevarme este libro”. Las palabras de Juan se toparon con unas minúsculas gafas de color negro. Detrás de ellas, la voz de una mujer enjuta, que encajaba perfectamente en su propio estereotipo, preguntó: “¿Me enseña el carnet?”. Juan no terminaba de explicarse por qué la bibliotecaria no se acordaba nunca de él -ni de su llamativo apellido-, a pesar de los numerosos préstamos que le habían hecho en la Biblioteca Central. “Sí, claro; aquí está... Gracias. Adiós”. Las gafas articularon una especie de gruñido que debía de corresponder a un mutilado “de nada”.&lt;br /&gt;Al salir de la biblioteca, y después de andar unos metros, Juan pudo comprobar que el lugar donde había aparcado era un estacionamiento prohibido. La inoportuna multa que engalanaba su coche pendiendo de uno de sus limpiaparabrisas así se lo indicaba. La cogió entre dos dedos, sin mirarla, y la introdujo en el libro de Scott -pensó que sería un buen marcapáginas-. Puso en marcha su coche y se dirigió a la gasolinera. Tenía que llenar el deposito de un viejo utilitario que, con toda seguridad, había visto mejores días. No obstante, era el único medio de transporte que poseía para llegar a la Sierra debido a la escasa ayuda que le había prestado la Facultad.&lt;br /&gt;En la gasolinera había una doble cola de dos o tres coches -una a cada lado de los surtidores-. Juan esperó pacientemente en la cola de la derecha. Mientras lo hacía, distraído, comenzó a mirar hacia la izquierda a través de su ventana, que tenía el cristal bajado para que entrase el aire. El coche que aguardaba el turno paralelo al suyo, en cambio, permanecía con los cristales subidos; además, éstos eran tintados, por lo que actuaban a modo de espejo. Juan, con la mirada perdida, no reparó en que ésta se había vuelto a encontrar consigo misma. Los cristales oscuros de aquel coche oscuro le estaban devolviendo, sin quererlo, su imagen reflejada. Sus ojos volvieron a duplicarse. En una suerte de extraña alianza, la mente de Juan se escondió en algún lugar fantástico dentro de su propia alma. Fuera, en el mundo real, se escuchaban motores que se encendían y se apagaban, gasolina derramándose, gritos secos y palabras entrecortadas, cláxones estridentes, tintinear de máquinas, sonido de monedas... “¿Está sordo? ¿Que cuánto le echo?”. “¿Cómo?”. Juan se apercibió de la situación. “Ah, sí. Dos mil de súper... Lo siento”. Otra vez se había ensimismado profundamente. Estaba comenzando a preocuparse. Llegó a la conclusión de que la siesta no le había servido de mucho. Necesitaba dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;EL ANIMAL&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;“Click... responsables de los atentados. Efectivos de la Policía Nacional siguen buscando... Click”. Juan pensó que los muertos muertos estaban y que nadie iba a cambiar eso... Las diez de la mañana. Buena hora para ducharse, desayunar, llenar el coche de trastos y ponerse en marcha. Lo hizo todo lo más aprisa que pudo; siempre con Mendelssohn al fondo. Lo único que dejó de hacer fue peinarse. De hecho, apenas entró en el cuarto de baño. Cuando el día anterior llegó de la biblioteca apagó la luz que había dejado encendida y ésa fue una de las tres o cuatro veces que entró allí. El resto las utilizó, por la mañana, para ducharse rápidamente y recoger su cepillo de dientes, la máquina de afeitar y otras cosas por el estilo. Por lo demás, no se miró en ningún momento en el espejo. Sabía que era una actitud infantil, pero éste era un viaje muy importante y no quería más perturbaciones. En la Sierra no hay espejos, allí estaría tranquilo. Creía que, después de la investigación, el estrés desaparecería.&lt;br /&gt;Al abrir la puerta de su piso para comenzar a bajar el equipaje, se encontró con un hombre que se disponía a hacer sonar el timbre. “Buenos días”. Juan soltó las maletas y comenzó a sentirse molesto. No sólo por el sobresalto que le había producido aquella persona al aparecer súbitamente ante él, también porque empezaba a intuir que aquello podría retrasar su marcha. “Buenos días. ¿Qué desea?”. Era un hombre extraño, bajo y rechoncho, con unas gruesas gafas marrones, envuelto en un oscuro gabán y con un sombrero negro absolutamente anacrónico. “Sí, venía a ver el piso”. “¿Cómo?”. “El piso, el alquiler, el anuncio...”. Juan estaba fuera de juego y cada vez más incómodo. “¿Qué anuncio?”. El extraño hombre le miró a través de sus gafas con dos pequeños ojillos negros. “El anuncio que usted puso en el periódico para alquilar su piso”. “Lo siento, debe de haber algún error. Yo no he puesto ningún anuncio”. El hombre sacó un periódico del bolsillo de su gabán y se lo enseñó al tiempo que le señalaba con el dedo un párrafo rodeado por un círculo rojo. “Esta es su dirección, ¿no?”. Juan miró el anuncio: efectivamente, ahí estaba impresa la dirección de su piso para ser alquilado. “Sí, es mi dirección, pero se debe a un error. Pienso seguir viviendo aquí durante mucho tiempo”. “¿Sí?”. Juan hizo un ademán claro de querer terminar la conversación. “Sí”. “Lo siento; le ruego que me disculpe. Adiós y que tenga muy buenos días”. “Lo mismo digo. Adiós”. El hombre del gabán se dio la vuelta y se fue. Juan se quedó pensativo unos segundos y después ya no volvió a acordarse de aquel hombre...&lt;br /&gt;A las once menos cuarto ya estaba en camino. Poco tiempo después de dejar la ciudad, las carreteras se convirtieron en un laberinto cretense. No contaba con la ayuda de ninguna Ariadna enamorada ni con ningún ovillo de hilo, aunque, por contra, sabía que tampoco se iba a encontrar con ningún Minotauro -o, al menos, eso pensaba-. Como no era la primera vez que completaba este recorrido y llevaba consigo un buen mapa de carreteras, supo orientarse diestramente a través de senderos como ofidios. El sol estaba en su cenit y el calor comenzaba a recalentar el viejo coche, el cual, por otra parte, mantenía una actitud bastante digna y aún no había dado problema alguno.&lt;br /&gt;Con el radiocasete en una mochila y nadie con quien conversar -ocupación que, de todas formas, tampoco le entusiasmaba demasiado-, los pensamientos de Juan se desataron incontenibles. ¡Qué poca confianza había depositado en él la Universidad! Ninguna subvención, ninguna ayuda, nada para una investigación que él consideraba tan relevante. Sólo puertas cerradas, descrédito, escepticismo. En realidad, ni siquiera le habían concedido el beneficio de la duda. Decían que era imposible que la Dentrobates typographicus, y que ninguna otra rana veneno de flecha, hubiese podido encontrar su hábitat en el sur de España. Un animal que posee su hábitat natural en la cuenca del Amazonas nunca podría sobrevivir en un medio mediterráneo. Eso pensaban sus colegas y, en el fondo, tenían razón. Era casi imposible. Pero Juan la había visto. La creía haber visto. Creía haber visto sus seis o siete centímetros de longitud y su característico cuerpo de color rojo laca, sus patas azulgrisáceas... ¡La había visto! Entre los juncos de aquel pantano de la Sierra había visto ese pequeño anuro, de colores tan llamativos como su propio apellido. Evidentemente, no pudo atraparla. Se le escapó, dolorosamente, de entre sus manos... Pero era ella... Incluso María, que hasta hace poco más de un mes era su novia, no terminaba de creerle. Sus dudas se habían convertido para él en algo irritantemente personal. No sólo no tenía claros sus sentimientos hacia Juan, sino que también dudaba de su propia cordura, de su capacidad de observación. No pretendía que los demás le creyesen, pero ella...&lt;br /&gt;Juan pensaba que no era tan descabellado, que existen migraciones anómalas, raras mutaciones; la biocenosis del planeta está en constante evolución. ¿Por qué no habría podido traer alguien la rana a la Sierra y que se le escapase? Este tipo de ranas, debido a sus vivos y alegres colores, constituye una de las variedades preferidas por los aficionados a los terrarios. Ha podido llegar aquí de muchos modos. Eso no merecía discusión para nadie. La cuestión es más delicada al hablar de su supervivencia en un medio como éste. Nadie lo aceptaba. Pero Juan creía que el instinto de supervivencia en todo ser vivo podía llegar a ser lo suficientemente fuerte como para superar muchos obstáculos...&lt;br /&gt;Casi sin darse cuenta, todo el paisaje se había vestido de árboles. Pinos, eucaliptos, encinas... Olía a limpio y a verde, a naturaleza liberada. Aire puro y Dios en algún lugar de aquellas montañas; y el esquivo anfibio en algún recodo de sus aguas... o en algún rincón de su mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;EL ANIMAL &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Le costó trabajo colocar la última piqueta. El suelo no se dejaba horadar con la facilidad que Juan habría deseado. Su equipo era viejo y la tienda de campaña llevaba muchas acampadas a sus espaldas. Aun así, a la hora de comer estaba ya todo preparado. Hizo un pequeño fuego en el que calentó una lata de comida precocinada y, cuando terminó de almorzar, sin apenas descansar, se puso a trabajar. Debía encontrar el lugar idóneo para colocar el pequeño magnetófono con el canto de la Dentrobates macho grabado. Al anochecer conectaría el diminuto aparato y el canto de la rana macho en celo provocaría la respuesta de otros machos en su misma situación -en el caso de que los hubiere-. Y así debía permanecer durante toda la noche, hasta escuchar la ansiada respuesta y, por el sonido, localizar al escondido animal.&lt;br /&gt;Juan sabía que debía guardar un extremo cuidado al hacer su trabajo. El primer paso consistía en localizar el objeto de su investigación, lo cual, presumiblemente, sería la tarea más difícil. Pero, una vez localizado, debía ser muy cauteloso. La Dentrobates typographicus es una de las numerosas ranas veneno de flecha, que deben su nombre a que su piel proveía a los indígenas de la cuenca del Amazonas del veneno con que impregnaban la punta de sus flechas para cazar. Los brillantes colores de estas ranas son colores aposemáticos, indicadores de la presencia de fuertes venenos neurotóxicos segregados por las glándulas cutáneas y cuya finalidad es la de persuadir a posibles predadores. Y Juan era uno de esos posibles predadores, ya que estaba obligado a conseguir un ejemplar como muestra para probar su descubrimiento a la comunidad de biólogos.&lt;br /&gt;El veneno de la Dentrobates es letal en animales pequeños, pero, incluso para el ser humano, es peligroso si no se toman ciertas precauciones. Si una persona se expone durante mucho tiempo al contacto de su dañina epidermis puede morir fácilmente. La sustancia tóxica se introduce en su sistema nervioso, paralizándolo, y provoca en la víctima una crisis convulsiva. La parálisis del sistema nervioso desemboca en un colapso muscular a todos los niveles, lo que trae consigo un paro instantáneo del corazón y, como consecuencia, la muerte. Juan era consciente de todas estas circunstancias y poseía unos guantes especiales de látex que había comprado para la ocasión. Aun así, tenía que guardar muchas precauciones, ya que aquella rana era un animal muy rápido y esquivo y podía saltar en décimas de segundo sobre cualquier parte de su cuerpo.&lt;br /&gt;Juan estuvo buscando toda la tarde la ubicación adecuada para su magnetófono entre los árboles que lindaban el pantano. Pero la búsqueda fue infructuosa. Más de cinco horas se habían diluido, inútiles, entre las aguas del embalse. Quería estar seguro, elegir el mejor lugar y, desde allí, lanzar el reclamo que hiciera dar señales de vida a la maldita rana, aunque fuera sólo una de ellas...&lt;br /&gt;Estaba cansado. Todavía le quedaban varios días, pero no soportaba la idea de volver a casa con las manos vacías. Especialmente, no soportaría los reproches de María, su estudiada indiferencia. Se introdujo unos metros en el pantano para lavarse las manos y la cara. El sol estaba poniéndose. El agua tenía un color plomizo y una quietud mística. Las últimas luces de unos de los atardeceres más bellos que se pueden contemplar convertían el embalse en un inmenso espejo con bordes verdes y marrones. Juan formó un cuenco con las manos y las introdujo en el espejo. Se llevó el agua a la cara y el líquido le surcó todas sus facciones. Con el rostro limpio, miró hacia el frente y quedó profundamente conmovido por una puesta de sol que, sin duda, debió de tomar parte en la creación del mundo: era sublime. Al quedar inmóvil en su éxtasis, las aguas a su alrededor, revueltas por sus propios movimientos, volvieron a serenarse y la naturaleza formó de nuevo un gran espejo con el que Juan se encontró, irremisiblemente, al bajar la mirada. Ahí estaba otra vez: la imagen de Juan se volvió a encontrar a sí misma gracias al misticismo de un reflejo. El agua, el lago, la anochecida, los árboles, Juan, su imagen y el tiempo se encontraron fijos y grabados en la mágica fibra con que se urde el oscuro tejido del Universo. El sol había decidido que ya había brillado bastante por hoy y le guiñaba un ojo a la Sierra desde detrás de las montañas. El reflejo de Juan se iba haciendo gradualmente más oscuro, pero él seguía inmutable, impertérrito. Hubo un momento en el que el lago ya no era un gran espejo, sino una inmensa mancha negra apenas teñida de blanco por el flexo de la luna. Sin embargo, Juan continuaba imbuido en el desdoble de su yo. Un blanco del tamaño de los océanos inundaba su mente. El mirarse de Juan era un continuo retorno a sí mismo. Aquel momento parecía no acabar nunca... “Chaf...”. Algo le salpicó en la cara. De nuevo un estímulo externo hubo de sacarle de una abstracción que podía haber durado días. Era una rana que había pasado a un metro suyo. Juan regresó a la realidad. ¡Era ella! ¡Era la Dentrobates! Era lo que estaba buscando y se alejaba, rauda, de él a través de los árboles. Apenas la podía distinguir a la luz de la luna, pero era ella; estaba seguro. Salió del agua a toda prisa y corrió hacia los árboles. Era inútil: la había perdido. El pesado negro de la noche era un escondite perfecto. No había nada que hacer. Además, con el movimiento, se había mojado el magnetófono, así que tendría que secarlo y arreglarlo; la búsqueda habría de aplazarse hasta el día siguiente... ¡Pero la había visto! Había estado delante suyo, en su propia cara, al alcance de su mano, a unos centímetros... Existía. No se la había imaginado; era real. Mañana la atraparía. Más de uno se iba a tragar sus palabras. En esos momentos un sentimiento de sincero odio atravesó su alma... Estaba pensando en María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;EL LIBRO&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;“...Nadie parece haberla visto; es menos una forma que un gemido que da horror a las noches de Irlanda y de algunas regiones de Escocia. La llaman banshee y anuncia, al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Es privilegio peculiar de ciertos linajes de pura sangre celta, sin mezcla latina, sajona o escandinava. La oyen también en Gales y en Bretaña. Pertenece a la estirpe de las hadas. Su gemido lleva el nombre de keening...”. El intenso frío y Mendelssohn eran los únicos acompañantes de Juan dentro de la tienda de campaña. El frío, naturalmente, estaba allí sin haber sido invitado por nadie y ni siquiera el aislante térmico de la tienda podía impedir tan incómoda visita. Mendelssohn, en cambio, era una agradable compañía etérea que se manifestaba a través del radiocasete de Juan. Había grabado en una cinta El sueño de una noche de verano, obra que creyó más a tono con lo bucólico del paisaje en lugar de su adorado violín. Evidentemente, el invitado de honor era Sir Walter Scott. Juan había comenzado a leer con avidez el curioso libro la noche anterior, en su casa: Nada más acabar de cenar, se acostó -serían las diez de la noche- y empezó a leer en la cama. No se durmió hasta pasada la una, sin importarle en absoluto que tuviese que descansar para el viaje, a pesar de que ello le preocupase enormemente unas horas antes. Sin embargo, el libro le absorbió desde el principio y no pudo menos que cautivarle completamente. El folklore mágico de Escocia, sus oscuros personajes, los fair tales, los brownies, las brujas y los hechiceros... Siempre le atrajo lo esotérico, aunque aparentemente entrase en franca contradicción con su condición científica.&lt;br /&gt;Al igual que durante el día anterior, ahora, en la Sierra, decidió ponerse a leer después de cenar -de todas formas, hasta que no estuviese arreglado el magnetófono, no podía hacer nada-. De hecho, tantas ganas tenía de leer que no hizo ningún fuego y se comió un par de bocadillos que había preparado antes de salir...&lt;br /&gt;Estaba alegre y excitado. La había visto. La Dentrobates estaba allí, muy cerca suya. No encontraba mejor modo de celebrarlo que leyendo aquel libro tan increíble. Se olvidó por completo de los extraños procesos de ensimismamiento que había sufrido en varias ocasiones delante de su reflejo. Una vez cenado, se recostó en su saco de dormir y comenzó a leer. Estaba encantado con todo aquello. Un hada que anuncia la muerte de un familiar con un gemido, una banshee... Le parecía algo tan hermoso... Juan continuó leyendo entusiasmado sin que le afectase lo más mínimo el paso de los minutos...&lt;br /&gt;“...Hay otro ser que tiene infinitas formas, tantas como personas que existen, han existido o existirán sobre la faz de la Tierra. Es el doble. Es el reflejo de cada uno...”. Juan se estremeció hasta el tuétano de sus huesos. Su entusiasmo se tornó en una inquietud nerviosa. Apagó el radiocasete y estuvo a punto de soltar el libro, pero una curiosidad insana le animó a seguir leyendo: “...Es el reflejo de cada uno, pero hecho carne. Se puede tocar, incluso se puede hablar con él. Es y no es la propia persona, porque, siéndolo, tiene una existencia independiente de sí misma. No obstante, goza de un corto periodo de vida: el necesario para anunciar la muerte a su alter ego. En Escocia se le llama Fetch (buscar), porque es quien viene a buscar a los hombres para llevárselos a la muerte...”. Juan dejó caer el libro de sus manos. La tienda de campaña, por sus estrecheces, se le antojó un ataúd. Pensó que quizá no debió haber seguido leyendo. La curiosidad mató al gato. Ya no temblaba de frío: temblaba de pánico: Al leer aquellas líneas, le vinieron a la mente de forma automática los extraños sucesos de hace unos días. Aquella especie de hechizo que su propia imagen le había provocado en más de una ocasión. Hubiera sido poco menos que inhumano evitar imaginar la relación entre tales hechos y lo que acababa de leer. Creyó haber encontrado las respuestas a muchas preguntas inconscientes. El frío se estaba haciendo insoportable. La noche se intuía más oscura. Sintió ganas de abrir la cremallera de la tienda y salir corriendo, huir... Sin embargo, se paró a recapacitar. Procuró refrenar su inquietud. Estaba en un lugar de la Sierra dejado de la mano de Dios, alejado de los hombres y del mundo. Estaba solo, era de noche, hacía frío, se escuchaban ruidos por todas partes... Era lógico asustarse... pero era una leyenda. Todo eran leyendas. Se rió a carcajadas como para espantar su miedo. Se había comportado como un niño. Sus ensimismamientos eran producto del estrés, del cansancio, de la emoción. Juan se sentía ridículo: había sido preso de un auténtico terror pánico por unos cuentos que alguien había recopilado hace dos siglos...&lt;br /&gt;Era hora de dormirse. Juan se había serenado. El día de mañana habría de ser especial -su rana le esperaba- y tenía que trabajar mucho. Apagó la linterna, guardó el libro lo más lejos que pudo -y eso equivalía a una de las mochilas que había en un rincón de la tienda- y cerró los ojos. No obstante, el sueño no vino tan rápido como él hubiera querido. Incomprensiblemente, los pensamientos que le acompañaron hasta el momento de dormirse no tenían nada que ver con lo que había leído unos minutos antes. Comenzó a pensar en María: su frialdad, su indiferencia, el increíble modo en que un mes antes le anunció sus dudas, cómo decidió romper sus relaciones con él, su odiosa forma de ser... Entonces Juan pensó si no sería mejor quedarse perdido en algún lugar de estas montañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;MIEDO &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A través de la tela de la tienda se veía un difuso resplandor. El crepitar de las brasas había comenzado a despertar a Juan. El estado de duermevela en que se encontraba -ni dormido ni despierto- le hacía percibir todo como a medias. Continuó así durante unos minutos. Fuera de la tienda se oía el sonido de los troncos ardiendo en el relativo silencio de una noche de bosque. Lejanos cantos de lechuzas, crujir seco de ramas, pisadas de diminutos animales sobre un sonoro humus, zumbido de insectos nocturnos en el aire... El bosque en la noche era una amalgama infinita de pequeños ruidos. A veces se escuchaba uno solo, después otro distinto y otras veces todos los sonidos se juntaban al unísono... La llama difusa que se filtraba a través de la semiopacidad de la tienda comenzaba a hacerse nítida en los ojos y la conciencia de Juan. Gradualmente fue percibiendo todos los sonidos que la noche le devolvía: los zumbidos, los crujidos, las pisadas de animales... Una leve brisa mecía las débiles hojas de los árboles y producía un sonido característico. Juan casi había recobrado la conciencia, casi había abandonado por completo los dominios del sueño. El sonido de las hojas moviéndose fue aumentando paulatinamente. La brisa se convirtió en un viento frío y ruidoso y bastante desagradable. Algunas hojas cayeron sobre el aislante térmico de la tienda y sonaron como lo haría el aplauso de varias manos diminutas. El viento crecido movió hacia un lado y hacia otro el fuego que ardía en el exterior, el cual causaba el efecto llamativo de una bengala. Juan se había despertado por completo. La mezcolanza de sonidos se multiplicó estridentemente en sus oídos: el viento, las hojas, el fuego, las ramas, los animales... y pisadas de hombre. De entre todo aquel maremágnum fónico el oído de zoólogo experto de Juan identificó el sonar de unas pisadas humanas. Juan se quedó paralizado.&lt;br /&gt;Él no había dejado el fuego ardiendo antes de acostarse. De hecho, ni siquiera lo había encendido. La adrenalina se multiplicó por todos sus vasos sanguíneos y el vello erizado de su piel podía llegar a pinchar. Se preguntó a sí mismo si no estaría todavía dormido y todo aquello no sería más que un sueño. Como contestándole que no, su cuerpo siguió reaccionando al miedo que le ahogaba el pecho y todos sus músculos se tensaron de tal forma que las venas parecían salirse de su piel. Sus ojos se crisparon y cerró sus puños inconscientemente hasta que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos y éstas comenzaron a sangrar. Como pudo, echó mano del machete que guardaba en un bolsillo de su chaquetón y echó mano también del escaso valor que el miedo había dejado en su corazón. Los ruidos del bosque parecían multiplicarse más que nunca, quizá como efecto del pánico que había poseído a Juan y unas pisadas de hombre seguían oyéndose en un continuo caminar alrededor del fuego, como en una danza ritual desacelerada. Juan asió la cremallera de la tienda con la mano izquierda mientras empuñaba el machete con la derecha. En ese momento el viento enfervorecido se calmó; en su lugar soplaba de nuevo una ligera brisa. Casi al mismo tiempo que Juan se decidía a salir de la tienda, como poniéndose de acuerdo, todo el festival de sonidos que rebosaba a su alrededor enmudeció. Juan comenzó a subir la cremallera. El bosque estaba en silencio. Casi. Sólo se escuchaba el sonido de los zapatos de aquel desconocido caminando sobre la hojarasca. Las hojas secas crujían alrededor del fuego con la misma estridencia con que se rompen los cristales. El casual cese del resto de los ruidos amplificaba el de las pisadas hasta cotas insoportables. Juan había subido ya la mitad de la cremallera y, a través del espacio que dejaba libre, veía la sombra de un hombre que daba vueltas en derredor de la hoguera. Se quedó observando unos segundos y comprobó que aquel hombre seguía dando vueltas sin parar, ajeno a cualquier circunstancia. Estaba decidido a salir. Su mismo miedo le empujaba a ello. No podía quedarse dentro de la tienda. Continuó subiendo la cremallera. El sonido de las pisadas era cada vez más odioso. Subió del todo la cremallera. El hombre se paró. Cesó el sonido. La saliva de Juan se le secaba en la boca. Con una mano apartó la tela de la tienda. Comenzó a salir en cuclillas. El sudor de la frente se le acumulaba en sus cejas. Sus músculos se contrajeron. El corazón latía revolucionado. El machete bien asido. La mirada fija en la sombra. Salió de la tienda. Se incorporó. “¿Quién anda ahí?”, gritó Juan con el miedo latente en cada una de sus palabras. “¡Responda!”. La sombra permanecía en silencio. Estaba detrás del fuego y éste sólo le iluminaba las piernas. Juan dio un paso hacia delante para verle la cara al desconocido. “¡He dicho que quién anda ahí!”. Silencio. La sombra ya era visible hasta el pecho. Su atuendo le era familiar. En el bosque no se oía ni un ruido. Todo era calma. Temblando, Juan dio otro paso más: el último. Se situó justo al lado del fuego. Apretó con fuerzas el cuchillo. Sus dientes rechinaron dentro de la boca. El corazón le quería estallar. Un sudor frío le recorría el cuerpo y el alma. Silencio en todo el bosque. La sombra estaba ya enteramente iluminada. Juan levantó la mirada. Vio la cara de la sombra. Dejó caer el cuchillo. Parecía que el mundo se había detenido. Juan se desmayó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;EL REFLEJO&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;El fuego seguía encendido. Cada vez era más pequeño, ya que habían transcurrido una o dos horas desde que Juan se desmayó. Tenía la boca seca debido al tiempo que había estado dormido y conservaba el habitual mal sabor de después de la siesta. Sus miembros estaban entumecidos. Su mente aún no se había recobrado de la intensa visión a la que acababa de ser expuesto. Aturdido por el mareo, comenzó a despabilarse. Entreabrió, primero, temeroso, los ojos. Después los abrió completamente. No había sido un sueño. Desde el suelo, y mientras se levantaba, lo vio. Allí estaba él. Enfrente suya, sentado sobre una roca y al lado del fuego, estaba la sombra. Era una persona, ahora visible en su totalidad. Las botas de alpinismo, los pantalones de pana marrón, la parka azul, los guantes negros de lana... como los de Juan... y su cara. La cara de Juan. Era Juan. Era él. Era su doble.&lt;br /&gt;El miedo de Juan se había atenuado por efecto del desmayo. Aun así, miles de pensamientos, sentimientos, dudas, sensaciones, preguntas, inquietudes y deseos pasaron, como en un aleph, simultáneamente, por la mente de Juan. Imposible transcribirlo todo. Inútil intentar narrarlo. “Cálmate, Juan. No tengas miedo”. La sensación de oír hablar a tu propio yo enfrente de ti debe de ser algo inimaginable. La imaginación de Juan se rindió a los pies de la evidencia: su doble le estaba hablando. “Tranquilízate. ¿Vas a tener miedo de ti mismo?”. Juan no estaba nervioso. Tampoco tenía ya miedo. Estaba como sedado. Recordaba todo aquello que había leído en el libro, todos sus ensimismamientos anteriores... Lo tenía todo presente en su cabeza con una meridiana nitidez. Y, sin embargo, no tenía miedo. No quedaba nada de su anterior pánico, el cual había llegado a ser realmente enorme. No sentía la más leve inquietud ante quien, de ser cierta la leyenda, venía para llevarle a la muerte -y la leyenda debía de ser cierta si aquello que tenía delante de él lo era-. No obstante, Juan no sentía miedo porque comenzó a albergar en su interior la posibilidad de que todo lo que estaba ocurriendo fuese un sueño. Era la única explicación plausible. De todas formas, en esos momentos, no se hubiera atrevido a asegurarlo. Prefería creerlo, quizá porque no tenía otra salida. “Di algo, Juan. No todos los días uno se encuentra consigo mismo. Y te aseguro que hay personas que se llevan toda la vida intentándolo”. El resplandor de las llamas iluminó con sombras una sonrisa que le era de sobra conocida: la suya.&lt;br /&gt;Juan no tenía nada que perder. Si su doble, el Fetch, había venido a buscarle para llevarle hacia la muerte, no podía resistirse. Si todo aquello era un sueño, ¿qué más daba hablar con él?. De todas formas, era un sueño. Debía ser un sueño. Aquello era imposible... “¿Quién eres?”. Por fin Juan se decidió a hablar. “Soy tú”. Sus mismos ojos, su misma boca, su pelo, su voz, sus gestos, sus movimientos... Era él. Era él mismo. Una sensación indescriptible colapsaba los sentidos de Juan. Se sintió como un espejo humano, como si su propia existencia fuera un mero reflejo. Estaba hablando consigo mismo, con su propio yo... “¿Por qué estás aquí?”. El doble sonrió, como si estuviese esperando la pregunta y tuviese preparada la respuesta de antemano. “Para hablar contigo. Sé que tienes problemas...”. Juan se rindió ante su sueño y siguió hablando. “¿Qué problemas?”. “No disimules, ¿has escuchado alguna vez la expresión engañarse a sí mismo? Eso es lo que estás intentando hacer en estos momentos. Te conozco. Me conozco... Digamos que... nos conocemos...”.&lt;br /&gt;Él y su doble estuvieron hablando durante horas. Reavivaron el fuego y se sentaron uno enfrente del otro sobre dos grandes piedras que parecían estar colocadas allí ex profeso. Conversaron sin parar hasta que el sol asomó entre las montañas. Hablaron del libro de Scott, de lo que Juan había leído en él, de lo mucho que le había asustado la visión de sí mismo, de María y sus sentimientos, de su insoportable forma de ser, de sus eternas y odiosas dudas; Juan le relató cómo se que quedó encerrado en su viejo ascensor y los recuerdos que aquello le trajo: la oscuridad, su madre, el divorcio...; hablaron también sobre la Dentrobates typographicus, sobre la incredulidad de sus colegas; incluso hasta hablaron de Mendelssohn... Juan pudo comprobar que no hay mejor conversador que uno mismo. Ni mejor consejero.&lt;br /&gt;Al alba se despidieron. Su doble se acercó a Juan y le tendió la mano. Juan vaciló. Finalmente se la aceptó y lo tocó por primera vez en toda la noche. “Adiós”, dijo Juan mientras su doble se alejaba entre lo árboles. “Hasta pronto”, se escuchó decir a una sombra detrás de la vegetación. Él se metió de nuevo en la tienda. En el interior de Juan habitaba una rara sensación, aunque no supo calificarla. De cualquier modo, se echó a dormir con la firme convicción de que en ningún momento se había despertado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;MARÍA&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;“Click... dos individuos en relación con el atentado del viernes. Han sido puesto a disposición... Click”. Apagó la radio-despertador y se levantó a toda prisa. Eran las nueve de la mañana de un jueves que sólo había hecho comenzar y tenía que dar clase a las diez; además, debía pasarse antes por el despacho. Se vistió y fue al lavabo para lavarse los dientes. Después de enjuagarse la boca, comenzó a peinarse. Mientras lo hacía, al mirarse al espejo, sintió una sensación extraña. Su ánimo quedó como congelado ante el reflejo de su propia imagen... El mundo detenido... “Click... el tiempo para hoy. Claros y nubes en toda la región con probabilidad de aguaceros en zonas localizadas de... ¡Click!”. Golpeó con fuerza el diminuto botón. Cogió un cigarro del paquete que había encima de la mesilla de noche y lo encendió... Exhaló el humo lentamente... Estaba harta del despertador que le había regalado Juan por su cumpleaños. La radio salía andando cada vez que le daba la gana y María estaba ya cansada de apagarla una y otra vez. Cualquier día de éstos la tiraría a la basura... Cerró la puerta de su piso y se dirigió a la Facultad.&lt;br /&gt;“Buenos días...”. El conserje saludó a María y se le quedó mirando como si quisiera añadir algo más. Finalmente se calló. “Hola”. El saludo de María casi perduró más que su propia presencia. Iba muy aprisa. Subió de dos en dos los escalones que daban a la planta donde se hallaba su despacho. Probablemente Juan ya estaría allí. Estaba alegre y risueña y tenía muchas ganas de verle. Se cruzó con unos alumnos a los que no hizo ni caso. Introdujo la llave en la cerradura, pero la puerta estaba ya abierta. “¿Juan?”. Entró en el despacho. “¿Juan?”. No había nadie. Dejó el bolso en una silla y miró a su alrededor: Mochilas, linternas, mantas, cuerdas... El equipo de acampada de Juan se encontraba disperso por todo el despacho. María se alegró enormemente. Había llegado. Probablemente Juan habría llegado al amanecer y, con su habitual sentido de la responsabilidad, quiso dar la clase que tenía hoy a las nueve. María pensó que no le habría dado tiempo a dejar las cosas en su casa y ahora mismo estaría en el aula.&lt;br /&gt;Estaba deseando verle. Durante todos estos días no había dejado de pensar en él ni un sólo minuto. Le había dado muchas vueltas al asunto y había llegado a la conclusión de que seguía profundamente enamorada de Juan. En cuanto le viese, le pediría otra oportunidad. Esperaba que Juan aún pudiera perdonarla. Estaba nerviosa. Encendió un cigarro y se hinchó los pulmones con el humo. Después lo apagó. Se acordó de que a Juan nunca le había gustado que fumase en el despacho. Comenzó a dar vueltas de un lado para otro... Al acercarse a la puerta, descubrió en el suelo el periódico que introducen todos los días por debajo de ella. Decidió leerlo mientras esperaba a Juan. Lo cogió del suelo y se fijó en la portada... A María se le heló el alma. “UN ZOOLOGO MUERE ENVENENADO EN LA SIERRA. Una rana amazónica le causó la muerte durante una investigación ”. La fotografía del cadáver de Juan terminaba de ilustrar la trágica página. María quería morirse. El hombre con quien quería compartir el resto de su vida se había ido para siempre y, además, con la convicción de que ella no le amaba. Sintió en su pecho una agonía indecible. Como si cientos de agujas se le clavaran en el centro mismo del corazón; como si miles de llamas le quemasen las entrañas... “¿María? ¿Puedo pasar?”. Era Luis, el Decano. Venía, tarde, a comunicarle la mala noticia. “Lo siento de veras. Ayer estuve toda la tarde llamándote al móvil, pero lo tenías desconectado y...”. María estaba como ausente. “... por eso la Policía ha dejado sus cosas aquí; aunque, en cuanto podamos...”. Los labios de Luis seguían moviéndose, pero María ya no escuchaba nada. Tenía la mente clavada en la última noche en que Juan y ella hicieron el amor, hace poco más de un mes: el sabor de su boca, el tacto de sus manos, la suave tersura de su sexo... “¿María?”. María miró a los ojos de Luis: “Déjame sola”. Luis se fue.&lt;br /&gt;María encendió un cigarro y respiró fuertemente su humo echándolo por la nariz. Se acercó lentamente a la ventana del despacho y la abrió. Una sola lágrima le asomó por el ojo izquierdo y fue deslizándose poco a poco hasta llegar a sus labios. Tiró el cigarro y hundió la cara entre sus manos mientras apoyaba los codos en el quicio de la ventana. Entonces, sin ella quererlo, una especie de gemido brotó de lo más profundo de su ser. Lo oyeron en todo el Campus... pero también en algunos lugares de Escocia, Irlanda, Gales y Bretaña. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;Oscar Wilde. &lt;em&gt;El retrato de Dorian Gray&lt;/em&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;“Dorian no contestó; llegó distraídamente hasta su retrato y se volvió hacia él. Al verlo retrocedió y sus mejillas enrojecieron de placer por un momento. Un relámpago de alegría pasó por sus ojos, porque se reconoció por primera vez”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:180%;"&gt;EL DOBLE &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-116811424161583481?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/116811424161583481/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=116811424161583481' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116811424161583481'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116811424161583481'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2007/01/el-doble.html' title='&quot;El Doble&quot;'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-116362093267293405</id><published>2006-11-15T11:58:00.000-08:00</published><updated>2006-11-15T12:16:30.323-08:00</updated><title type='text'>GÉNESIS (introducción al catálogo de la exposición de Jorge Hernández, 8-26/11/2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;uando conocí a JORGE ambos teníamos cinco años y nuestra máxima aspiración artística era lograr que los mocos no bajasen más allá del bozo... Eran los tiempos benditos y despreocupados del colegio (y lo de “bendito” no tenía nada que ver con estudiar en los Maristas, si no más bien con la despreocupación). Desde entonces, nuestras vidas, para bien o para mal, han corrido paralelas en muchos aspectos. Compartimos piso en Sevilla mientras yo estudiaba Periodismo, soñando con escribir bien algún día, y él se encargaba de aprender el noble arte de los pinceles. De hecho, por aquel entonces hizo un retrato mío para una trabajo de clase y, curiosamente, yo aparecía disfrazado de cura (¿qué dirían los hermanos Maristas?). Además, con él tiempo, ambos terminamos haciendo del lugar de veraneo nuestra patria chica y decidimos intentar vivir siempre lo más cerca posible del verde mar de Punta Umbría. Durante muchos años sólo Jorge y yo logramos sostener alguna que otra conversación más o menos intelectual en el exuberante interior de una reunión de amigos (fundamentalmente) más preocupada por el fútbol y los magazines televisivos de humor. Yo siempre estuve orgulloso de la circunstancia de tener un amigo pintor y fabulé con la idea de poder colaborar juntos algún día, al modo de los autores modernistas de principios del siglo XX. Aunque algo hemos hecho juntos, ha sido poco, y por eso escribir estas líneas, aparte de suponer una satisfacción personal, tiene para mí el valor añadido de intentar aunar letras, pinceles y amistad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;S&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;in embargo, nuestro paralelismo deja mucho que desear cuando se echa la vista atrás para comprobar cómo ha evolucionado Jorge en los últimos años y cuántos premios y distinciones han recibido sus obras. Desde aquel ya lejano 1997 en que, casi recién licenciado, obtuviera su primer éxito (el Concurso de Pintura de Creación Joven del Ayuntamiento de Huelva), no ha dejado de ganar premios, algunos realmente importantes, por no hablar de la cantidad innumerable de menciones y selecciones. NUEVE AÑOS en los que su pintura ha ido evolucionando hasta el punto de convertirse en uno de los principales valores del panorama artístico onubense, si no el más conocido, sí desde luego uno de los que poseen más originalidad (algo que suele faltar muchas veces a los más conocidos). Y, lo que es más importante, nueve años en los que ha logrado crear un mundo propio, forjar una dimensión privada donde habitan esos extraños seres que forman las mentes de los creadores, esas “absurdas sinfonías de la imaginación”, como los llamara Bécquer.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;L&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ejos de las influencias específicas y los homenajes y guiños más o menos evidentes (desde Botticelli al arte pop pasando por Giorgione y Rousseau), es el MUNDO creado (más que “re-creado”) lo verdaderamente valioso de este autor. Seis días quizá fuera suficiente plazo para un dios, pero nueve años no está nada mal tratándose simplemente de un artista, sobre todo si se logra llevar a cabo de forma tan lúcida la génesis de un universo personal, proteico y alucinado, ebrio de luz y color, de sensaciones palpitantes y sentimientos encontrados. Es un espacio cambiante de atmósfera onírica que no se contempla, sino que se penetra o al que se baja, como cayendo al través de una madriguera (de caleidoscopio), siguiendo el rastro de un conejo blanco de traje y corbata, hipnotizados por su reloj de bolsillo. El pintor no pinta cuadros, sino que fabrica ventanas de colores y texturas, portales plásticos que conducen a su mundo, al igual que ocurría con los espejos en las antiguas leyendas chinas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;llí, al otro lado del espejo, unas veces damos con nuestros ojos asombrados dentro de toilettes psicodélicas ocupadas por metáforas incontinentes, dormitorios metafísicos de paredes onduladas y tendederos sugerentes, salas de estar vaporosas con sofás que pronuncian palabras que no se oyen o vagones de tren donde el revisor es un Cupido invisible pero certero. Otras veces entramos en lo profundo de una naturaleza encantada, rodeada por un océano turbulento y primitivo de pequeñas olas azules, verdes, blancas. Un mar, vertical y horizontal, denso y profundo, que abraza el atardecer y que envuelve un gran continente boscoso, quizá el espacio más característico de este nuevo mundo. Es fácil perderse entre esos tupidos bosques irisados e imposibles, extrañas selvas que señalan presencias y denuncian ausencias, que encierran mensajes cifrados de concentración e infinitud a través de unos árboles sin copas ni raíces y, por tanto, expresados en el eterno movimiento de lo concéntrico y de lo infinito, de lo que da vueltas siempre alrededor de la misma cosa, en este caso: la MUJER.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;P&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;ara Jorge la mujer es motivo y motor, principio y fin, objeto de deseo y objeto de arte. En su particular universo, ésta aparece por todas partes: mirando, pensando, sonriendo, posando, soñando... pero sobre todo escondiéndose, tapándose, intentando liberarse de ataduras y cadenas. La mujer es el instrumento genético del pintor, puesto que gracias a ella puede crear su propio mundo, generarlo. Pero es, efectivamente, una mujer reprimida personal y sexualmente, una mujer que se tapa y se esconde y se retuerce en sus ligaduras. No en vano, dentro de su sensual bestiario femenino, se lleva la parte del león una triada dominada por el ansia de castidad: Caperucita, Dafne y Atenea. Las dos últimas son ejemplos de CASTIDAD conseguida, Atenea como diosa virgen consagrada sólo a los “placeres” de la guerra y Dafne como la ninfa que prefirió transmutarse en laurel antes que perder la virginidad ante el envite lujurioso del mismísimo Apolo. Y la primera, arquetipo del vencimiento buscado; la pequeña Caperucita roja, hermosa y tentadora, la niña despreocupada y desobediente que en realidad (ya desde Perrault) quería que se la comiera el lobo...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;¿S&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;erá Jorge el lobo..., que se come niñas y vomita mundos?&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-116362093267293405?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/116362093267293405/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=116362093267293405' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116362093267293405'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/116362093267293405'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/11/gnesis-introduccin-al-catlogo-de-la.html' title='GÉNESIS (introducción al catálogo de la exposición de Jorge Hernández, 8-26/11/2006)'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115989775911900270</id><published>2006-10-03T10:27:00.000-07:00</published><updated>2006-10-09T15:56:01.686-07:00</updated><title type='text'>NUEVO BESTIARIO (VALIS, Granada, 2001-2003)</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;A&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;llá por el milenarista año 2000 gané un concurso de relatos que organizaba un fanzine granadino, &lt;em&gt;El Melocotón Mecánico&lt;/em&gt;. Entonces la gente que lo dirigía me propuso colaborar con ellos (o se lo propuse yo, no me acuerdo). Tenían una sección titulada "Bestiario" en la que se hablaba de criaturas imaginarias, pero de nuevo cuño, pertenecientes a la literatura fantástica moderna. Me parecía un desperdicio no utilizar la larga lista de los seres fabulosos que la tradición literaria universal había descrito durante más de 3.000 años. Por eso, decidí hablar un poco de ellos coincidiendo con la nueva época del fanzine, que pasó a llamarse &lt;em&gt;Valis &lt;/em&gt;en honor a una novela de uno de los más importantes escritores de ciencia-ficción de todos los tiempos, Phillip K. Dick (películas como &lt;em&gt;Blade Runner&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Minority Report &lt;/em&gt;y muchas otras se basan en sus escritos). La cosa iba bien, la sección gustaba a los lectores (no muchos, era un fanzine) y yo disfrutaba como un niño haciéndola. Desgraciadamente, como tantos otros fanzines, el dinero (la falta de dinero) acabó con &lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;. De hecho, la última entrega, la de la Mandrágora, quizá la mejor de todas, quedó sin publicar. Quizá algo del carácter maldito de esta planta mágica terminó torciendo el destino del "Nuevo Bestiario".&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:180%;"&gt;EL BLEMMYA &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/File3.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/File3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;L&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a literatura fantástica contemporánea, y más aún la de hoy en día, está plagada de una inabarcable fauna de seres imaginarios de muy diversa catadura. Sin querer menoscabar en absoluto las increíbles criaturas que han podido salir de las siempre -afortunadamente- calenturientas mentes de los autores de este tipo de literatura y sin querer faltar, ni mucho menos, a genios como Tolkien, me gustaría llamar la atención sobre un imaginario colectivo que hasta no hace mucho las gentes tenían por poco imaginario. Y, así como hasta poco hace más de un siglo personas más o menos autorizadas intelectualmente seguían creyendo en hadas y duendes a pies juntillas -porque las meigas no existen, pero haberlas, haylas-, desde hace más de 5.000 años el hombre ha estado imaginando seres tanto o más increíbles que los de la literatura fantástica actual; con la única diferencia de que ellos, no sólo las imaginaban, sino que, al hacerlo, además, las creaban... porque las creían.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Durante la Edad Media el mundo de los seres imaginarios disparó su volumen hasta cotas difícilmente superables por otros periodos históricos. La estrechez de perspectivas impuesta por el oscurantismo fundamentalista de la fe católica -la mayoría de estos seres abarrotaban las portadas de piedra de las iglesias góticas para aterrorizar al iletrado, esto es, a casi todo el mundo-, el desconocimiento geográfico -debido a la precariedad de las comunicaciones- y la abundante y espesa vegetación que cubría gran parte del mundo habitado -en cuya oscuridad las tórridas mentes de los hombres medievales confundían todo tipo de especímenes biológicos con un sinfín de monstruos-, fueron algunas de las principales causas de tal aumento.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Hasta que nuestro amigo Colón no “hizo las Américas” sólo existían tres continentes: Europa, Asia y África, y los dos últimos -especialmente el continente africano- apenas estaban explorados. Allá, en los confines del mundo desconocido, el hombre del medioevo situó toda clase de seres fantásticos y su creencia en ellos era tal que los sabios los incluían en sus bestiarios junto a los animales de carne y hueso. Sin entrar, por falta de espacio, en el interesante mecanismo de confusiones que afianzaba dichas convicciones, sí me gustaría dar a conocer algunos de estos seres, empezando por uno que me parece particularmente curioso: el blemmya.&lt;br /&gt;Los blemmyas son monstruos que gozaron de gran fama en la época y de cuya existencia se conservan bastantes testimonios. Básicamente, se puede hacer su descripción intentando imaginar un hombre sin cabeza y que posee los rasgos faciales dentro de su pecho y torso..., ahí es nada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;El viajero medieval Jean de Mandeville (&lt;em&gt;Mandevilles´s Travels&lt;/em&gt;) describe dos tipos diferentes de blemmyas de esta forma: &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“En otra isla, vers midia, fincan gentes de fea statura e de mala natura que non han point de cabeça e han los ojos en las espaldas e la boca tuerta como una ferradura en medio de los pechos. En otra isla son así bien gentes sin cabeça e han los ojos e la boca por de cagua las espaldas”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Umberto Eco, basándose en las leyendas medievales, describe así a los blemmyas en su novela &lt;em&gt;El nombre de la rosa&lt;/em&gt;:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza” (268). En otro lugar de esta gran novela Eco nos vuelve a hablar de ellos y, además, nos da información sobre otra de sus nomenclaturas cuando menciona a “los epístigos, que algunos llaman también blemos, que nacen sin cabeza y tienen la boca en el vientre y los ojos en los hombros” (319).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Aunque, evidentemente, Eco nos habla del blemmya desde el punto de vista de la ficción, la creencia en estos curiosos seres acéfalos sobrevivió a los límites de la Edad Media. Así, como nos recuerda Claude Kappler (&lt;em&gt;Monstruos, demonios y maravilas&lt;/em&gt;), en la Biblioteca de Lille (ciudad del norte de Francia, situada a orillas del río Deûle, junto a la frontera con Bélgica) se conserva un almanaque de 1591, editado en Amberes, en el que se recuerda que en Leiden (localidad del oeste de los Países Bajos, cerca de La Haya), el 13 de octubre de 1514, había “un niño sin cabeza que tenía los ojos y la boca en el pecho”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;No mucho más tarde -aunque aquí el elemento ficticio sí cobra mayor importancia-, Shakespeare nos recuerda en La tempestad que “cuando éramos niños, ¿quién hubiera creído (...) que hubiera hombres con la cabeza en medio del pecho?”, como reclamando la seriedad de la adultez para considerar a este insigne miembro del bestiario.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;En fin, creo que ya es hora -por el espacio- de dejar de hablar de este peculiar ser. El blemmya: un personaje curioso, quizá grotesco, posiblemente digno de lástima para algunos, que, desde luego, nunca podrá usar un jersey de cuello vuelto. Sin embargo..., ¿cuántas veces nos hemos quejado de “perder la cabeza” por alguna chica...? A él no le ocurrirá. Además, quizá sea mejor no tener ninguna que tener mucha... ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, nº 10, Granada, otoño 2001, p. 22.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:180%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;EL MANTÍCORA&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/File4.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/File4.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n esta edición del “Nuevo Bestiario” os voy a continuar hablando, tal y como adelanté en el número anterior, del interesante elenco de criaturas fantásticas que ha poblado las mentes de los hombres a lo largo de la historia. Como en realidad no estoy siguiendo ningún criterio en especial a la hora de enumerar un catálogo que, creedme, puede llegar a hacerse interminable, me limitaré a esbozar en cada entrega la bestia que más me caiga en gracia -o en desgracia, se podría decir con mayor propiedad a la vista del aspecto de estos curiosos animales-; y en esta ocasión le ha tocado el turno al mantícora.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Para imaginarse a este simpático personaje sería necesario visualizar (en el caso de que no pudiéramos disponer de esta magnífica representación adjunta, claro está) un enfadado y grande león cuya rojo pelaje fuese del mismo color de la sangre; en medio de esa fiera cabeza deberíamos esbozar un rostro humano y, dentro de él, en su enorme boca, tres hileras de afilados dientes, parecidos a los de un tiburón, que encajan entre sí perfectamente. Una vez hecho el dibujo de esa enorme mandíbula, podemos suavizar el conjunto con unos hermosos ojos glaucos, esto es, de color verde mar; aunque tampoco debemos dejarnos engañar por esos ojos bonitos, ya que el último rasgo del mantícora es una cola mortífera, la cual, según unos, es como la del alacrán y, según otros, está formada por púas venenosas que puede lanzar a su antojo en todas direcciones.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Este monstruo gozó de cierta fama durante el Medioevo y formó filas, junto con otros, dentro de los bestiarios medievales; sin embargo, su origen es más remoto en el tiempo. La mayoría de los autores contemporáneos remiten, al hablar de las primeras noticias del mantícora, a Cayo Plinio Segundo, más conocido como “Plinio el Viejo” (así lo hacen, por ejemplo, Claude Kappler en su obra &lt;em&gt;Monstruos, demonios y maravillas &lt;/em&gt;o el mismísimo Jorge Luis Borges en &lt;em&gt;El libro de los seres imaginarios&lt;/em&gt;; este último, además, nos llama la atención sobre el pasaje moderno más famoso en el que se cita al temible ser del que estamos tratando: el de &lt;em&gt;La tentación de San Antonio &lt;/em&gt;de Gustave Flaubert, del que hablaré más adelante). Por ser la primera referencia al mantícora, es obligada la inclusión aquí de las palabras de este romano nacido en Como, que vivió durante los años centrales del siglo I d. C., y cuya &lt;em&gt;Historia Natural &lt;/em&gt;-a la que pertenece este fragmento de su libro VIII, capítulo xxx- es una de las más importante enciclopedias de la Antigüedad:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Ctesias relata que en el mismo país [Etiopía] vive la criatura que él llama manthicora, la cual tiene una triple fila de dientes que calzan entre sí como los de un peine, la cara y las orejas de un ser humano, y ojos glaucos; su cuerpo de león es del color de la sangre e inflinge picaduras con su cola a la manera de un escorpión, su voz suena como la mezcla del canto de una siringa y de una trompeta; posee una gran velocidad y un especial apetito por la carne humana”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(La versión de la cita es mía y está sacada a medias del original latino y de una traducción inglesa; lo digo por si encontráis este mismo fragmento en otro lugar, ya traducido al castelllano, y no se parece mucho). Ctesias fue un médico griego de Cnido, ciudad al suroeste del Asia Menor, que vivió hacia el 400 a. C., y que prestó su servicios al rey persa Artajerjes II Mnemón, por lo que la existencia del mantícora aparece ya documentada en una época muy anterior a la de Plinio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;La descripción que de este ser fabuloso se estiló durante la Edad Media apenas distaba de la hecha por Ctesias y citada por Plinio, al margen de algunas pequeñas disensiones en cuanto a la fisonomía de la cola o el sonido de su voz. Como ejemplo, se pueden transcribir estas líneas de El nombre de la rosa, la conocida novela de Umberto Eco, quien, en su calidad de experto en temas medievales, no hace más que reflejar fielmente la visión propia de la época:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Y existe la bestia mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido de las serpientes, monstruo ávido de carne humana”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y para terminar esta última entrega del “Nuevo Bestiario”, ¿qué mejor epílogo que las palabras del propio mantícora?. Es Flaubert quien le hace hablar, al igual que a algunas otras criaturas de la misma índole, en &lt;em&gt;La tentación de San Antonio&lt;/em&gt;. San Antonio Abad, el más célebre eremita que habitara el desierto de Tebas entre los siglos III y IV d. C., tuvo el dudoso honor de ver -¡y oír!- a muchas extrañas y espeluznantes bestias y, entre ellas, a nuestro protagonista:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Y su horror aumenta viendo al&lt;br /&gt;MANTÍCORA (gigantesco león rojo, de rostro humano, con tres filas de dientes): «Los tornasoles de mi pelaje escarlata se mezclan con la reverberación de las grandes arenas. Soplo por las narices el espanto de las soledades. Escupo la peste. Devoro los ejércitos, cuando estos se aventuran por el desierto.&lt;br /&gt;»Mis uñas están retorcidas como barrenos, mis dientes están tallados en sierra; y mi cola, que gira, está erizada de dardos que lanzo a derecha, a izquierda, para adelante, para atrás. ¡Mira, mira!»&lt;br /&gt;El Mantícora arroja las púas de la cola, que irradian como flechas en todas las direcciones. Llueven gotas de sangre sobre el follaje”.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ante semejante carta de presentación..., quizá sea mejor no cruzarse nunca con el mantícora.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, nº 11, Granada, invierno 2002, p. 32.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;ARGOS PANOPTES &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/File5.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/File5.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;H&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;oy vamos a hablar de mitología; de mitología griega. Las leyendas helenas son una cantera inagotable de seres fabulosos, animales fantásticos y formas imposibles; de hecho, como ya vimos en el número anterior, muchos de los componentes de los bestiarios medievales anclaban sus raíces en dicho mundo, y es que descubrir aquí el peso de la herencia griega sobre la cultura occidental sería un ejercicio de banalidad. El Panteón Olímpico, con sus poderosas deidades, no es más interesante que la amplia lista de extrañas criaturas que, por lo normal, estaban a su servicio o bien eran fieras hurañas, sanguinarias e incontrolables cuya misión consistía en aterrorizar cruelmente a los débiles mortales (todo ello antes de que algún héroe semidivino hiciera carrera a costa de su muerte, claro está). De los primeros es nuestro amigo Argos, llamado “Panoptes”, que en heleno significa “todo ojos” o “el que todo lo ve”, siendo esto último su principal y monstruosa característica.&lt;br /&gt;Efectivamente, Argos fue un fornido gigante que poseía múltiples ojos; según el mitógrafo que lo describiese, tenía cuatro (Hesíodo), cien (Ovidio), doscientos (Ovidio -sí, otra vez, parece que no lo tenía muy claro)... ojos repartidos por todo su cuerpo, aunque la versión más extendida es que poseía cien de ellos y ubicados en la cabeza. Su ascendencia -como es usual en muchos seres mitológicos griegos- es igual de dudosa y por la misma razón que multiplicaba y dividía su vista. Veamos como ejemplo lo que dice el autor griego Apolodoro en su &lt;em&gt;Biblioteca &lt;/em&gt;(en realidad no se sabe si esta obra es suya, ni siquiera se sabe con seguridad si su título era tal, pero así se la ha conocido desde hace unos dos milenios):&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“...Argo, el que todo lo ve, el cual dice Ferécides que es hijo de Arestor, en tanto que Asclepíades dice que de Ínaco, y Cércope que de Argos y de Ismene, la hija de Asopo. Acusilao dice que el mismo es un terrígena”. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;Además de comprobar, por lo que se ve, que la “s” final de Argos es opcional (algo relacionado, supongo, con su traducción desde el griego), nos damos cuenta de que no está claro el hecho de quién parió a esta criatura, aunque -y es una opción personal-, me parece, además de más sencillo, más atractivo que sea un terrígena, esto es, un ser brotado directamente del seno terrestre. Como su fisonomía no es muy complicada de imaginar ni de describir y ya parece que hemos hecho ambas cosas, voy a relatar la breve pero curiosa historia por la que el nombre de Argos ha llegado hasta nuestros días... y hasta las páginas de VALIS.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Este episodio lo podríamos leer escuetamente, por ejemplo, en los versos de &lt;em&gt;Las Suplicantes &lt;/em&gt;del trágico griego Esquilo (vv. 531 y ss.) o en la fábula número CXLV del mitógrafo latino Higino, aunque quien mejor y más detenidamente lo narra es el también romano Ovidio en sus famosas &lt;em&gt;Metarmofosis &lt;/em&gt;(I, vv. 583-745) y por él nos vamos a dejar guiar.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Todo comenzó con una de las frecuentes canas al aire que solía echar el rey de los dioses, el todopoderoso Zeus, y que, lógicamente, tanto irritaban a su hermana y esposa Hera (¡divino incesto!). En esta ocasión el objeto de la infidelidad fue la joven, hermosa y hasta entonces virgen Io, la cual venía de visitar a su padre Ínaco, un dios-río de la región griega Argólide, cuando Zeus se le apareció y le comentó:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Oh joven digna de Júpiter y que por tu lecho harás feliz a cualquiera, dirígete a las sombras de estos bosques profundos mientras hace calor y el sol está en el punto más alto de su órbita”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues ya os podéis imaginar el tipo de refresco que facilitó Zeus (o Júpiter, si se prefiere su advocación latina) a la dulce Io en lo profundo del bosque. No obstante, y a pesar de que tomó la precaución de cubrir la zona con una densa neblina, Hera, desde las alturas olímpicas, notó algo extraño en dicho fenómeno atmosférico “y se puso a buscar a su esposo, conocedora, como era, de los ardides de su marido, tantas veces descubierto en flagrante delito”. Zeus, que había advertido la búsqueda de su esposa, transformó a su amante en una hermosa ternera blanca momentos antes de que Hera apareciese ante él. La reina de los dioses, que en realidad sospechaba la metamorfosis que acababa de producirse, solicitó el tierno bovino como presente conyugal y el todopoderoso Zeus, por que no sospechase aún más, se la entregó de mala gana.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es ahora cuando entra en escena el multiocular Argos, ya que Hera le entregó la linda ternera para que la vigilase constantemente por si acaso se le ocurría de nuevo a Zeus cometer otra infidelidad con la hija del río Ínaco.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“De cien ojos tenía Argos rodeada la cabeza; de entre ellos, dos por turno se entregaban al sueño, mientras los demás vigilaban y permanecían en su puesto. Fuera cual fuera su postura, siempre estaba mirando a Io; aunque estuviera de espaldas, tenía a Io delante de sus ojos. Durante el día le permite pacer; cuando el sol está bajo la tierra profunda, la encierra y circunda su cuello de cadenas que ella no merece”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Zeus, no pudiendo soportar más el penoso cautiverio de su amante, encargó a su hijo Hermes (el Mercurio romano), conocido principalmente por ser el dios mensajero de los dioses y por su extrema astucia y habilidad, la tarea de liberar a Io del poderoso gigante. Disfrazado de pastor, se acercó a Argos, únicamente armado con una siringa o caramillo (pequeña flauta de caña) y el caduceo (uno de sus atributos personales: un bastón corto al que se enrosca una serpiente y que, entre otras propiedades mágicas, tenía el poder de producir sueño; no hace falta que os lo imaginéis, podéis ver el caduceo a diario dentro de la cruz verde de cualquier farmacia -supongo que la posterior relación del dios con la alquimia, como Hermes Trismegistos, pudo producir la fijación de este emblema farmacéutico). Argos, al verle, le dirigió estas palabras:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Quienquiera que seas, podrías sentarte conmigo sobre esta roca; no hay, en efecto, hierba más nutritiva para el ganado que la que aquí se cría, y estás viendo una sombra conveniente para pastores”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así lo hizo el dios mensajero, quien también era experto en contar historias, y, alternando el sonido de la flauta con el de un sinnúmero de relatos, fue llenando las horas del día y cerrando, poco a poco, muchos de los cien ojos vigilantes. Pero fue una historia la que terminó de cerrarlos todos, la de la invención de la flauta: en ella la ninfa Siringe, por huir del sátiro dios Pan para preservar su virginidad, fue metamorfoseada en las cañas de un pantano; el dios cabrío, como prueba de su amor, cortó, unió y ató varias de esas cañas, creando así, para deleite de los pastores de los montes de la Arcadia, el caramillo, también llamado siringa o flauta de Pan.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Todo esto se disponía a decir el Cilenio [Hermes nació en el monte Cilene] cuando vio que todos los ojos de Argos habían sucumbido y que sus pupilas estaban cerradas por el sueño. En el acto interrumpe su relato y consolida el adormecimiento acariciando con su varita mágica los ojos lánguidos. E inmediatamente, mientras él cabecea, lo hiere con su espada curva en donde la cabeza confina con el cuello, lo arroja ensangrentado desde la roca y tiñe de sangre el escarpado peñasco”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Este fue el fin de Argos, de cuyos cien ojos se hizo dueña una única noche, cruelmente degollado por servir a Hera. La diosa, como homenaje y agradecimiento, recogió todos sus ojos y los colocó en las plumas del ave que le estaba consagrada, el pavo real, cuya cola a partir de entonces lució con la misma espléndida forma que hoy la conocemos. Y Hermes, gracias a uno de los pocos episodios violentos de su divina vida, se ganó a partir de entonces el epíteto de Argifonte, “el matador de Argos”. Una curiosa aunque no muy autorizada versión de esto último la da, al hablar de la esposa de Zeus, un autor decimonónico español, P. de la Escosura, en su &lt;em&gt;Manual de Mitología. Compendio de la historia de los dioses, héroes y más notables acontecimientos de los tiempos fabulosos de Grecia y Roma&lt;/em&gt;:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Argos, el de los cien ojos, alegórica imagen de la esquisita [sic] vigilancia de los celos, fue su favorito y cuando á manos de Mercurio feneció, convirtióle la diosa en pavón ó pavo real, colocando constantemente á su lado, como vemos en cuantas pinturas, relieves ó estatuas la representan”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Si estáis interesados, además, por el destino de la hermosa Io, sabed que no acabaron ahí sus males, ya que Hera, furiosa por la muerte de su servidor, mandó una especie de tábano para que la aguijonease día y noche, cuya picadura la hizo enloquecer de dolor y errar sin rumbo por gran parte de Grecia y del Asia Menor (en su honor se llamaron así el mar Jónico -“mar de Io”- y el estrecho del Bósforo -“vaguada del buey” o “paso de la vaca”-) hasta llegar a orillas del Nilo. Allí, finalmente, Zeus -que previamente había logrado enternecer a su esposa, convenciéndola para que librase a Io del incómodo insecto-, deshizo la vacuna metamorfosis. Sus desdichas fueron resarcidas con creces posteriormente en tierras egipcias, ya que llegó a ser reina de Egipto y, después de muerta, se la adoró bajo la advocación de la diosa Isis.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una versión evemerista del mito de Argos -esto es, una especie de racionalización histórica en la que los dioses son reyes y nobles humanos posteriormente deificados- la podemos leer en el &lt;em&gt;Diccionario de Mitología Universal &lt;/em&gt;del autor francés Jean François Michel Noël (1755-1841):&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Los egipcios le hacen hermano de Osiris. Este príncipe antes de salir para la India, había dejado la regencia a Isis y a Argos por ministro, a Mercurio por consejero y a Hércules por general de los ejércitos. Argos, como ministro hábil, a fin de saber con exactitud lo que pasaba en las ciudades principales, estableció en ella intendentes, que fueron en número de cien, y que se llamaron los ojos de Argos. Mientras permaneció fiel a sus deberes, Egipto, pacífico y tranquilo, gozó de todas las ventajas de un buen gobierno. Pero la ausencia de Osiris, y luego la de Hércules, que había formado el designio de penetrar hasta las extremidades del África, le hicieron concebir la delincuente esperanza de hacerse dueño del país. Empezó su rebeldía encerrando a Isis en una torre, y por medio de los intendentes, se hizo proclamar rey en todas las ciudades. Mercurio, viéndose despreciado por Argos, como príncipe, únicamente entregado a las ciencias, formó un partido, reunió tropas, y marchando contra Argos, le venció y le cortó la cabeza”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Interesante versión racionalista en la que es fácil reconocer muchos de los sucesos y personajes de los que hemos estado hablando. Sin embargo, es -a mi entender- mucho más atractiva la visión que Ovidio y el resto de mitógrafos nos legaron acerca de la singular historia de Argos..., aunque desde luego la mejor visión al respecto debió de ser, al menos hasta la intervención de Hermes, la del propio Argos Panoptes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, nº 12, Granada, verano 2002, pp. 7-9.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;EL HOMÚNCULO&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/el%20hom??nculo.1.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/el%20hom%3F%3Fnculo.1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;n el último número conocimos a Argos Panoptes, el de los cien ojos. En esta ocasión os voy a presentar a un ser para cuya localización nos sería muy útil una buena porción de aquellos: el homúnculo. El término “homúnculo” -u “homunculus”- alude, como diminutivo de “hombre” que es, a una persona diminuta. Científicamente, fue utilizado en embriología hasta la segunda mitad del siglo XVIII; aunque habría que decir quizá pseudocientíficamente, ya que hasta entonces la embriología fue más una materia de especulación que de conocimiento. Se trataba de lo que se conoció como “teoría de la preformación” o “del homúnculo”. Según esta teoría, muy aceptada a la sazón, se pensaba que el animal con todos sus órganos ya existía de forma diminuta dentro del embrión y que sólo tenía que desplegarse como una flor. Después de que en 1677 el microscopio revelara la existencia del espermatozoide, la escuela de los llamados espermistas propuso la hipótesis de que el embrión también estaba dentro del espermatozoo. Según los naturalistas de la época, el espermatozoide se dibujaba como una figura humana diminuta, a la que denominaban homunculus. Fue sólo a partir de 1759, a raíz de que Caspar Friedrich Wolff, cirujano y fisiólogo alemán, publicara su revolucionaria &lt;em&gt;Theoria generationis &lt;/em&gt;(&lt;em&gt;Teoría de la generación&lt;/em&gt;), cuando empezó a cuestionarse la “teoría del homúnculo”, y aún tardó más de medio siglo en dejar de tener validez para la comunidad científica. Wolff, desarrollando el concepto de epigénesis, demostró que los órganos de los seres vivos derivan de material indiferenciado y están compuestos por células. Después de las investigaciones de Wolff, el homúnculo quedó restringido al terreno de lo mágico y lo esotérico, el cual, evidentemente, es el que a nosotros interesa. De todas formas, también hay que señalar que se puede encontrar en fecha tan tardía como 1900 alguna alusión al homúnculo desde el punto de vista científico, aunque en el caso al que me refiero dicha alusión fuese más bien utilizada como pretexto imaginario para ciertas disquisiciones físicas; así, el periodista y cuentista Ramiro Blanco publica un artículo en &lt;em&gt;La Provincia &lt;/em&gt;de Huelva (18-1-1900, p. 1) titulado “El homunculus” en el que, entre otras cosas, dice: &lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“El famoso Sir William Crookes, individuo de la Sociedad Real de Londres, dió [sic] no hace mucho en un centro científico de aquella capital una notabilísima conferencia acerca de este interesante estudio. «Supongamos (dice Crookes) un hombre pequeñísimo, un homunculus... No hemos de figurárnoslo microscópico, ni capaz, por lo tanto de ver y estudiar los misteriosos movimientos moleculares; basta con que el hipotético hombrecillo posea una talla que le permita observar sin trabajo fenómenos físicos que apenas llamen nuestra atención por lo insignificante, dada nuestra estatura, como por ejemplo: la tensión superficial de los líquidos, la capilaridad, los movimientos brownianos; etc.»”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Sin embargo, como he dicho, el homúnculo que nos interesa a nosotros no es éste, sino aquél que forma parte del oscuro mundo de las ciencias ocultas, del inmenso catálogo de la fauna fantástica... Existen dos circunstancias principales que caracterizan al ser conocido como homúnculo: una es la creación del mismo a partir de materia inerte y otra sus reducidas dimensiones. La tradición ocultista y alquímica, no obstante, ha dejado testimonios de varios de estos seres en los que no se daba alguna de las dos circunstancias mencionadas, e incluso ninguna, pero lo común es que concurriesen las dos: digamos que el homúnculo clásico es aquel que disfruta de ambas condiciones. Pero dejemos para después al homúnculo clásico y hablemos en primer lugar de los otros casos. Carlos Canales y Jesús Callejo, en su obra &lt;em&gt;Duendes &lt;/em&gt;(libro primero de un magnífico estudio folklórico y antropológico, la trilogía Guía de los seres mágicos de España; los otros dos versan sobre las Hadas y los Gnomos), nos hablan de homúnculos fabricados a raíz de pensamientos: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Los investigadores Alexandra David-Neel y Nicolás Roerich ya hablaban de ciertos prodigios realizados por lamas iniciados del Tibet que, según algunos testigos, llegan a ser capaces de materializar pensamientos en forma de objetos o de seres aparentemente humanos y reales. Hablaban de los «Tulkus» (o proyecciones de objetos) y de los «Tulpas» (o proyecciones de seres humanos)”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Otro tipo de homúnculo que incumple una de las características clásicas es el golem, ya que, a pesar de que su creación se hace efectivamente por medio de materia inerte, normalmente tierra o arcilla, su tamaño es el de una persona normal. La tradición hassídica, esto es, la de la ortodoxia judía, atribuye la creación del primer golem al rabino Eleazar de Worms en el siglo XIII. Esto lo hemos sabido gracias también a Canales y Callejo, quienes continúan aportando interesante información sobre este gran homúnculo: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Sus tratados, entre ellos El libro del Ángel Raziel, se basan en los escritos cabalísticos de los místicos sefarditas de las ciudades españolas Gerona y Guadalajara, estableciendo unas cuantas fórmulas mágicas entre las cuales se encuentra una -muy difusa e incompleta- sobre la creación de un golem con la colaboración de dos adeptos que podrían fabricarlo con arcilla virgen y recitando un galimatías de nombres y conjuros (debían recitar 231 variaciones alfabéticas), mientras daban vueltas mareantes (exactamente 462) en torno a la criatura previamente enterrada y encerrada en un círculo mágico. Ahí quedó la cosa, sin que se supiera si realmente el homúnculo de Eleazar de Worms llegó a adquirir vida, pero sí nos han llegado más datos sobre otro rabino, el llamado Löew de Praga, que aseguran que fue el verdadero creador material del golem en el siglo XVI, el cual, según la tradición, logró encontrar elementos que faltaban en la fórmula de Eleazar y creó un homúnculo que le serviría como criado ocupado en los trabajos domésticos. En su frente figuraba la palabra hebrea «Emeth» (verdad) y cada día se iba desarrollando y haciendo más fuerte y robusto que los demás moradores de la casa, a pesar de haber sido tan diminuto al principio. La forma de inmovilizar a este golem era borrarle la primera letra de la palabra que llevaba escrita en la frente, de forma que sólo se leyera «Meth» (muerte), permaneciendo así inerte durante el sábado, día sagrado para los judíos y durante el cual no se puede realizar ninguna tarea. Dicen que una vez olvidó hacer este proceso y el golem, sin ninguna tarea por hacer, se enfureció y entró en la sinagoga en pleno oficio destrozándolo todo, con el lógico pánico de los asistentes, los cuales terminaron definitivamente con su existencia, y el barro que quedó fue guardado en el desván de la sinagoga de Praga, donde aseguran que aún permanece, detrás de una reja”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;La indagación sobre los homúnculos llevada a cabo por estos autores está justificada por la asimilación que hacen de los mismos con ciertos tipos de duendes, los diablillos familiares, “los clásicos diablillos encerrados en una botella, a mitad de camino entr el genio de la lámpara de Aladino y el diablo cojuelo de Don Cleofás”. Con ellos había que cuidar sobre todo de dos cuestiones: su alimentación, ya que no se podía dejarles pasar hambre, y su traspaso a modo de herencia, ya que era necesario elegir bien a la persona idónea que se constituiría en su futuro dueño. Entre sus características, parecidas a las de los duendes, se hallaban la de adoptar formas animalescas y ser inquietos y vivarachos, e incluso el poder de transportar a sus dueños por los aires en muy poco tiempo hasta lugares muy lejanos o hacerlos invisibles. Canales y Callejo, en otro lugar de su libro Duendes, hacen otra asimilación, aunque en este caso tácita, entre duendes y homúnculos, refiriéndose en particular a los duendes canarios o “familiares”: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Sabemos que debían ser capturados o formados y que su relación es de vasallaje, o sea, amo-esclavo, obedeciendo y cumpliendo hasta el más mínimo capricho de su dueño, que para eso ha tenido que pasar por una serie de difíciles pruebas hasta lograr poseerlo, dándole, como contrapartida, de comer y cuidando de que no se le escape. (...) Ana la de la Cruz, mulata, procesada por bruja en 1690, comentó durante su proceso el curioso procedimiento para conseguir uno de estos minúsculos seres, que no era otro que juntar tres granos de helecho, y de esta manera formar un «familiar» que le acompañaba a todas partes”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;A través de la asimilación de algunos tipos de duendes con los homúnculos, hemos conocido algunas otras de sus características más significativas (el mundo de los sobrenatural, más que ningún otro, es sumamente permeable), como los poderes que podían conferir a su dueño, que había que darles frecuentemente de comer o que era imprescindible tenerlos bien encerrados y vigilados, ya que la tendencia natural de los mismos era la huida, algo, por otro lado, perfectamente lógico teniendo en cuenta su reclusión en espacios tan reducidos... Un ejemplo de homúnculo clásico -de homúnculos en este caso- es el que protagonizó el conde Juan Fernando von Küffstein (1727-1789), chambelán real e imperial en tiempos de María Teresa y José II, personaje perteneciente a una de las familias más nobles y antiguas de Austria que fue muy conocido durante el último cuarto del siglo XVIII debido a su múltiple condición de templario, francmasón, caballero Rosacruz y nigromante. Según Constantino di María, que es quien nos cuenta esta historia en su &lt;em&gt;Enciclopedia de la Magia y la Brujería&lt;/em&gt;, debemos la crónica del episodio al diario de José Kammerer, “su hábil factótum, su compañero de viaje, intendente, cocinero, camarero y, sobre todo, habilidísimo ayudante en los experimentos de alquimia y de magia a los que con tanta pasión se entregaba el conde”. La cuestión es que Von Küffstein, en uno de sus viajes a Italia, trabó amistad con un tal abad Geloni, “ocultista de gran experiencia, en una pequeña ciudad de Calabria”, sin duda motivado por ser ambos francmasones, caballeros Rosacruz y sobre todo apasionados de las teorías ocultistas. Tal fue su entendimiento que decidieron viajar hasta un convento carmelita situado en la cumbre de una montaña que se hallaba entre Austria y Baviera para pasar allí nueve semanas entregados a la práctica de sus misteriosos experimentos. Di María, que tuvo acceso al diario de Kammerer gracias a que fue publicado parcialmente en el almanaque francmasón La Esfinge, continúa desarrollando la historia, la cual andaba por su quinta semana: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Desgraciadamente, Kammerer no entra en detalles respecto a esta operación, limitándose a explicar que Geloni «enseñó desde el principio a su gentil amo, entre otras cosas incomprensibles, la manera de crear espíritus»”. Sigue diciendo que ambos, durante aquellas cinco semanas, dieron vida a diez espíritus: «Un rey, una reina, un caballero, un monje, un arquitecto, un minero, un serafín, una monja, un espíritu azul y otro rojo». Estos dos últimos, que normalmente no eran visibles, aparecían sólo por medio de una evocación (...). Eran diez espíritus, es decir, criaturas en todo semejantes a las humanas, con la única diferencia de que eran de dimensiones muy reducidas; no tendrían más de diez centímetros. Los ocho primeros espíritus fueron enseguida, «a medida que el abad y Küffstein los retiraban del matraz con pinzas de plata», depositados en recipientes de vidrio de unos dos litros de capacidad «semejantes a los que se utilizaban para guardar la mermelada». Estos recipientes eran un poco más largos de lo normal y más gruesos, para que pudiesen resistir los golpes; luego los llenaron con agua clara («tal vez con agua bendita, Dios me perdone», escribe Kammerer con indignación) y a continuación fueron humedecidos. El abad comenzó bendiciéndolos y después los tocó con un dedo, colocando sobre ellos un gran sello para que los espíritus no pudiesen escapar en el caso de que se mostrasen recalcitrantes, «porque así se les cerraba el paso»”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Una noche de verano Geloni y Von Küffstein trasladaron al jardín a ocho de los homúnculos -todos salvo el rojo y el azul- y enterraron las ocho vasijas que los contenían bajo dos montones de estiércol de mulo con la finalidad de que pudiesen crecer y madurar. El jardinero del convento recibió el encargo de regarlos cada día con un extraño y repugnante líquido que ambos alquimistas habían creado en el laboratorio. Pasadas cuatro semanas, las vasijas y sus ilustres contenidos fueron extraídos con el acompañamiento de “ceremonias religiosas de toda especie”. Cuál fue el asombro de Kammerer al comprobar que “cada uno se había alargado casi un palmo y medio, hasta el extremo que el recipiente resultaba pequeño”. Una vez realizados todos estos experimentos alquimistas y ocultistas, llegó el día en el que el abad Geloni y el conde Von Küffstein tuvieron que separarse, el primero volviendo a Italia y el segundo a su castillo de Austria. No obstante, el conde hubo de trasladarse posteriormente a Viena para cuidar mejor de sus pequeñas criaturas artificiales, ya que las sospechas de los recelosos habitantes del pueblo donde se hallaba su castillo provocaban un ambiente inseguro alrededor del mismo. En la capital austriaca el conde reanudó sus relaciones con los francmasones y quiso compartir sus proezas llevando a los “espíritus” a las sesiones de la logia, la cual “se hallaba en la principesca mansión de Ansperg, cerca de la Puerta Negra, en la calle Schaenker”. En estas sesiones los homúnculos revelaron su más importante poder: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Kammerer expresa su admiración sin fin por las sorprendentes adivinaciones de los espíritus cuando estaban «de buen humor», pero no niega que «cuando se mostraban obstinados e intratables» no decían más que cosas absurdas o formulaban oráculos tan oscuros que el hombre más inteligente y culto no hubiese sabido descifrar. (...) Cada espíritu respondía a las preguntas relacionadas con su condición. Así, el rey y la reina contestaban a preguntas sobre política o sobre dinastía, el caballero a las referentes al arte militar y la nobleza, el fraile y la monja sobre cuestiones religiosas, y el arquitecto sobre la francmasonería, mientras que el serafín de lo que ocurre en la Tierra y sus entrañas. Pero superaban a todos los espíritus rojo y azul. Afirma Kammerer, con la mayor seriedad, que para ellos nada resultaba demasiado elevado ni profundo. «Sabían lo que hace Dios en el Cielo y Satanás en el infierno, y con frecuencia lo revelaban. Estos dos eran los espíritus principales», mientras que los otros parecían insignificantes comparados con ellos”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Di María se extiende algo más en las andanzas de estos diez singulares seres y narra algunas de las acertadas predicciones que hicieron, la muerte del homúnculo monje y los vanos intentos de crear un nuevo espíritu que ocupase su lugar y, por último, la huida del homúnculo rey. Éste, en una primer momento, apareció una mañana al lado del recipiente de la reina con muy libidinosas intenciones; sin embargo, su nueva reclusión -acompañadas de grandes protestas, gritos y arañazos del pequeño monarca- produjo que la siguiente vez que se escapó olvidase aquel peligroso cortejo y desapareciese para siempre. Termina este relato Di María con algunas preguntas retóricas sobre la naturaleza de estos homúnculos y dando información, entre el rumor y la leyenda, sobre su fin último: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Al llegar a este punto debemos preguntarnos: ¿qué eran en realidad aquellos espíritus? Que existieron es un hecho que debemos considerar cierto, pues ¿por qué Kammerer hubiese inventado tal fábula? No era literato ni escribía su diario con pretensiones de tal. (...) ¿Qué eran, pues, aquellos espíritus? Tal vez anfibios evolucionados. Sin embargo, éstos no tienen cabello ni barba, no experimentan los ardores del amor, no gritan ni mucho menos arañan. ¿Eran hombrecillos o espíritus elementales en forma de elfos o de abrunos? Esto se ignora y se ignorará siempre, aunque los hay que afirman que, ocultos en un museo de Viena, algunos de estos espíritus viven todavía y están atentamente observados por científicos de todo el mundo ansiosos por descubrir su secreto”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Como hemos hecho ya con algún otro eminente miembro de esta horrible y al tiempo encantadora hermandad que compone el “Nuevo Bestiario”, vamos a darle la palabra al propio homúnculo para terminar, nada más y nada menos que a través del &lt;em&gt;Fausto &lt;/em&gt;de Johann Wolfgang Goethe y de camino podremos comprobar la imagen que se tenía del homúnculo en la primera mitad del siglo XIX: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“ESCENA II [Acto segundo]: Laboratorio en el sentido de la Edad Media. Aparatos enormes, inútiles, para fines fantásticos. WAGNER, MEFISTÓFELES Y HOMÚNCULO. (...) WAGNER.—(En voz baja.): Se ha hecho un hombre. MEFISTÓFELES: ¿Un hombre? ¿Qué parejita de tórtolos habéis encerrado en ese alambique? WAGNER: ¡Líbrenos Dios! El antiguo modo de engendrar es hoy una gansada. (...) ¡Ya brilla! ¡Mirad!... Ahora es cuando realmente cabe esperar que, mezclando y amalgamando miles de materias podamos componer a nuestro antojo la materia humana, aglutinarla en una redoma, destilarla como es debido y consumar así, en silencio, la obra (...). Vibra el cristal a impulsos de una amable fuerza. Se enturbia, se aclara. ¡Ha de lograrse, pues! Ya veo un garboso hombrecillo de primorosa planta hacer visajes. ¿Qué más podemos querer, qué más puede pedir ya el mundo? Porque se hizo la luz en el misterio. ¡Prestad oído a este ser; ya cobra voz, ya habla! HOMÚNCULO.—(Desde la redoma a Wagner.): ¡Hola, papaíto! ¿Cómo estás? ¡Luego no era broma! Ven, estréchame tiernamente contra tu corazón; pero no con demasiada vehemencia, no sea que salte el cristal. Tal es la propiedad de las cosas: a lo natural apenas le basta el Universo, pero lo artificial pide espacio cerrado. (A Mefistófeles.) Pero ¿estás ahí tú, primo mío, so tunante? En el momento justo te doy gracias. Una buena estrella te trajo hasta nosotros”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Fijaos cómo el homúnculo llama “primo mío” a Mefistófeles, un importante demonio, y es que, como dijimos, las criaturas del mundo de lo oculto permanecen frecuentemente conectadas. Dirá también el homúnculo de Goethe atendiendo a las características que acabamos de señalar que “voy cerniéndome así de un sitio a otro. Quisiera llegar a ser, en el mejor sentido, y lleno de impaciencia partir en dos mi frasco”. Gozaba, por tanto, de parecidas inquietudes a las de los homúnculos de Von Küffstein, supongo que similares también a las de los homúnculos en general, porque ¿a quién le gustaría estar encerrado de por vida en una redoma? De cualquier modo, debe de ser una criatura que no infunde mucho miedo... porque, para temerle, habría que verle y probablemente, si se ha escapado, nunca lo veremos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, nº 13, Granada, otoño 2002/invierno 2003, pp. 8-11.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:180%;"&gt;FENRIS&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/File2.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/File2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;M&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;itología nórdica. Muchos habrán oído hablar de esta mitología guerrera de los vikingos, quizá sepan algo sobre las valquirias anunciadoras de la muerte o el Valhala, salón de los guerreros caídos en combate, y los más avezados pueden llegar incluso a conocer el hecho de que varios nombres de los días anglosajones provienen de dioses nórdicos, como “tuesday”, día de Týr, o “thursday”, día de Thor. Pero lo más probable, desgraciadamente, es que la imagen que tenga el común de los mortales -nunca mejor dicho- sobre la mitología nórdica sea aquella que la Marvel popularizó del segundo de los dioses nombrados: aquel rubísimo, y barbilampiño mocetón al que sus compañeros Vengadores llamaban “dios del trueno”. Al margen del detalle de que Thor era pelirrojo y probablemente tendría más barba que cualquiera de los componente de los ZZ Top, queda mucho, mucho más por conocer dentro del fascinante universo de la mitología nórdica: las creencias de los antiguos pueblos germánicos y escandinavos. Y dentro de todo ese maravilloso conjunto de mitos, inspirador, por ejemplo, de buena parte de la inigualable trilogía épica de Tolkien, hay varios seres fabulosos que sin duda cumplen sobradamente todos los requisitos necesarios para pertenecer a este bestial catálogo; sin embargo, como nuestro club tiene plazas limitadas, me he visto obligado a escoger a uno de ellos, el lobo Fenris, quien ha tenido la suerte de beneficiarse de esa forma de nepotismo posmoderno conocida como “enchufe” por el simple hecho de ser un personaje que goza de mi especial simpatía.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Dentro del conjunto de dioses nórdicos existían, como en casi todas las mitologías un componente benigno y otro maligno. En el primero figuraban principalmente los Ases o Aesir, esto es, los dioses hijos de Odín y de Frigga, como es el caso del mencionado Thor, Balder o Heimdall, los cuales vivían todos en la fabulosa Asgard, convenientemente separada de la Tierra (Midgard) por el puente conocido como Bifrost, ni más ni menos que el mismísimo arco iris. Y la otra cara de la moneda estaba representada fundamentalmente por los Gigantes, habitantes del Jotunheim, la evolución -o involución habría que decir más apropiadamente debido a su estupidez- de seres como los etones, tursos y trolls, y sobre todo por Loki, personaje de origen incierto aunque situado dentro de la estirpe de los Aesir. A pesar de su antagonismo, existía un curioso equilibrio entre el bien y el mal, tal y como señala Enrique Bernárdez en su obra &lt;em&gt;Los mitos germánicos &lt;/em&gt;(Alianza, 2002, p. 134) -una obra seria, documentada y amena que aprovecho para recomendar a todo aquel interesado en este tipo de mitología en lugar de muchas ediciones populistas de bajo precio y de venta especialmente en ferias de libro y similares:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Y hay otros seres que para los germanos representan el principio motriz del caos, de la destrucción del orden: pero éste necesita de aquél para existir, de modo que se crea una curiosa oposición, ya que unos intentan destruir el cosmos y deben ser contrarrestados por los dioses que, sin embargo, han de evitar la aniquilación de sus adversarios, pues, de otro modo, tampoco ellos podrían seguir viviendo: el cosmos, el orden, es de todo punto imposible sin caos, y la existencia deviene por tanto un juego de oposición de complementarios incompatibles”. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;Este equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal, del orden y del caos, se verá roto después de mucho tiempo en el Ragnarok, el “Destino de los Dioses” -y no el “Crepúsculo de los Dioses”, como erróneamente se ha difundido-, en el que, después de una cruenta batalla, los Aesir perecerán a manos de sus enemigos, detalle que curiosamente conocen desde el principio de sus vidas, lo que da aún más valor a su valiente lucha. Ésa es la razón por la que los Aesir no pueden destruir a sus enemigos, ya que eso adelantaría su propia y segura muerte. La destrucción en el Ragnarok será casi total y el universo creado por los Aesir acabará completamente destruido. Sin embargo, también será una destrucción que lleve, como en el mítico Fénix, la semilla de su propio renacimiento, ya que unos pocos de los Aesir, sobre todo los hijos de los principales dioses, sobrevivirán a la matanza, dando lugar a una reconstrucción mejorada del universo original:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“El Ragnarok comienza con el Fimbulvert, «El Invierno Espantoso», que durará tres años, con nieve constante, heladas y vientos gélidos. No saldrá el sol, oculto por una negra nube, (...), y lo mismo sucederá a la luna. Caerán del cielo las estrellas, temblará la tierra, se derrumbarán las montañas, y el mar, agitado por la serpiente, se precipitará sobre las tierras. La avaricia producirá grandes y constantes guerras en las que el padre no respetará al hijo. Y cuando todo esté cubierto por las aguas, el barco Naglfari se hará a la mar con tursos y monstruos. Se rajará el cielo y acudirán los monstruos del Muspel, dirigidos por Surt, para enfrentarse a los dioses en el duelo final”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Este párrafo pertenece a la &lt;em&gt;Edda &lt;/em&gt;de Snorri Sturluson (11179-1241), el más importante intelectual islandés de la Edad Media y uno de los principales textos para entender esta mitología (Bernárdez, 2002, pp. 299-300). En la continuación de la cita se narra cómo cada uno de los dioses se enfrenta a un monstruo o deidad maligna diferente y sin duda, uno de los más espectaculares combates es el llevado a cabo por nuestro protagonista: el lobo Fenris. Pero antes de saber sobre su final, conozcamos su principio.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fenris, o Fenrir, cuyo antiquísimo nombre significa “Habitante de las Ciénagas”, es hijo del controvertido Loki, dios de la discordia en la mitología nórdica; listo, astuto y apuesto, pero también cruel y deshonesto y sobre todo, entre todas las cosas, tramposo, trajo de cabeza continuamente con sus jugarretas y maldades a los Aesir y especialmente a Thor. Él es el principal antagonista de los Aesir en el Ragnarok, el gobernante del Naglfari, el barco hecho con las uñas de los difuntos que llevará a los monstruos a la batalla, y sus hijos tendrán el honor de luchar cara a cara con las divinidades más importantes. Entre sus muchas intrigas se hallaba el trato con los odiosos Gigantes y en un alto grado, ya que llegaría a intimar tanto con una giganta como para llegar a obtener descendencia, tal y como también cuenta Snorri (Bernárdez, 2002, p. 246):&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Loki tuvo más hijos. Angrboda se llama una giganta del Iötunheim. Con ella tuvo Loki tres hijos: uno era el lobo Fenrir, otro Iörmungand, es decir, la serpiente de Midgard, y el tercero es Hel.”&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Jormungand era una inmensa serpiente venenosa que terminó rodeando toda Midgard y Hel acabó siendo la diosa del reino de los muertos, no el glorioso Valhala adónde iban los caídos en combate, sino el Niflheim, el de aquellos que habrían sufrido la “deshonrosa” muerte que proviene de la enfermedad o la vejez en lugar de la batalla. Y por último queda el primero, esto es, Fenris, el primogénito, que junto a sus dos odiosos hermanos, como ya he comentado, tendrá un lugar privilegiado en la lucha del Ragnarok. Una vez que los Aesir supieron la existencia de estas tres abominables criaturas, Odín, el tuerto rey de los dioses, preocupado, consultó a las Nornas o Norns, las tres diosas del destino, Urd, Verdandi y Skuld; para hacernos una idea aproximada: las equivalentes a las Parcas romanas o las Moiras griegas. Su nombre, de raíz germánica o indoeuropea, significa “Las Susurrantes”, probablemente porque dirían sus oráculos en voz baja o en susurros para que sólo se enterara la persona o mejor dicho dios que les había consultado. Las Susurrantes advirtieron a Odín de que los tres hijos de Loki eran la propia reencarnación del mal y, por tanto, había que deshacerse de ellas rápidamente para evitar el futuro daño que pudieran causar. El rey y padre de los dioses, una vez oída la advertencia de las Norns, reunió a un grupo de Aesir y entró a escondidas en el Jotunheim, el hogar de los Gigantes, derrotando a Angrboda y apresando a sus tres hijos, a los que llevó a Asgard para decidir qué haría con ellos. A Hel y Jormungand los envió a los lugares que acabo de señalar, a la primera al Niflheim y a la segunda al oceáno, donde logró sobrevivir, creciendo tanto que su cabeza terminó alcanzando la cola y rodeando de esta manera la Tierra de los hombres.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En cuanto a Fenris, Odín dudaba si desterrarlo o no, puesto que, salvo en el tamaño, se asemejaba en todo a un lobo normal y al padre de los dioses le gustaban los lobos (de hecho solía ir acompañado de dos fieros lobos llamados Geri y Freki), y en realidad aún no había dado muestras de su maldad. Además no podía matarlo porque una de las profecías formuladas por las Norns era que Fenris sería quien acabaría con la vida del padre de los dioses y, sabedor de que los augurios de estas divinidades siempre acababan cumpliéndose, no quería terminar con la vida del lobo acortando, por ende, la suya propia. Así que finalmente le concedió el privilegio de vivir libremente en los campos y bosques de Asgard. Sin embargo, ésta se reveló pronto como una mala solución, ya que el exagerado apetito de Fenris, provocó que éste causara destrozos de todo tipo y emitiera aullidos y bramidos insoportables que molestaban sobremanera a los Aesir. Así que uno de ellos se encargó de localizarlo de vez en cuando para alimentarlo con inmensas cantidades de carne que pudieran saciar su descomunal apetito. Era el dios Týr, dios de la guerra y también de la vida social, dos ocupaciones que pueden parecernos hoy contradictorias -y efectivamente lo son o deberían serlo-, pero que en las sociedades guerreras de los pueblos nórdicos no lo eran tanto, si acaso todo lo contrario. Fue de esta manera como Týr se convirtió en el único Aesir en quien confiaba Fenris, aunque fuera de manera remota, detalle que, como vamos a comprobar inmediatamente, supondría al dios la pérdida de una de sus extremidades.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con el tiempo Fenris fue creciendo más y más, alcanzando unas proporciones realmente temibles y Odín, que había apartado de su mente involuntariamente cuál era el destino que le aguardaba, al percibir tal evolución, volvió a caer en la cuenta del mismo y decidió confinar al hijo de Loki para preservar su vida el mayor tiempo posible. Por ello Odín decidió emprender la atadura del lobo; pero dejemos que sea Snorri quien nos introduzca este episodio (Bernárdez, 2002, p. 274):&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Cuando las Ases vieron que Fenrir estaba creciendo y haciéndose extremadamente peligroso, decidieron encadenarlo; pero era tan fuerte que tenían que utilizar la astucia, pues nada habrían conseguido por la fuerza. Así que lo retaron a romper unos grilletes, que no plantearon dificultad alguna al lobo; luego otros aún más fuertes, que sin embargo no aguantaron más que los primeros. Finalmente recurrieron a unos tuergos que construyeron unas ligaduras finísimas (...). El lobo sospechó una trampa al ver aquello tan fino y exigió, como garantía de que los Ases le quitarían la ligadura, que uno de los dioses metiera el brazo derecho en su boca mientras lo ataban. Týr se ofreció voluntario y cuando Fenrir vio que no podía soltarse, le arrancó la mano de un mordisco”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Efectivamente, Odín consiguió gracias a la astucia atar a Fenris. Primero lo intentó, como hemos visto, con una enorme cadena llamada Leading y después con una aún más poderosa llamada Dromi, pero sus intentos fueron baldíos ante los poderoso músculos del lobo. Por ello envió a Skirnir, su mensajero, al Svartalfheim, hogar de los tuergos o enanos, para que convenciera a éstos en la empresa de fabricar una atadura irrompible a cambio de una increíble cantidad de oro. Los enanos elaboraron así la cinta mágica llamada Gleipnir por medio de los siguientes ingredientes: el sonido de un gato en movimiento, las raíces de las montañas, la voz de los peces, los tendones de un oso y la saliva de los pájaros. Si nos fijamos, todos ellos invisibles a la vista e imposibles de encontrar; ciertamente se puede apreciar en este caso claramente que estamos hablando de una mitología nórdica, porque aquí en el sur de Europa nunca nos atreveríamos a decir que la barba de una mujer es en todos los casos invisible. Pero en fin, bromas aparte, lo importante es que Fenris terminó cayendo en la trampa de la finísima pero inquebrantable Gleipnir. En un principio se negó al comprobar, por su aspecto, la naturaleza mágica de la cinta. Los Aesir intentaron negociar con él prometiéndole que, si no lograba soltarse por sí mismo, ellos accederían a desatarle inmediatamente. Fenris, oliéndose -nunca mejor dicho- el engaño permaneció resuelto en su negativa, por lo que tuvo que entrar en acción Týr, el único, como señalé, capaz de ganarse, aunque fuese levemente, la confianza del lobo. El dios de la guerra ofreció introducir su mano en las fauces de Fenris como garantía de la posterior liberación, y éste acordándose de las veces que Týr le había alimentado cuando era un cachorro, accedió finalmente a dejarse atar con Gleipnir. Cuando esto hubo sucedido, Fenris comprobó que la mágica atadura resistía la poderosa fuerza de sus músculos y pidió que lo liberaran ante la impasibilidad de los Aesir. Y viendo pérdida esta batalla, decidió cerrar del todo las fauces donde tenía apresada la mano de Týr y vengarse así al menos mínimamente.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;P. de la Escosura, un autor español de mediados del siglo XIX, en su libro &lt;em&gt;Manual de Mitología &lt;/em&gt;(1845) tiene un apéndice final en el que hace un pequeño resumen de la mitología nórdica. Aunque es un obra llena de errores e inexactitudes, propios del modo de historiar decimonónico, aporta algunos detalles más sobre la atadura de Fenris (p. 438) que merecen ser citados aquí aunque fuera sólo como dato curioso:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Una vez seguros de que ya no era dueño de sus movimientos, amarráronle los Ases, por medio de un cable enorme, á la roca Gelgia, introduciéndole por la garganta una espada, de manera que el puño se apoyaba en lo interior del estómago, y la punta sale á la boca, impidiéndole el morder sus ligaduras.&lt;br /&gt;En tal estado permanecerá Fenris hasta que al fin del mundo desquiciéndose [sic] la roca, y rompiéndose las cuerdas, libre en fin dará rienda suelta á su rabia destructora, se tragará el sol, dará muerte á Odín, y perecerá á manos de Vidar, dios del silencio”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De la Escosura desde luego no se equivoca en el final de Fenris, ya que, según cuenta la tradición nórdica, efectivamente, con la llegada del Ragnarok, la propia maldad que se respiraba en el aire corrompió a Gleipnir, la cual cayó fláccidamente al suelo, liberando al colosal lobo. Y así como su hijo Thor combatirá a la gran serpiente Jormungand -pereciendo ambos en la batalla-, Odín, “El Tuerto”, el “Padre de todos”, se enfrentará a Fenris. La batalla entre el lobo y el dios sería cruenta, larga y feroz, pero el destino revelado por las Norns terminaría cumpliéndose y, finalmente, Fenris, se tragó a Odín de un solo bocado. No obstante, su victoria fue efímera, ya que Vidar, hijo de Odín, se precipitó sobre él y demostrando una increíble fuerza, y sin duda motivado por la venganza, lo agarró por sus fauces y comenzó a abrirlas cada vez más. Cuando, en una intensa agonía, la boca de la bestia llegó a abrirse de tal manera que cada extremo tocaba respectivamente la tierra y el cielo, sonó un gran crujido y Vidar partió en dos a Fenris.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Terminó así sus días Fenris, una abominable criatura, a la que, con toda seguridad, nunca se podrá aplicar aquello de que “no es tan fiero el lobo como lo pintan”.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, Granada, nº 14, primavera 2003, pp. 24-27.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;EL BORAMETZ Y LA MANDRÁGORA&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/File1.jpg" border="0" /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;l mundo de las bestias y los seres fabulosos es fundamentalmente ecléctico (aunque es cierto que las diversas entregas de este “Nuevo Bestiario” no han sido muy representativas al respecto). Un simple repaso a cualquier bestiario medieval nos aleccionará sobradamente sobre la impresionante capacidad de hibridación que tenían este tipo de seres. No en vano, Gustave Flaubert citaba en &lt;em&gt;La tentación de San Antonio&lt;/em&gt; (1975, p. 299; 1ª ed. 1874) —una obra que contemplaba ampliamente los bestiarios medievales— “cabezas de caimanes sobre pies de corzo, búhos con colas de serpiente, cerdos con hocico de tigre, cabras con grupa de asno, ranas velludas como osos, camaleones grandes como hipopótamos, becerros con dos cabezas, una que llora y otra que muge, fetos cuádruples sujetos por el ombligo y que bailan como peonzas, [y] vientres alados que giran como mosquitos”; y éstas son las menos conocidas de las muy heterogéneas criaturas que tentaron al santo ermitaño en el desierto de Tebas. En dicha relación existe un denominador común: la hibridación siempre se produce dentro del reino animal. Incluso ilustres criaturas fantásticas producto de la conjunción de animales y humanos, como sirenas, centauros o el mismísimo Minotauro, siguen debiendo su doble origen al reino animal. ¿Y el vegetal? ¿Se ha cruzado alguna vez con el reino animal? La respuesta es sí. Aunque es un fenómeno mucho menos frecuente que la hibridación animal, sí existen algunos ejemplos. Éste es el caso del borametz y de la mandrágora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Borametz” es la palabra rusa utilizada para nombrar al cordero vegetal, extraño ser descrito por numerosos viajeros que lo sitúan en la Tartaria (nombre asignado durante la edad media a la parte central de Eurasia, desde el río Dniéper por el oeste hasta el mar del Japón por el este). Básicamente, como narra el viajero Odorico de Pordenone y recoge Henri Cordier en &lt;em&gt;Recueil de voyages et de documents pour servir à l´histoire de la Géographie &lt;/em&gt;(1890), su descripción era ésta: “...en las montañascaspias crecen unos frutos maravillosamente grandes. Cuando están maduros, se les abre y se encuentra una bestezuela de carne viva, como un corderito, y se comen esos frutos y esas bestezuelas”. Claude Kappler, en su libro &lt;em&gt;Monstruos, demonios y maravillas a fines de la edad media &lt;/em&gt;(1986) —de donde está tomada la última cita; pp. 154-155—, nos llama la atención sobre el hecho de que esta fabulosa criatura no preocupa exclusivamente a los viajeros y nos recuerda cómo el conocido historiador Huizinga, en un su no menos conocida obra &lt;em&gt;El otoño de la Edad Media&lt;/em&gt;, señala que Luis XI mantiene “correspondencia con Lorenzo de Médicis acerca de un agnus dei, un producto vegetal llamado también agnus scythicus, que pasaba por ser tan raro como milagroso” (p. 155). Destaca también Klapper una breve relación de viajeros que han tratado en sus obras a tan curioso ser: “La citada planta-animal interesará mucho a los viajeros hasta el s. XVII: el barón Sigmund de Herberstein, que hizo un viaje a Rusia (de 1511 a 1526) y dejó una relación latina de su itinerario; Olearius, autor de un &lt;em&gt;Voyage de Moscovie &lt;/em&gt;aparecido en 1636; Jean Struyss, que visitó el país treinta años después. Henri Cordier cita fragmentos de todos ellos en sus notas a Odorico” (p. 155). Dice, por último, Kappler que esta planta no deja de tener algún fundamento real, ya que corresponde a un vegetal catalogado en Botánica entre las plantas polípodas. Como advierte Borges en &lt;em&gt;El libro los seres imaginarios &lt;/em&gt;(1990, p. 50; 1ª ed. 1957), también se la solía llamar “polypodium borametz” o “polipodio chino”, “[s]e eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan sale un jugo sangriento. Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Brown la describe en el tercer libro de la obra &lt;em&gt;Pseudoxia Epidemica &lt;/em&gt;(Londres, 1646)”. Señala, amén de la mandrágora —en la que nos pararemos a continuación—, otros ejemplos de mezcla entre lo vegetal y lo animal, como “la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en primavera, dio plumas en lugar de hojas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, el más famoso e importante cruce entre el reino animal y el vegetal es sin lugar a dudas la mandrágora, mágica planta cuya raíz se suponía constituida por un diminuto ser con forma humana. Es en realidad una planta de la familia de las Solanáceas cuyo nombre científico es &lt;em&gt;Mandragora officinarum&lt;/em&gt;. Sus hojas son grandes, ovales, onduladas y de color verde oscuro y suelen agruparse en forma de roseta alrededor de un tallo muy corto. Sus flores son blancas o azul violáceo, con cinco sépalos y cinco pétalos lobados y su fruto es una baya oblonga. Toda la planta despide un olor fétido y es nativa de la región Mediterránea y el Himalaya y especialmente de Grecia (&lt;em&gt;Microsoft Encarta&lt;/em&gt;). De esto último provenga quizá el detalle de que las primeras noticias suyas las tengamos en testimonios de la Antigüedad clásica; de hecho, su nombre procede del griego (μανδραγόρας) y significa algo así como “dañino para el ganado”. A pesar de que hoy en día apenas se usa como tal, es también una droga, siendo su principio activo la atropina, aunque también contiene cantidades menores de escopolamina. Karina Malpica en su investigación &lt;em&gt;Las drogas tal cual... &lt;/em&gt;(&lt;/span&gt;&lt;a href="http://www.mind-surf.net/drogas/index.html"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;http://www.mind-surf.net/drogas/index.html&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;) apunta algunas características más de esta planta:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Se administra en forma oral. Como contiene principalmente atropina, se comporta de manera similar a la belladona: en dosis bajas bloquea los receptores de la acetilcolina deprimiendo los impulsos de las terminales nerviosas; mientras que en dosis elevadas, provoca una estimulación antes de la depresión. En la medicina antigua las hojas de mandrágora hervidas en leche se aplicaban a las úlceras; la raíz fresca se usaba como purgante; y macerada y mezclada con alcohol se administraba oralmente para producir sueño o analgesia en dolores reumáticos, ataques convulsivos e incluso de melancolía. En tiempos de Plinio se empleaba como anestésico dándole al paciente un pedazo de raíz para que la comiera antes de realizar una operación”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, por aquel entonces la mandrágora era utilizada en medicina como anestésico y analgésico, aunque sin dejar de estar asociada a múltiples supersticiones. De hecho, Plinio llegaría a decir, quizá un poco enigmáticamente, en su &lt;em&gt;Historia Natural &lt;/em&gt;que “[l]os osos, cuando han probado los frutos de la mandrágora, lamen hormigas” (8, 101). Pero su carácter esotérico y misterioso comenzaría pronto a provocar que esta planta se acercase cada vez más al terreno de la magia y la brujería y se alejase del de la medicina. Coincidiendo con el auge de las prácticas mágicas durante la Edad Media, se produce una intensa reactivación de las características legendarias de la mandrágora. Su raíz gruesa, larga y generalmente dividida en dos o tres ramificaciones de color blancuzco ha podido inducir a la gente a pensar que tenía forma humana y esto último contribuyó a cimentar una extensa y aceptada leyenda sobre su génesis, características y propiedades prodigiosas. Dicha leyenda conservaría su vigencia hasta no hace mucho y, por ejemplo, el francés Collin de Plancy diría de ella en 1842 en su &lt;em&gt;Diccionario Infernal &lt;/em&gt;(p. 193):&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Los antiguos atribuían grandes virtudes á la planta llamada mandrágora, tal como la de procurar la fecundidad de las mujeres. Las más excelentes de estas raíces eran las que habían sido rociadas con orina de un ahorcado, pero no se podían arrancar sin morir, y para evitar esta desgracia, ahondaban la tierra en todo el rededor de la raíz, ataban el extremo de una cuerda en ella, y el otro extremo al cuello de un perro; y enseguida, haciéndole á latigazos huir de allí, arrancaba la raíz; el pobre animal moría en esta operación, y el dichoso mortal que tenía entonces esta raíz no corría ningún peligro, y poseía un tesoro inestimable contra los maleficios”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Constantino di Maria, en su &lt;em&gt;Enciclopedia de la Magia y la Brujería &lt;/em&gt;(1971, pp. 198-199; 1ª ed. 1967), engloba a la mandrágora dentro de un grupo de “plantas de conocida acción estupefaciente o alucinante” que aún hoy se designan con el apelativo de “hierbas de bruja” o “hierbas del Diablo” debido a su frecuente uso en brujería (belladona, estramonio, cáñamo índico...) y da una versión más ajustada a la tradición literaria de la mandrágora:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“La mandrágora, planta conocida no sólo por la botánica y por la farmacología, sino también por la literatura, era una de las plantas que formaban parte de la composición de los filtros mágicos. Las más sombrías y lúgubres leyendas pueblan la historia de esta planta, que se suponía lograba su máxima eficacia si era recogida debajo de un horca, a los pies del ahorcado, y mojada con una gota de esperma caída durante los últimos espasmos de la agonía. La manera de coger la mandrágora constituía un auténtico ceremonial. Su raíz no podía ser cogida por ningún hombre, pues éste hubiera muerto en el instante de arrancarla. Era necesario, por tanto, atarla con una soga al cuello de un perro negro que al incitarle a correr arrancaba la mandrágora y así moría únicamente el can. Al mismo tiempo, el hombre tenía que hacer sonar un cuerno para no oír los gritos que la planta lanzaba al ser arrancada, puesto que dichos gritos le hubiesen provocado la muerte. La raíz, que recuerda vagamente una forma humana, era tenida por amuleto de insuperables poderes mágicos”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El tema de la mandrágora ha sido tratado literariamente por autores de la talla de Nicolás Maquiavelo o incluso, quizá, de Shakespeare, ya que se dice de su &lt;em&gt;Romeo y Julieta &lt;/em&gt;que el veneno que ingirió esta última en el acto IV, escena III para simular su muerte no era otra cosa que mandrágora, aunque en realidad no se nombre como tal en ningún momento. Si finalmente dicha suposición es cierta, el bardo inglés pondrá en boca de Fray Lorenzo las siguientes palabras acerca de la mandrágora:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“En todo cuanto vive y crece en la tierra, no hay nada tan vil que no tenga algo bueno; nada hay tan bueno, tan perfecto, que, si se desvía de su verdadero objeto, no pierda su naturaleza primitiva y degenere en mal. (...) En el tierno cáliz de esta florecilla reside el veneno, y en él halla su poder la medicina: si se aspira su perfume, deleita los sentidos; si se prueba, mata sentidos y corazón” (acto II, escena III). “Toma este frasco, y cuando estés en el lecho, bebe este líquido destilado: de pronto correrá por tus venas un humor frío y soporífero; (...) [p]ermanecerás cuarenta y dos horas con ese aspecto que imita la muerte fría, tras lo cual despertarás como de un sueño agradable” (acto IV, escena I). &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por su parte, Maquiavelo escribió en 1518 una comedia en cinco actos titulada precisamente &lt;em&gt;La Mandrágora &lt;/em&gt;(Cátedra, 1995) y, aunque la mágica planta constituía en su argumento una mera excusa para el desarrollo de una trama de engaño amoroso, podemos apreciar en dicha obra el carácter al mismo tiempo curativo y letal de dicha planta, así como sus poderes mágicos y la creencia en los mismos no sólo del vulgo, sino de personajes tan cultivados como, por ejemplo, todo un doctor en Leyes. &lt;em&gt;La Mandrágora &lt;/em&gt;se estrenó al poco de escribirse, en el Carnaval de Florencia de 1518 en presencia del propio Lorenzo de Medici, y supuso para Maquiavelo un pequeño y frívolo pasatiempo con el que mitigar la forzada inactividad que sufría durante esta época debido a su destierro por motivos políticos. En ella Callimaco, un noble florentino educado en París, se enamora a su vuelta a la ciudad del Arno de Lucrecia, mujer de Nicias Calfucci, el citado doctor en Leyes. Aprovechándose de que dicho matrimonio llevaba más de seis años casado sin obtener descendencia y la estulticia del propio marido, Callimaco urde una trama en torno a una poción de mandrágora con la connivencia o ayuda de varios personajes de dudosa catadura: fray Timoteo, un fraile corrupto —como casi todos, insinuará Maquiavelo (pp. 208 y 226).—, Ligurio, un casamentero gorrón, Siro, criado de Callimaco y Sostrata, madre de Lucrecia. Así, Callimaco, haciéndose pasar por “maestro en Medicina”, le dirá a Nicias Calfucci:&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;“Tenéis que saber que no hay nada mejor para dejar preñada a una mujer que hacerle beber una poción de mandrágora. Es una cura experimentada por mí varias veces y siempre ha dado buen resultado. De no ser por eso, la reina de Francia sería estéril y como ella una infinidad de princesas de aquel estado” (p. 203).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Pero, para poder introducirse en la cama de Lucrecia apuntará además que “el primer hombre que yazga con ella, luego que ha bebido esa poción, morirá dentro de los ocho días siguientes, sin que exista en este mundo remedio alguno contra eso” (p. 203). Podemos observar aquí, como advertí y aunque de manera algo sui generis, la doble naturaleza mágica de la mandrágora: curativa y mortal. Finalmente, Callimaco, por medio de todas estas artimañas, conseguirá su propósito y más aún, ya que, una vez consumado el acceso carnal le desvelará a su amada todo el engaño y Lucrecia, cautivado por los encantos del joven y resentida por la connivencia de todos, acabará correspondiéndole y poniendo las bases para que el pobre de Nicias Calfucci sea un cornudo para el resto de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para concluir, volvamos a Borges y &lt;em&gt;El libro los seres imaginarios&lt;/em&gt;, donde encontramos la recopilación de los testimonios de diversos importantes autores: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:85%;"&gt;“Pitágoras la llamó «antropomorfa»; el agrónomo latino Columela, «semi-homo», y Alberto Magno pudo escribir que las Mandrágoras figuran la humanidad con la distinción de los sexos. (...) También, que quienes las recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla era correr al albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes” (p. 139). &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;Como veis, la mandrágora es una planta... o animal..., o las dos cosas, que ha suscitado numerosos e interesantes comentarios sobre su génesis, características y propiedades; algunos contradictorios, algunos coincidentes: que si nace de la orina de los ahorcados o de su semen, que si ingerida produce la muerte o la fertilidad, que si al arrancarla se enmudece o se muere... Yo que ustedes, por si las moscas, si algún día me cruzo con una mandrágora y no dispongo de ningún can a mano, al menos convencería a algún amiguete que no me cayese especialmente bien para que la arrancase.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;Valis&lt;/em&gt;, nº 15, Granada, inédito.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115989775911900270?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115989775911900270/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115989775911900270' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115989775911900270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115989775911900270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/10/nuevo-bestiario-valis-granada-2001.html' title='NUEVO BESTIARIO (VALIS, Granada, 2001-2003)'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115816224166609682</id><published>2006-09-13T08:42:00.001-07:00</published><updated>2006-09-24T14:22:09.006-07:00</updated><title type='text'>"El día de San Juan"</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Y&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a son casi las once y media. Pueden venir en cualquier momento. Y el hecho de que esté en mi casa, en mi cuarto, no supondrá ningún obstáculo para ellos; lo sé... ¿Cómo he podido ser tan ingenuo, tan necio? Estoy aterrado, estoy hundido, estoy muerto... ¿Cómo he llegado a esto? Mi habitación parece menguar con el paso de los minutos; estas cuatro paredes bien podían ser las de un ataúd... mi ataúd. Casi no quepo en la cama... Espero que el calmante que me he tomado me tranquilice. He de intentar pensar, enfocar este asunto desde un punto de vista racional, repasar todo lo ocurrido, encontrar una solución... Pero es tan difícil: estoy asustado hasta los huesos y no sé qué hacer. Fuera de mi habitación, mi familia deambula por la casa ajena a mi pánico, desconocedora de la maldición que ha caído sobre mí, ignorante del terrible peligro que me amenaza... Pero no les puedo contar nada; no me creerían. Nadie me creería... &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hace aproximadamente un mes me inscribí en un curso de informática; mis padres me habían regalado un ordenador y quería aprender a usarlo correctamente. Las clases estaban subvencionadas por la Universidad y se daban en un aula de mi antigua facultad. Posiblemente sería el aula más vieja y más recóndita de todo el Campus, uno de esos espacios arquitectónicos que escapan a toda remodelación y a toda partida presupuestaria destinada a la mejora de las instalaciones. Nunca pude explicarme cómo llegaba hasta allí la electricidad para los ordenadores, aunque debo admitir que el contraste de modernidad y antigüedad era bastante atractivo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nos apuntamos al curso unos veinte alumnos, casi todos de mi edad. Desde el principio pude comprobar que yo era el único licenciado entre un grupo que provenía exclusivamente de las diferentes ramas de la Formación Profesional. Mi recién obtenida titulación en Historia no habría de servirme de nada en un ambiente al que no estaba acostumbrado -si acaso al contrario-. Todos mis amigos estudiaban o habían estudiado carreras universitarias y más de uno estaba ya ejerciendo. Pensé que me resultaría difícil hacer nuevas amistades. Sin embargo, ante mi sorpresa, un pequeño grupo de la clase comenzó a hablar frecuentemente conmigo y con el paso de las semanas llegó a existir entre nosotros una incipiente amistad. Eran cinco, tres chicos y dos chicas, y parecían estar muy unidos entre sí, sin duda debido a que se conocían desde mucho tiempo atrás. Eran diferentes al resto de la clase. Cuando conversaba con ellos... su forma de hablar, aquello que decían...; no respondían al estereotipo de un estudiante de Formación Profesional. Su propio acento... Parecía como del norte y contrastaba con el andaluz cerrado del resto de los alumnos. He de reconocer que, como conjunto y también por separado, poseían una personalidad que me cautivó desde el primer momento. Las siete de la tarde, hora a la que diariamente comenzaban las clases, se convirtió para mí en un sinónimo de satisfacción. Estaba deseando ir a la Facultad y que llegara el momento del descanso para charlar con ellos entre cigarro y cigarro. También nos quedábamos un rato después de clase: al principio unos minutos, pero, con el tiempo, llegué a pasar horas hablando con aquel singular grupo; a veces sobre nuestras cosas -temas triviales propios de la juventud-, otras sobre asuntos más trascendentes: Dios, el hombre, el más allá...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por lo demás, poco sabía de sus vidas -tampoco ellos conocían mucho de la mía-. Nuestra relación se basaba en una mutua simpatía, una especie de sintonía anímica que se estableció desde la primera charla. Eran, en definitiva, encantadores. A un hablar ameno e insospechadamente culto, unían un verdadero atractivo físico que casi rayaba en lo magnético. Los tres chicos poseían una complexión atlética, una altura considerable y unas facciones que incluso un hombre podría reconocer como agradables. Morenos de pelo y de ojos y blancos de tez, los tres conservaban una belleza clásica, casi griega y un parecido terrible entre ellos, aunque inusual -tanto que nadie se atrevería a decir que eran hermanos-; era como una similitud de almas que, de algún modo, afloraba a su aspecto físico. Ellas... Tenían alborotada a toda la clase. Su paso causaba tantas pasiones como desesperos su altivo desdén. Eran sencillamente perfectas: cuerpos de diosas y caras de ángeles. Una de ellas, de indescriptibles ojos verdes, cambiaba cada día de peinado, de color de pelo, de forma de vestir... y, cuanto más cambiaba, más hermosa parecía. Pero fue la otra chica quien me cautivó por completo: sus amigos la llamaban Lilit (en realidad se llamaba Dolores: de Dolores Lola y de Lola Lilit) y encarnaba todo lo bello que yo pude haber imaginado alguna vez en cualquiera de mis perdidos sueños. Una larga melena rubia adornada de graciosos bucles era el mejor complemento posible para dos ojos tan azules como el cielo, o más. Unos labios prominentes, divinos, rojos... una piel blanca, de niña, y un rostro ambiguo, de belleza adolescente, acompañaban un cuerpo de mujer en el cenit de su desarrollo cuya descripción debiera de ser tarea exclusiva de los mejores poetas... Era embriagadora... En realidad, todos eran embriagadores. Nunca olvidaré sus nombres (la asistencia al curso era obligatoria y se pasaba lista todos los días): Mateo Abadoz, Juan Belián, Dolores Belles, Marcos Amor, Agaberta Martín...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un día, a mediados de junio, cuando habían transcurridos dos semanas desde que comenzó el curso, la profesora no apareció en clase...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Seguramente estará enferma -dijo Lilit mientras sostenía un cigarro entre dos labios perfectos y se apoyaba con gracia sobre uno de los coches aparcados a la salida del aula.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Es una verdadera lástima que haya enfermado, ahora que sólo quedaban unos días para terminar -Mateo no parecía muy sorprendido por la ausencia de la profesora y apenas pudo disimular el tono irónico de sus palabras y el gesto burlesco de su cara de efebo-. Quizá la haya castigado Dios por dejarte en ridículo ayer delante de toda la clase, Juan, ¿no crees?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Me da exactamente igual lo que le haya ocurrido. De lo único que estoy completamente seguro es que está enferma y que ahora no me puede dejar en evidencia de ningún modo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Cómo puedes estar tan seguro? -le pregunté yo, asombrado por su inexplicable convicción.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Porque todos los profesores caen enfermos tarde o temprano, ¿no? Además, últimamente tenía muy mala cara.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Pues yo la veía perfectamente bien.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No te pongas pesado neófito -así me llamaban por ser nuevo entre ellos-. No está aquí y punto -Mateo siempre terminaba imponiendo su parecer; su penetrante mirada adquiría a veces cotas hipnóticas; el pelo negro, largo, suelto y su forma de vestir, casi siempre de negro o gris, contribuían a crear en él un atractivo halo de misterio-. Hoy no hay clase y eso es lo único que cuenta -dio así por cerrado el tema de conversación mientras dirigía una mirada socarrona a Aga y a Marcos, que habían estado todo el tiempo besándose y tocándose frenéticamente, ajenos a lo que estábamos hablando-. Son como niños. Por cierto, neófito, la semana que viene vamos a “marcarnos un sábado” para celebrar que termina este ridículo curso. ¿Vendrás?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Marcarnos un sábado? -me sorprendió la expresión-. ¿Qué quieres decir? No te entiendo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Irse de marcha, de juerga, salir... tus amigos lo llamarán “botellón”, supongo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Ya, que vais a salir por la noche. Tenéis una curiosa forma de denominarlo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Es que, para nosotros, siempre que bebemos es sábado -interrumpió Lilit clavando sus profundos ojos azules en mí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Entonces, ¿vendrás o no?- Juan se unió a la petición añadiendo una gran sonrisa, forjada con unos labios extremadamente rojos para un hombre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí, claro. ¿Por qué no?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-De acuerdo -dijo Mateo-. Será el miércoles, que es el último día de clase... A las doce, por ejemplo... -sus ojos negros volvieron a mirar a la pareja con cierta lascivia.&lt;br /&gt;Aquel día no nos quedamos mucho tiempo. Mateo y Juan se fueron para hacer algunas compras antes de que cerraran las tiendas. Como Aga y Marcos continuaban ocupados, Lilit y yo decidimos dejarlos solos y dar un paseo. Hablamos durante horas, hasta que anocheció sobre el Campus. Yo estaba absolutamente hechizado y no podía dejar de contemplar aquella preciosa cara, aquel cuerpo exuberante, aquella entidad perfecta...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Vienes a mi casa? Vivo cerca de la Facultad -el rostro de Lilit se vio envuelto de la plácida belleza de una madonna quattrocentista al pronunciar aquellas palabras; nunca la vi tan bella.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Y tus padres?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No tengo padres.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Qué les ocurrió?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Vienes o no?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nada más entrar en el piso, y mientras nos dirigíamos a su dormitorio, Lilit comenzó a quitarse la ropa. Pude comprobar que no llevaba ropa interior; era algo que ya había intuido respecto a sus pechos en clase, pero creí que no se hacía extensible al resto de su cuerpo. “Nunca la uso” -me dijo. La belleza de su cuerpo era tal que parecía escaparse de los límites de lo real. Extasiado primero y profundamente excitado después, asistí al voluptuoso proceso que supuso el hecho de que Lilit me desnudase estando ella completamente desnuda. De un empujón me tiró sobre la cama y se sentó encima mía sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Ante mi mirada curiosa, acercó su mano al cajón de la mesita de noche que tenía a su derecha y sacó de él una especie de esposas de goma o de cuero negras. “A mí no me van esos juegos”, le dije inquieto. “Te irán”. Su insultante soberbia me paralizó y me excitó aún más. Me puso las esposas en las muñecas pasándolas por detrás de los hierros de la cabecera. Después se levantó y bajó de la cama por uno de sus lados. Estuve a punto de estallar, no sé si por excitación o desespero, mientras la veía caminar muy lentamente por la habitación, siempre sin dejar de mirarme. De cualquier modo, no me atrevía a hablar; sólo la miraba -la libido en llamas-. Se acercó por el centro de la cama y puso un pie sobre ella -su estudiada lentitud era insoportable-. Subió y comenzó a aproximarse poco a poco hacia mí, siempre, en un difícil escorzo, con las piernas muy abiertas. Cuando estuvo a la altura de mi cara, fue agachándose con toda parsimonia hasta que logró sentarse a horcajadas sobre mí, con su sexo rubio sobre mi boca...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Fue la cópula más frenética y más salvaje de toda mi vida, la más intensa y la más placentera. En más de un momento creí que estábamos levitando sobre la cama. Sin embargo... sus ojos. Mientras todo su cuerpo estallaba exultante de frenesí y se movía nadando en sudor, no pude evitar fijarme varias veces en sus ojos sin que ella se diera cuenta. Sus ojos estaban estáticos, fijos, sin vida.... Pero, ¿cómo darle importancia a los ojos de una persona cuando el resto de su cuerpo te está haciendo rozar el cielo con la punta de los dedos...?&lt;br /&gt;.....................................................&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al día siguiente la profesora tampoco vino. En su lugar nos dio clase una sustituta y nos advirtió que seguiría haciéndolo durante los cinco días que restaban de curso, ya que su predecesora continuaba enferma y, además, había empeorado. A las preguntas de los alumnos sobre el carácter de la enfermedad respondió con un encoger de hombros y con la excusa de que no habían querido decirle nada. En ese momento me fijé sin querer en Aga y Marcos, que estaban sentados juntos: mientras la nueva profesora seguía excusándose por no poseer más información, Aga deslizaba su mano entre las piernas de su compañero. No volví a mirar, pero creo que la mano no se movió de ahí en toda la clase.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Durante el fin de semana salí por la noche con mis amigos -mis otros amigos, los de siempre-. No dejaron de hacerme preguntas sobre mis nuevas amistades y tuve que soportar sus continuas burlas sobre si iba a comenzar a estudiar F. P. No entendía su actitud clasista y me hicieron echar seriamente de menos a Lilit y a los chicos. Estaba deseando volver a verlos, especialmente a Lilit, pero no coincidí con ellos en todo el fin de semana. Sabía que se movían por otros ambientes, diferentes y distantes de los míos y estaba convencido de que tendría que regresar al curso para verlos de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Llegó el lunes y pude estar otra vez con Lilit y los demás y otra vez me sentí a gusto entre ellos... Aquel día y los dos siguientes disfrutamos de los últimos descansos, con sus cigarros y sus conversaciones, del curso de informática -en aquel momento me hubiera gustado que durase años: las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina y, por lo poco que sabía de sus vidas, ninguno de mis nuevos amigos veraneaba en el mismo lugar que yo-. Procuré pasar todo el tiempo que pude con ellos mientras aguardaba ansioso que llegase el miércoles. No tuve que esperar mucho...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Bueno -Mateo me agarró amistosamente por el hombro-, aquí acaba nuestro emocionante recorrido por el maravilloso mundo de la informática... Esta noche tenemos una cita, neófito. Lilit está deseando que vayas. Me ha dicho que la otra noche estuviste muy bien. Creo que quiere repetir -acompañó sus palabras de una mirada lujuriosa a Lilit y yo, al mismo tiempo, me dejé guiar por su mirada al objeto de mi deseo, que también lo era de mi lujuria.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No hagas mucho caso a lo que dice Mateo -Lilit había estado oyendo-. Es tan imbécil como presuntuoso... Quizá me tiene envidia.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Touché, Lilit. Tú ganas -Mateo parecía disfrutar con lo que se asemejaba a un intercambio de puñaladas sesgadas cuyo significado llegaba a escapárseme, aunque me inquietaba-. Nos vemos a las doce en la puerta del Campus, neófito. No te preocupes por la bebida, nosotros la compramos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-De acuerdo, no faltaré. Me voy, que tengo un poco de prisa. Adios, chicos, adiós Lilit -mientras me daba la vuelta para marcharme, casi de soslayo, me pareció ver otra vez aquella expresión mortecina en los ojos de Lilit, aquellos ojos exánimes. Lo más curioso es que también creí verla por un momento en el resto de los chicos; pero fue una ráfaga: unas décimas de segundo. Lo achaqué a un efecto lumínico o a una impresión mía. Por eso no volví la mirada y me fui a mi casa sin darle importancia.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando llegué al Campus eran las doce menos diez. Tan impaciente estaba por comenzar mi primera noche con mis recientes amigos que me adelanté diez minutos a la cita. La noche era cerrada y oscura, sin luna, y hacía una temperatura realmente agradable. La escasa iluminación de la avenida -poco transitada por la noche-, en la que se ubicaba el complejo universitario, confería al mismo un tétrico aspecto. Encendí un cigarro para hacer tiempo. Justo cuando lo estaba acabando comenzaron a llegar los chicos, tranquilamente, hablando entre ellos, con Mateo y Lilit a la cabeza y portando varias bolsas con bebida. Miré mi reloj y, exactamente en el momento en que llegaron hacia mí, las dos agujas se juntaron en lo alto de la esfera...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Me alegra comprobar que eres puntual -ese fue el saludo que me dirigió Mateo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Creo que vosotros lo sois más. Nunca he observado mayor exactitud en una cita -le contesté mientras contemplaba la escena: allí estábamos los seis; no faltaron ninguno. Les saludé a todos al tiempo que les ayudaba con las bolsas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Siempre hemos conservado una pulcra corrección formal en nuestras juergas -apuntó Mateo-. Siempre lo hacemos igual y siempre lo pasamos muy bien. Y ahora lo vas a comprobar. ¿Nos vamos? -después de decir esto, Mateo encabezó la marcha y yo me acerqué a Lilit mientras caminábamos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Cómo estás?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Nerviosa y excitada. Siempre estoy así los sábados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Hoy es miércoles, Lilit.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Ya no te acuerdas de que para nosotros siempre es sábado, neófito?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Es cierto. Perdóname; lo había olvidado... Pues espero que pasemos una estupenda noche de sábado -dije yo con una ironía ignorada por mi interlocutora.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-La pasarás -las palabras de Lilit contrastaron con el calor de la noche por lo frías, pero la cándida sonrisa que esbozó después nos hizo derretir tanto a mí como a sus palabras.&lt;br /&gt;Dejamos atrás el Campus y comenzamos a andar por unas calles que yo no conocía. Al poco tiempo, las calles se convirtieron en caminos apenas asfaltados, pero siempre ascendentes. Después de un cuarto de hora llegamos a una especie de explanada, una superficie elevada, a modo de pequeña meseta, desde la que se podía ver todo el Campus. Debía de ser una plaza vieja, ya que aún se podía apreciar parte del enlozado. También se podían observar en ella las típicas formas geométricas bicolores que decoran, sin pena ni gloria, este tipo de lugares: círculos, triángulos, estrellas... Nos situamos en un extremo de la plaza. En el otro, cualquier vestigio de urbanismo se perdía en los lindes de un pequeño y sucio bosque. Justo antes del comienzo de la vegetación había algo parecido a un viejo monumento o a una estatua sobre un pedestal. La relativa lejanía y la oscuridad no me permitieron percibir qué era exactamente, aunque, incluso así, pude intuir que era realmente horrendo desde el punto de vista estético. Depositamos las bolsas en el suelo, nos sentamos en un banco de piedra semiderruido y nos dispusimos a beber...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Y el whisky? -pregunté a Juan mientras buscaba entre las bolsas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Vino, cerveza y sidra. Eso es lo que hay, neófito. Nosotros bebemos siempre eso. El whisky es para los pijas y los burgueses.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Bueno, no pasa nada. Así cambio un poco; ya estaba harto del whisky.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Te recomiendo el vino -me susurró Lilit al oído: después se bebió un vaso de un sólo trago.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Toma esto, así te cundirá más lo que bebas -me dijo Mateo, mientras me daba una pequeña pastilla, parecida a una aspirina. Hizo lo mismo con el resto del grupo. Todos se la tomaron de la forma más natural, acompañándola de vino, de cerveza o de sidra-. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo? Sólo es droga, como el whisky que tanto te gusta.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Trágatela, no seas tonto -Lilit dulcificó su voz hasta cotas inimaginables para convencerme... y por Dios que lo hizo. Al principio dudaba. En ningún momento le he hecho ascos al cannabis, pero nunca había pasado de ahí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Venga, neófito! ¡Ánimo! -incluso Marcos, quizá, junto con Aga, el miembro del grupo con quien menos confianza tenía, me alentaba, entusiasmado, a hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Vamos! -Aga se sumaba a su compañero de juegos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Créeme, no te arrepentirás -la voz de Lilit se sublimó hasta parecer un hechizo que me impulsaba a tragarme aquella maldita pastilla.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-De acuerdo. Vosotros ganáis -claudiqué ante un extraño impulso. Aunque tuve un mínimo destello de lucidez y partí la pastilla en dos sin que ellos se dieran cuenta. Pensé que así sería menos peligroso el efecto. La cogí con dos dedos, ocultando la parte que faltaba y, ante la mirada lasciva de todos, me la introduje en la boca y la tragué junto con algo de vino. Con disimulo, me guardé la otra mitad en el bolsillo del pantalón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Eso es, neófito...! ¡Bienvenido a la gloria!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Enhorabuena, lo has conseguido!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Bravo!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Prepárate para a algo grande -Lilit me besó en los labios ante la exaltación de todos.&lt;br /&gt;A partir de ahí todo se hizo confuso. No sabía que droga había ingerido, pero el efecto fue instantáneo. Sólo conservo imágenes sueltas, distorsionadas, irreales... Ráfagas de recuerdos entre febriles y alucinadas. Sé que bailamos y dimos vueltas y vueltas alrededor de aquella plaza. Recuerdo vagamente que nos fuimos al otro extremo e hicimos un fuego cerca de aquel raro monumento que me llamó la atención al principio de la noche. Palabras entrecortadas y diluidas se me perdían en la memoria... palabras indescifrables cuyo significado no reconocía. Me pareció que los chicos hicieron una especie de representación teatral: a Lilit la llamaban “princesa de los antiguos” y a la difusa estatua “jefe de todos los siervos”. Yo disfrutaba como un loco, poseso por un indescriptible frenesí. La estatua parecía jugar un papel importante en aquella escenificación y los actores se acercaban a ella una y otra vez y hacían como si la besasen... Uno de ellos cogió un muñeco de juguete -el típico bebé-, que había en un contenedor cercano y lo lanzó al fuego ante el alborozo de todos... Gritos, gemidos, canciones, alaridos, todo mezclado, todo confuso en mi mente... El vino parecía más oscuro, más espeso, más rojo. En mi delirio alucinatorio llegué a creer ver que alguien partía un delgado trozo de carbón de la hoguera y se lo tragaba... Yo bailaba y bailaba y reía sin parar... Lilit se desnudó y se acercó hacía mí. Me desnudó e hicimos el amor como posesos... pero apenas lo recuerdo. No muy lejos de nosotros, me pareció ver también a Aga y a Marcos envueltos en sus particulares juegos sexuales. Aquello no me sorprendió. Lo que sí me llamó la atención fue observar, muy cerca de allí, a Juan y Mateo en una situación muy similar. Nunca me hubiera atrevido a asegurarlo; estaba absolutamente inmerso en un torbellino alucinatorio que me agitaba la mente y el alma. Nada me parecía real. Nada me parecía irreal... Así, entre imágenes delirantes y sensaciones subliminales, permanecimos hasta el amanecer, momento en el que, creo recordar, nos fuimos para casa, no sin antes haber cambiado más de una vez de pareja en nuestro actos sexuales... Sinceramente... yo no sé si lo hice. Sólo sé que aquella fue la noche más excitante, febril y frenética de toda mi vida...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al día siguiente me asaltó la duda. ¿Qué había hecho? ¿Qué no había hecho? El recuerdo de haber sido una de las mejores noches de mi existencia sólo hizo acrecentar el peso de la gran losa de los remordimientos sobre mi conciencia. Curiosamente, no sentía ningún malestar físico; la resaca sólo parecía habitar en mi alma. Todo lo que había hecho, todo lo que había visto, todo lo que había sentido no aparentaba ser sino a medias real, sino a medias recordado... Únicamente había algo que recordaba de forma nítida y era que había quedado con los chicos el sábado para repetirlo... Hasta la noche estuve encerrado en casa, haciendo memoria, sin obtener mayores resultados... Así hasta que el sueño me venció de madrugada.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;...................................................&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ayer viernes ocupé todo el día en intentar localizar a Lilit, a Mateo o a cualquiera de ellos. Fue imposible. No conocía sus teléfonos ni sus direcciones... aunque sí sabía dónde vivía Lilit. Así que, por la tarde, fui a su casa...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una vez dentro tuve la sensación de que aquel edificio no era el mismo que había visitado unos días antes. No lo recordaba así. Estaba como más viejo, más descuidado; las paredes desconchadas, el suelo sucio, lleno de colillas... y, a intervalos, un olor pútrido inundaba el portal. Caí en la cuenta de que el edificio no había cambiado -o, al menos, yo no lo podía saber-; en realidad, aquella noche que vine con Lilit yo no me había fijado en nada. Simplemente entré en un edificio, en un piso, en una cama, pero mis sentidos sólo percibían a Lilit, nada más; el resto era una gran vacío... Ni siquiera me había percatado de que no había ascensor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Fatigado por el continuo subir de escaleras y por el desagradable olor que emanaba de aquella estancia de vez en cuando, llegué hasta la quinta planta y pulsé el timbre de la casa de Lilit, que sí recordaba... Nada. Nadie... Lo intenté otra vez: Nada. Repetí la operación tantas veces como mi paciencia o mi desesperación me lo permitieron, hasta que decidí marcharme. Aunque, antes de irme, pensé que podía preguntar en el piso de enfrente. Pulsé el timbre y a los pocos segundos -demasiados pocos segundos para estar muy lejos de la mirilla- sonó una voz vieja de mujer tras la puerta cuyo tono traslucía desde el principio que en ningún momento ésta se iba a abrir:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Quién es?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Buenas tardes. Soy un amigo de Lilit. ¿Podría decirme si sabe dónde está?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Lilit? No sé de quién me hablas, chico.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Su vecina... Dolores. Vive enfrente suya.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Estás loco, chico? Ahí no vive nadie. El Ayuntamiento embargó el piso hace meses y desde entonces no ha entrado ni un alma ahí... -yo me quedé mudo-. ¡Chico! ¿Estás ahí?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Gracias, señora. Adios...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Pobre chico...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Con tiempo aún para escuchar el último murmullo de la vieja voz tras la puerta, empecé a bajar, absorto, las escaleras... Estaba seguro de que ésa era la casa de Lilit. Allí hicimos el amor durante toda la noche. Debía de haber algún error. Pensé que aquella mujer estaba trastornada. Pensé también que me hubiera gustado verle la cara... Era ya tarde y regresé a mi casa. Cuando me acosté, sin apenas cenar, mi cabeza bullía al calor de decenas de preguntas sin contestar y mi alma se agitaba entre pequeños temores que sin duda habían de crecer.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;.......................................................&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esta mañana me levanté con el ánimo tan incierto como la noche anterior. No sabía qué hacer. No sabía cómo localizar a los chicos. No sabía por dónde empezar. Sin embargo, una pequeña luz asaltó mi mente: la pastilla. Recordé cómo, durante aquella difusa noche, guardé media pastilla en el bolsillo del pantalón. Esperaba que mi madre aún no lo hubiese lavado. Busqué por todo mi cuarto y por toda la casa sin encontrarlo, temiendo haber perdido el único resto de mi delirio. La última opción fue salvadora: allí estaba, en el cesto de la ropa sucia -la media pastilla con sus horas contadas-. La saqué del bolsillo. Pensé analizarla. Un viejo amigo mío, Juan Flamel, es químico y trabaja en un laboratorio no muy lejos de mi casa. No podría negarse...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-De acuerdo, por ser tú lo voy a analizar ahora.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No sabes cuánto te lo agradezco, Juan. Confío en tu discreción.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No te preocupes. Los químicos somos los primeros en drogarnos, aunque también los más seguros: sabemos lo que nos metemos. De algo nos tenían que servir todo lo que aprendemos en la Facultad, ¿no? Ojalá tú te pudieses fumar tus libros de Historia -Juan era un buen amigo y en realidad se preocupaba por mí-. Sin embargo, esperaré a saber qué es esto para reñirte o no.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Gracias, Juan; de veras -Juan comenzó a manejarse diestramente entre los instrumentos de su laboratorio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Ahora tendremos que esperar algún tiempo... ¿Y tus padres? ¿Cómo están...?&lt;br /&gt;Estuvimos hablando de nuestras cosas. De la familia, de los amigos, de mis expectativas de trabajo... Yo no quise contarle nada de lo que había ocurrido la otra noche ni nada relativo a mis nuevas amistades. Estaba seguro de que esto último terminaría sabiéndolo por nuestros amigos comunes, pero preferí mantenerle al margen por ahora... De ese modo, hablando con mi amigo pero temeroso por dentro y nervioso por la espera, transcurrió el tiempo necesario...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Atropina.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí, atropina. A veces se utiliza en los enfermos de asma para sofocar sus ataques. Es uno de los principios activos de la belladona.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Belladona? -yo permanecía completamente fuera de juego en este terreno, pero me sonaba el nombre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Belladona. Es una planta con propiedades psicoactivas, como el estramonio o el beleño. ¿Lo tomaste con alcohol?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Pues, probablemente, esa es la causa por la que sus efectos te han preocupado tanto como para venir hasta aquí. Estas cosas no se deben mezclar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Ya... -¿belladona? ¿Dónde había oído ese nombre?-. Gracias, Juan. ¿Corro algún peligro?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Te encuentras bien?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí -realmente no me sentía mal.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sólo ingeriste la mitad que falta. Eso no es nada. De todas formas, llévate esto -Juan me dio una píldora-. Es un calmante que me recetó el médico. Es muy bueno. Si te encuentras mal o te sientes angustiado o nervioso por cualquier causa, tómatela; te tranquilizará.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Gracias otra vez , Juan... Bueno, es mejor que me vaya -me iba a dar la vuelta para marcharme...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Oye! ¿No me felicitas?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Hoy es veinte y cuatro de junio. San Juan. Es mi santo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Vaya. Lo siento, Juan. No me había acordado -no estaba yo para acordarme de esas cosas-. ¿Lo vas a celebrar?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Sí , esta noche. A partir de las doce.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Con nuestros amigos de siempre?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No, ellos me han dicho que tienen cosas que hacer. En realidad, hace algún tiempo que salgo con otra gente. Te encantaría conocerlos -Juan sonrió.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Adónde vais? ¿Al centro? -continué la conversación por cortesía, ya que no pensaba ir.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No. Vamos a otro lugar bastante lejos de allí. Pero no creo que supieses llegar -Juan volvió a sonreír-. Yo te llamaré antes de salir, por si decides venir.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Como quieras, Juan. Me voy -Juan me acompañó hasta la salida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Hasta esta noche... A las doce.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Adiós -apenas hice caso a lo último que me decía. Sólo pensaba en aquella planta, la belladona... Estaba seguro de que había leído ese nombre en algún sitio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando llegué a casa era hora de almorzar. Así que me tragué la comida junto con mi desgana de comerla para que mis padres no sospechasen nada sobre la preocupación que me embargaba. Después de comer fui al salón para consultar la enciclopedia... “Belladona: Género de plantas de la familia de las solanáceas...” Continué leyendo durante un rato información, que apenas me interesaba, sobre la belladona. Algo más adelante, los efectos psicotrópicos de la planta sí captaron mi atención. Sin embargo, al llegar al siguiente párrafo me dio un vuelco el corazón: “En la Edad Media se la conocía como hierba de las brujas por el continuo uso que éstas hacían de ella...”. De eso recordaba aquel nombre; saldría en algunos de los temas de Historia Medieval o Moderna, cuando estudié hace un par de años la persecución de brujas y hechiceros por la Inquisición... Comencé a ponerme nervioso y mis temores empezaron a tener fundamento, mis temores crecieron como montañas...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Qué te pasa, hijo? Estás pálido -mi madre había entrado en el salón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Nada, no me pasa nada. Sólo que me acabo de acordar de que había quedado con un amigo y se me ha hecho tarde -me levanté a toda prisa ante la mirada asombrada de mi madre-. Adios.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Hijo...! Ten cuidado...&lt;br /&gt;Salí corriendo hacia la biblioteca de la Facultad. Gracias a Dios, también abría los sábados por la tarde. Necesitaba informarme más a fondo antes de inquietarme más todavía. Mientras me dirigía hacia allí, en mi mente resucitaban recuerdos de aquello que había estudiado hace unos años, aquellas lecciones semiolvidadas. Eran como piezas de un macabro puzzle que encajaban lentamente en las lagunas de memoria que conservaba de aquella noche... Tenía que comprobarlo o me volvería loco.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Con la frente y el alma empapados en un sudor frío, me senté en una de las mesas de la biblioteca. “Demonología, Brujería y Satanismo”, me pareció que aquel libro podría contener la información que buscaba. Busqué en el índice: “Rituales satánicos y misas negras”. Comencé a leer... Dios mío. Conforme iba leyendo, todo se aclaraba en mi mente. El puzzle se completaba. Se cerraba el círculo. Aquella noche difusa se fue haciendo progresivamente lúcida mientras a mí se me helaba la sangre en las venas... “Los sabbats y su evolución posterior, las misas negras, se realizaban en un lugar elevado, a ser posible en una altiplanicie...”. La plaza donde estuvimos bebiendo... “Era indispensable que uno de los extremos del terreno lindase con un bosque, que debía representar el coro y el santuario, mientras que la explanada representaba el templo. En el lindero del bosque se colocaba una gran estatua de madera de Satanás, representado con cuerpo humano, pero con cabeza, manos y pies semejantes a los de un macho cabrío. Esta imagen estaba pintada de negro...”. Todo encajaba: el bosque, aquella horrenda estatua... Me encomendé a Dios y quise cerrar el libro, pero una morbosa curiosidad me invadió: tenía que saber qué había hecho o que había presenciado... “La bruja que debía celebrar el rito era elegida con anterioridad y se la investía de su cargo ante el altar. Se le concedía el título de princesa de los antiguos y estaba encargada de invocar y servir a su señor Satanás, señor de todos los siervos...”. Continuaba leyendo como si aún estuviera poseído por aquella droga; no podía dar crédito a lo que leía y un terror pánico comenzaba a extenderse por todas las células de mi cuerpo... “Se comía y bebía, especialmente vino, cerveza y sidra... Los fieles besaban los miembros posteriores del dios... Se danzaba espalda contra espalda...”. Me estaba volviendo loco. La biblioteca desapareció por momentos de la realidad y me encontré a solas con el libro y con todo aquello que deducía que había hecho... “Y se situaban dentro de un pentáculo, estrella de cinco puntas rodeada por un círculo...”. En mi mente temerosa se dibujaban inconscientemente aquellas formas geométricas de la plaza en ruinas... “El oficiante partía una hostia negra... Se asesinaba un niño, cortándole el cuello para recoger su sangre en un cáliz... Por último, antes del amanecer, todos los presentes participaban en una comunión sexual...”. Por eso me llamaban neófito... En ese momento lo entendí todo y cobraron sentido todos aquellos semirrecuerdos: el carbón que partieron era la hostia maldita y, ¡por todos los santos!, aquello que arrojaron al fuego no era un juguete: era un niño de carne y hueso. En aquel instante oí los gritos y los lloros de aquella pobre criatura, que habían permanecido ocultos en lo más oscuro de mi memoria. Creí que se me desgarraba el corazón. Dejé caer de golpe, aterrado, el libro sobre la mesa y éste se abrió por una de las páginas del final. No pude evitar fijarme en ella. Era un pequeño índice de nombres importantes. Mi mirada se fue, instintivamente, a uno de ellos: “Abadón: destructor y jefe de los demonios de la séptima jerarquía”. Entonces, conteniendo un grito de pánico en mi interior, caí en la cuenta: “Abadoz, Mateo Abadoz”. Era igual, pero con alguna letra cambiada... Había reparado en lo extraño de alguno de sus apellidos, pero nunca lo consideré más que una onomástica curiosa... Quise comprobar si aquel hecho también se daba con el resto del grupo. Busqué el nombre de los demás: “Belial: demonio de la sodomía... Amón: grande y poderoso demonio del reino infernal...”. Se habían cambiado los nombres en honor a sus demonios... “Agaberta: antigua maga a quien se le atribuía el poder de aparecer bajo diversos aspectos...”. Era espeluznante. Era de locos. Aquello no podía estar sucediéndome a mí... El nombre de Lilit no tuve que buscarlo en ningún sitio, su significado me vino sólo a la memoria, lo había leído en algún sitio anteriormente: Lilit era el demonio hecho mujer de la Biblia -sólo en ese momento lo recordé-, la primera mujer de Adán. Me había acostado con el mismo Demonio, con su reencarnación o, como mínimo, con un fiel servidor suyo... Esa mirada sin vida... Era la mirada de Satanás... Creí que iba a desfallecerme y volví, inconscientemente, a soltar el libro. Éste se abrió otra vez por una página al azar... Comencé a sospechar de aquel supuesto azar y el sudor frío creció en mi alma: a mitad de página había unas líneas subrayadas con rotulador rojo: “Los solsticios de invierno, 21 de diciembre, y de verano, 21 de junio, son fechas predilectas para la celebración de aquelarres y reuniones satánicas, pero el sabbat tenía lugar cuatro veces al año: el Martes de Carnaval, la Vigilia de Pascua, el día de Navidad y el día de San Juan...”. El cuerpo se me estremeció hasta el tuétano de los huesos. El día de San Juan. Era hoy; me lo había recordado mi amigo Juan... y el miércoles pasado fue veinte y uno de junio, el solsticio de verano. Lo de aquella noche sólo fue un prólogo, hoy tenía lugar el verdadero sábado, el auténtico sabbat... y yo había quedado con ellos hoy... para repetir lo del otro día... Cogí el libro y salí corriendo sin hacer caso a los gritos de la bibliotecaria. Sólo pensaba en llegar a mi casa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Y&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;a son casi las doce. No faltan ni diez minutos. Me encuentro mal, creo que me voy a desmayar... Todo ha ocurrido tan deprisa... Quizá no tenga noticia de ellos. Quizá no vengan. Yo no les dije dónde vivía... Si pasadas las doce no sé nada de ellos, puede que todo vaya bien. Quizá toda esta historia ha sido producto de mi imaginación... Me estoy mareando. Tengo la sensación de que cada vez me hundo más en la cama y la habitación se me hace más estrecha por momentos... Me siento débil... Creí que el calmante que me dio Juan me relajaría, pero cada vez me siento peor... Me cuesta mucho trabajo pensar... Estoy como entumecido, adormilado... ¿Qué es lo que me ha dado Juan...? Juan Flamel... Flamel. Creo haber visto ese nombre en el libro... al pasar las páginas rápidamente... en alguna parte. ¿Dónde está el libro...? Aquí... Flamel... Flamel... ¡No puede ser!: “Flamel, Nicolás: famoso librero francés del siglo XIV, ocultista y alquimista...” ¡Alquimista...!&lt;br /&gt;-¡Hijo, el teléfono! Es para ti -es mi madre; ¿por qué no he oído el teléfono?&lt;br /&gt;-Ya lo cojo aquí, mamá. No te preocupes... ¿Si?&lt;br /&gt;-Hola, neófito. Te dije que te llamaría.&lt;br /&gt;-¿Juan? ¿Eres tú...? ¿Qué es lo que me has dado?&lt;br /&gt;-No es nada... una pequeña golosina. ¿Has oído hablar de la escopolamina, “la droga de la verdad”? Es un alcaloide del beleño, una planta muy parecida a esa belladona que ya conoces. Mantiene despiertas a las personas, pero no son conscientes de lo que hacen... ni de lo que les hacen. Verás, creo que vas a tener que venir a mi fiesta y te necesito dócil.&lt;br /&gt;-Dios mío...&lt;br /&gt;-No, me temo que no. Quizá todo lo contrario... Estáte listo: dentro de un par de minutos mis amigos van a pasar a buscarte... En realidad... te mentí, creo que ya los conoces. Aunque quizá no te alegres de verlos. Venga, levanta ese ánimo: hoy eres tú el protagonista... Bueno, voy a colgar. Despídeme de tus padres... ¡Ah! De camino, haz tú lo mismo... Adiós.&lt;br /&gt;No puede ser. ¿Qué hago? Apenas puedo articular palabra. ¿Cómo les voy a decir nada a mis padres, si no puedo ni hablar? Estoy perdido. La droga ya me está haciendo efecto... ¡Por Dios, que alguien me ayude...! No tengo voz... ¡Por favor...! Por todos los santos, ya son las doce... El timbre, ha sonado el timbre y ha entrado alguien... No veo nada, estoy medio ciego... ¡No les dejéis entrar, por favor...! ¡No dejéis que se acerquen a mí! ¡No, mamá, no abras la puerta...!&lt;br /&gt;-Hijo, han venido a buscarte unos amigos...&lt;br /&gt;Que Dios me ayude.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115816224166609682?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115816224166609682/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115816224166609682' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115816224166609682'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115816224166609682'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/09/el-da-de-san-juan.html' title='&quot;El día de San Juan&quot;'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115816215947873741</id><published>2006-09-13T08:42:00.000-07:00</published><updated>2006-10-13T02:56:39.963-07:00</updated><title type='text'>El nombre de la rosa</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/infierno.3.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/400/infierno.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;“Y al retirar la vista, fascinada por aquella enigmática polifonía de miembros sagrados y abortos infernales, percibí, en los lados de la portada, y bajo los arcos que se escalonaban en profundidad, historiadas a veces sobre los contrafuertes, en el espacio situado entre las delgadas columnas que los sostenían y adornaban, y también sobre la densa vegetación de los capiteles de cada columna, ramificándose desde allí hacia la cúpula selvática de innumerables arcos, otras visiones horribles de contemplar, y sólo justificadas en aquel sitio por su fuerza parabólica y alegórica, o por la enseñanza moral que contenían: vi una hembra lujuriosa, desnuda y descarnada, roída por sapos inmundos, chupada por serpientes, que copulaba con un sátiro de vientre hinchado y piernas de grifo cubiertas de pelos erizados, y una garganta obscena que vociferaba su propia condenación, y vi un avaro, rígido con la rigidez de la muerte, tendido en un lecho suntuosamente ornado de columnas, ya presa impotente de una cohorte de demonios, uno de los cuales le arrancaba de la boca agonizante el alma en forma de niñito (que, ¡ay!, ya nunca nacería a la vida eterna), y vi a un orgulloso con un demonio trepado sobre sus hombros y hundiéndole las garras en los ojos, mientras dos golosos se desgarraban mutuamente en un repugnante cuerpo a cuerpo, y vi también otras criaturas, con cabeza de macho cabrío, melenas de león, fauces de pantera, presas en una selva de llamas cuyo ardiente soplo casi me quemaba. Y alrededor de esas figuras, mezclados con ellas, por encima de ellas y a sus pies, otros rostros y otros miembros, un hombre y una mujer que se cogían de los cabellos, dos serpientes que chupaban los ojos de un condenado, un hombre que sonreía con malignidad mientras sus manos arqueadas mantenían abiertas las fauces de una hidra, y todos los animales del bestiario de Satanás, reunidos en consistorio y rodeando, guardando, coronando el trono que se alzaba ante ellos, glorificándolo con su derrota: faunos, seres de doble sexo, animales con manos de seis dedos, sirenas, hipocentauros, gorgonas, arpías, íncubos, dracontópodos, minotauros, linces, leopardos, quimeras, cinóperos con morro de perro, que arrojaban llamas por la nariz, dentotiranos, policaudados, serpientes peludas, salamandras, cerastas, quelonios, culebras, bicéfalos con el lomo dentado, hienas, nutrias, cornejas, cocodrilos, hidropos con los cuernos recortados como sierras, ranas, grifos, monos, cinocéfalos, leucrocotas, mantícoras, buitres, parandrios, comadrejas, dragones, upupas, lechuzas, basiliscos, hipnales, présteros, espectáficos, escorpiones, saurios, cetáceos, esquítalas, anfisbenas, jáculos, dípsados, lagartos, rémoras, pólipos, morenas y tortugas. Portal, selva oscura, páramo de exclusión sin esperanzas, donde todos los habitantes del infierno parecían haberse dado cita para anunciar la aparición, en medio del tímpano, del Sentado, cuyo rostro expresaba al mismo tiempo promesa y amenaza, ellos, los derrotados del Harmagedón, frente al que vendrá a separar para siempre a los vivos de los muertos”.&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Umberto Eco, &lt;em&gt;El nombre de la rosa&lt;/em&gt;, "Primer día. Sexta".&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115816215947873741?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115816215947873741/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115816215947873741' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115816215947873741'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115816215947873741'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/09/el-nombre-de-la-rosa.html' title='El nombre de la rosa'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115810175429573299</id><published>2006-09-12T15:51:00.000-07:00</published><updated>2006-09-15T04:52:51.703-07:00</updated><title type='text'>Artículos publicados en "Odiel" I (OPINIÓN)</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Una de las razones por las que inauguré este espacio es poder colgar algunos de los artículos que he venido publicando a lo largo de todo el año en el periódico onubense "Odiel". Aunque parezca mentira, algunos de mis amigos y amigas (no muchos) se han interesado por leerlos y no siempre han podido tener un ejemplar a mano, así que ahí van. Incluyo también los primeros que escribí, ésos cuyo tema era exclusivamente Juan Ramón Jiménez, aun a riesgo de que nadie los lea, pero bueno, así estará la colección completa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;De las Hespérides al Olimpo&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(inédito) &lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando Hércules llegó al jardín de las Hespérides y vio que, además de las tres hermosas ninfas que daban nombre a aquel mítico vergel, custodiaba sus manzanas de oro un dragón de cien cabezas que nunca dormía, decidió que ése era un trabajo para un tipo más grande. Así que fichó al titán Atlas para su equipo, ofreciéndose a sostener mientras tanto la bóveda celestial. Más tarde, Hércules engañó al gigante para que volviese a sostener sobre sus espaldas el inmenso peso de los cielos. Según los antiguos griegos, el jardín de las Hespérides se situaba en el confín occidental del mundo conocido, y eso equivalía a España.&lt;br /&gt;Desde ahí partió a principios de agosto un grupo de héroes que el 3 de septiembre de 2006 conquistó la gloria deportiva para nuestro país. La selección española de baloncesto se paseó por el Mundobasket con una superioridad insultante. Como poseída por unas musas tránsfugas, coronó un campeonato de ensueño aplastando precisamente al equipo griego y, de paso, relegando a la categoría de dioses menores a las todopoderosas, chauvinistas y raperas deidades norteamericanas. “Pepu” fue todo un Hércules (también con sus tragedias interiores), Gasol fue el Atlas que sostuvo el cielo por encima de nosotros para que pudiéramos contemplarlo sin peligro, y Montes, Iturriaga y De la Cruz fueron unas parcas amables que esta vez nos transmitieron y auguraron un espléndido destino.&lt;br /&gt;¿Para qué tanto fútbol? (Sí, sí, por supuesto que me adhiero al tópico de moda). Todas las miradas puestas sobre unos jugadores de fútbol que cada dos años alargan temblorosamente la mano hasta alcanzar la cadena de las ilusiones de todo un país... y hacerlas desaparecer una a una por el retrete nacional. Endiosados y borrachos de poder mediático, social y económico, deberían tomar buena nota de la humildad y la entrega de la España baloncestística. Y aún hay alguno de ellos que se permite el lujo de indignarse ante tanta comparación, como si los millones de euros de su cuenta corriente no compensaran el más mínimo asalto a su orgullo.&lt;br /&gt;La gran labor de Gasol y compañía ha sido, además, merecidamente recompensada con el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Todo un acierto y, al tiempo, un desquite para aquellos que creemos que el deporte es mucho más que subirse a un aparato con motor de dos, cuatro o mil ruedas. No nos engañemos, el automovilismo podrá tener mucho mérito como práctica, como destreza, como habilidad... pero no es un deporte porque el cuerpo no se cultiva; en todo caso se maltrata, y por eso el piloto necesita tan buena preparación física. Denle a Alonso el Príncipe de Asturias..., no sé, de pasar mucho calor dentro de un mono o algo así; pero al césar lo que es del césar. Que aún nos estamos preguntando muchos por qué el año pasado Rafael Nadal no se alzó con tan prestigioso galardón.&lt;br /&gt;En fin..., al menos este año se ha hecho justicia. Pero aun así, no hay que cansarse de felicitar a nuestros chicos del baloncesto, a nuestros héroes mitológicos que se llevaron de su país unas cuantas manzanas doradas y las trajeron convertidas en relucientes medallas de oro.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;El año sin verano&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;(5-9-2006)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Imagínese que sale a las tres del trabajo y que no hay atascos en la rotonda que precede al puente sobre el Odiel. Y que, una vez en Punta Umbría (o cualquier otra localidad costera de Huelva), está paseando apaciblemente por la orilla del mar sin exponerse a que algún crío le salpique con el agua o le estrelle en la cara algún cuerpo esférico. O que es sábado y está sacando tranquilamente dinero de un cajero automático sin haber esperado antes media hora en una cola. Imagínese que en la tele no reponen ninguna serie antigua ni emiten ninguna gala estúpida del tipo “Murcia que hermosa eres”. Y que, viendo el telediario, se entera de que ya han destituido a otro entrenador de fútbol de primera división. O que en la radio ha disminuido drásticamente la cantidad de empalagosas canciones de salsa, sexistas temas de reguetón o productos submusicales de la factoría insulsa de “Operación Triunfo”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Muy bien —pensará usted—, pero entonces no sería verano. Efectivamente, no sería verano, pero eso es imposible porque aún estamos a principios de septiembre. Pues no esté tan seguro: hace algún tiempo hubo un año que no tuvo verano. Fue 1816. Apenas unos ecos de aquella singular fecha han llegado hasta nuestros días, sin embargo, para los hombres del siglo XIX fue un asunto difícil de olvidar. Más exactamente, para los hombres del hemisferio norte, la parte de nuestro planeta que asistió atónita al extraño fenómeno climático que provocó, como si del personaje de un cuento infantil se tratase, que el verano pasase de largo aquel año ante las puertas de las gentes de medio mundo. Salvo un breve espejismo de recuperación a lo largo de julio, en la mayor parte de Europa, EE. UU. y algunas otras zonas de la parte septentrional del globo terráqueo sus habitantes pudieron contemplar, y sufrir, nevadas y ventiscas, heladas y temporales en pleno agosto. Las consecuencias, para una economía fundamentalmente agraria, fueron desastrosas y por ello, aquel 1816 no sólo fue recordado como “el año sin verano” sino también como “el año del hambre”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los científicos, ya en el siglo XX, han logrado identificar las causas de tan terrible fenómeno natural. Por un lado, 1816 marcó el punto medio de unos de los periodos de baja intensidad magnética del Sol y, además, se dio también la particular circunstancia astronómica de que el astro rey hacía poco que había cambiado su lugar dentro del sistema solar, algo que sólo ha ocurrido tres veces a lo largo de la historia. Ambos factores pudieron influir en el descenso de la temperatura, aunque, la principal causa del mismo fue en realidad la erupción, en abril de 1815, del volcán Tambora en Sumbawa, isla del sur de Indonesia. Esta erupción fue realmente de proporciones inimaginables y, por supuesto, la más grande registrada de todos los tiempos. Cerca de 90.000 personas de la isla y sus alrededores, en el mar de Java, murieron directa o indirectamente por causa de un cataclismo tan potente que cortó la altura del volcán en dos, dejándolo de 4.300 metros en 2.850. El embudo de polvo del Tambora expulsó a la estratosfera 200 megatoneladas de polvo, roca y aerosoles, una nube cuyos letales efectos se prolongaron hasta 1816, impidiendo que los rayos de un ya de por sí debilitado Sol llegasen correctamente a los suelos y a los habitantes de gran parte del hemisferio norte.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“El año sin verano”, un fenómeno planetario único en la historia que fue provocado por causas naturales y en el que el hombre jugó un papel exclusivamente pasivo. Por aquel entonces aún no poseíamos los medios suficientes para contaminar atmósferas y esquilmar recursos del modo tan eficaz como se hizo durante gran parte del siglo XX. Afortunadamente, ya en el XXI, parece que nos dimos cuenta de la enorme gravedad de expresiones como “efecto invernadero” y “cambio climático”. Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer, si no en la concienciación de los habitantes de este planeta, sí en las conciencias de sus gobernantes... Especialmente en la de algún mini-político disléxico y megalómano que sigue utilizando el protocolo de Kyoto para decorar los retretes de una casa aparentemente blanca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;El moderno Prometeo&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(28-8-2006)&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“En una lúgubre noche de noviembre llegué al término de mis esfuerzos. Con una ansiedad que era casi agonía, dispuse alrededor los instrumentos que me permitieron infundir una chispa vital a aquella cosa muerta yaciente a mis pies. Era ya la una de la mañana y mi candil estaba casi consumido cuando a su débil resplandor vi abrirse los ojos amarillentos de mi obra. Inspiró profundamente y un movimiento convulsivo le agitó las extremidades”. Así, y no con el famoso “¡Vive! ¡Vive!” cinematográfico, daba luz a su criatura subhumana el doctor Victor von Frankenstein. Ello ocurría al principio del capítulo V de “Frankenstein”, obra publicada en 1818 que proporcionó un grande y rápido éxito a su autora: Mary Wollstonecraft Shelley. Aunque escribió varias novelas más, Mary W. Shelley ingresó en las filas de la posteridad casi exclusivamente por la publicación de “Frankenstein” y otras circunstancias excepcionales de su vida parecen, sin embargo, haber sido olvidadas por el lector común.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esta escritora era hija y esposa, a su vez, de algunas de las más relevantes figuras de las letras británicas. Su padre fue el novelista y ensayista William Godwin, de gran influencia en el progresismo político de su tiempo; y su madre, la escritora Mary Wollstonecraft, publicó en 1792 “Vindicación de los derechos de la mujer”, convirtiéndose así, prácticamente, en la primera autora feminista. Por otro lado, no sólo su infancia estuvo imbuida profundamente en el ambiente literario, sino que, con posterioridad, se casaría con Percy Bysshe Shelley, uno de los más importantes poetas del romanticismo inglés (lo cual le granjearía, de paso, la amistad de otro poeta ilustre: Lord Byron). Y por si todo ello fuera poco, hay que recordar que comenzó a escribir su famosa novela de terror cuando aún no había cumplido los 19 años, algo sólo reservado a la genialidad.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya en tiempos más recientes, las muchas adaptaciones cinematográficas e incluso teatrales han provocado que el público, involuntariamente, despojara de su apellido al doctor von Frankenstein para otorgárselo a su monstruo, quien en realidad nunca tuvo nombre. Otro detalle que la sociología literaria ha olvidado es que el título completo de la novela en cuestión es “Frankenstein o el moderno Prometeo”. El de Prometeo es un motivo recurrente de nuestra modernidad, y por eso lo utilizó la autora. No sólo como mito civilizador, ya que éste filántropo titán robó el fuego del Olimpo para regalárselo a los hombres (tras lo cual sería castigado sin piedad por Zeus), sino también como mito creador, genético, puesto que fue Prometeo quien, según la mitología griega, creó a los hombres del barro. Victor von Frankenstein fue, por tanto, un nuevo Prometeo, un personaje que, cómo éste, fue terriblemente castigado por jugar a ser Dios. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hoy en día ya no se dramatiza tanto con la generación artificial de vida. Obviando la inteligencia artificial de la informática, que podría acabar en un futuro asemejándose “virtualmente” —nunca mejor dicho— a la humana (John Connor nos ampare), los trabajos en clonación y regeneración de tejidos a través de células madre están muy avanzados. De hecho, hace unos días se realizó con éxito en Huelva el primer autotrasplante de células madre procedente de la sangre a un paciente con linfoma. Enhorabuena. Unámonos en todo lo posible a esos aparentemente increíbles avances científicos que salvan vidas humanas sin hacer caso a las estériles y mojigatas diatribas seudofilosóficas de los sectores más reaccionarios. Nadie quiere ser Dios (chico trabajo, como se dice aquí), pero sí podemos ser un poco titanes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Hecatombes contemporáneas&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(11-8-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Hoy en día se entiende una hecatombe en su sentido amplio, como una matanza, catástrofe o desgracia de grandes magnitudes. Sin embargo, originariamente, una hecatombe era el sacrificio de cien bueyes que hacían los antiguos griegos a algunos de sus dioses. La etimología de la palabra es nítida: “hecatón” (cien)—“bous” (buey). En la otra cara de la moneda (del óbolo), encontramos a lo largo del tortuoso camino de la historia de las religiones numerosos ejemplos de dioses astados, en su mayoría símbolos de potencia fecundante y relacionados con la luna y sus influjos debido a la forma en cuarto creciente de los cuernos. Algunos casos representativos, entre muchísimos otros, son las muestras de arte paleolítico rupestre en cuevas españolas y francesas, los numerosos dioses-toro de la antigua Mesopotamia (en el Louvre se encuentra la estatua de uno), el toro o buey Apis de los egipcios (res portavoz del dios creador Ptah), el famoso Minotauro de los cretenses con su no menos famoso laberinto..., e incluso Zeus adoptó la forma de un hermoso toro blanco para poseer a la bella Europa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la actualidad del costumbrismo y el folclore de nuestro país también se puede observar este doble proceso de mitificación y sacrificio, sobre todo en la época estival. Por un lado, son numerosos los lugares de la geografía española que incluyen crueles rituales en sus fiestas teniendo por protagonista y víctima a algún animal, especialmente toros, vaquillas o cabras. Sin duda, el más tristemente célebre es el del pueblo zamorano Manganeses de la Polvorosa, cuyas fiestas locales contaban como principal atractivo con el lanzamiento de una cabra desde lo alto de un campanario; eso sí, los lugareños tenían la deferencia de intentar frenar el impacto de la caída recepcionándola con una lona. En algunos pueblos de Galicia se introducían gallos en unas especies de piñatas a varios metros del suelo para que los participantes, montados en burro y con grandes palos las golpearan hasta romperlas. En Terres de l’Ebre (Tarragona) a los “toros de fuego” o “embolats” se les prendía fuego en los cuernos para que el divertimento fuera más vistoso. En Tordesillas (Valladolid), cada septiembre, en un entretenimiento denominado “el toro de la vega”, se echaba un toro al campo donde lo perseguía una multitud de personas, a pie y a caballo, armada con lanzas medievales con hojas de 33 cms. de longitud para clavárselas una y otra vez hasta la muerte.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Afortunadamente, diversas asociaciones para la defensa de los animales han logrado que esos bárbaros espectáculos (pertenecientes a una lista mucho más larga) fuesen prohibidos en su mayoría, aunque para vergüenza de la opinión pública en general y de las autoridades en particular, hay que señalar que dichas prohibiciones son de fecha reciente. Pero es que becerradas siguen celebrándose en muchas localidades españolas durante las fiestas veraniegas; y las becerradas no son más que espectáculos en los que personas corrientes (camareros, oficinistas, amas de casa, estudiantes, carniceros...), por el mero hecho de ser aficionados taurinos, pueden clavar banderillas y matar a espada a toros de muy tierna edad con un escaso grado de eficiencia. Sin embargo, ¿por qué quedarse en las cabras arrojadas desde un campanario o en las becerradas? ¿Qué sentido tienen, en pleno tercer milenio, en una de las sociedades más civilizadas y cultas del planeta, las corridas de toros? ¿Es por la otra cara de la moneda, la mitificación? ¿Porque aún hay un importante sector de la sociedad que tienen mitificado al toro y su mundo? Y si así fuera, que a estas alturas lo dudo mucho, antes que el mito está la humanidad, y hablo también de humanidad en cuanto compasión: una mínima conmoción ante la sistemática tortura de un ser vivo, aunque éste sea un animal y tenga cuernos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la última frase de la “Sonata de Otoño”, el marqués de Bradomín, si bien meditando sobre un asunto diferente, terminaba afirmando que “lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto”. El toro es ya un dios demasiado antiguo. Un dios que, con un poco de suerte, ya no conocerán las generaciones de la segunda mitad del siglo XXI, en un país cuyo perímetro no será ya comparado con la piel de ningún animal muerto. Y antes, mucho antes, tendrán que desaparecer todas aquellas crueles prácticas festivas que en ocasiones a uno le hacen pensar que quizá no se es más toro por tener cuernos...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;¿Es un pájaro... o un avión?&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(30-7-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;No, evidentemente... es Superman. Que regresa. Y lo hace, como de entre los muertos, desde la desigual saga protagonizada por Christopher Reeve a finales de los 70 y principios de 80. Segundas partes pocas veces fueron buenas y, en aquel caso, la tercera y especialmente la cuarta (sí, sí, hubo una cuarta, yo también estuve a punto de olvidarlo) fueron realmente desastrosas. Desde entonces, lo más cerca que estuvo “el hombre de acero” de la resucitación audiovisual fue la teleserie “Smalville”, la cual, a pesar de poseer cierto encanto retro camuflado, no pasaba de ser un culebrón teeneger revestido de verde-kriptón. La nueva versión cinematográfica recupera por fin al de los calzones rojos para la gran pantalla. Lois Lane sigue siendo un poco insulsa (aunque ya no fea, gracias a dios), y la cara de Stephan Bender parece clonada de la de Reeve, tanto en su supercaracolillo de reminiscencias folclóricas como cuando Kent se sube las gafitas, pero, en términos generales, no es una mala versión, lo que ya de por sí es un mérito hoy en día.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No obstante, que este film resucite en cierto modo a Superman para el cine, no quiere decir que hiciera falta revenarlo de ninguna otra parte. De este personaje, todo el mundo sigue aún preguntándose por qué lleva la ropa interior por fuera y no por dentro como su propio nombre indica (cuestión incluso de encendidos debates en Internet), y por qué su entorno sigue siendo tan estúpido como para permitirle que se camufle tan eficazmente detrás de unas simples gafas negras como si éstas, en realidad, fueran parecidas a las de Elton John o la Martirio...; pero lo cierto es que, aun así, nunca desapareció de nuestro bagaje cultural común. Y ya lleva tiempo allí. Corría el año 1933 y, mientras un siniestro personaje real que debió serlo sólo de ficción subía al poder en Alemania, nacía un poderoso personaje de ficción que ojalá hubiera sido real por aquella época. Dos muchachos de 19 años, el guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster, crearon entonces la figura de Superman, probablemente inspirándose en una novela de ciencia ficción de escasa calidad publicada en 1930: Gladiator de Philip Wylie (en ella, los experimentos de un excéntrico científico provocaron que su hijo, Hugo Danner, naciera con superpoderes, lo que, ya adulto, le obligó a llevar una doble vida como empleado de banca y como luchador eventual contra el crimen). De cualquier manera, el superhéroe más famoso de todos los tiempos tuvo que pasear varios años su aún poco valorado palmito por varias editoriales reticentes hasta que en junio de 1938 “Action Comics” decidió publicar el primer número de sus aventuras (a cuya portada, por cierto, se hace un explícito homenaje en la nueva versión cinematográfica con la imagen de Superman sosteniendo un coche en un estético aunque forzado picado). A partir de ahí el éxito fue inmediato y ya en 1941, en las vísperas de la entrada de EE. UU. en la segunda guerra mundial, más de 20 millones de americanos leían las hazañas heroicas de tan insigne extraterrestre. Sus ya veinteañeros creadores, sin embargo, no se beneficiarían mucho de tal éxito, puesto que vendieron los derechos de la criatura por unos 130 dólares.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La cuestión es que, desde ese momento, sólo se puede hablar de Superman en términos mitólogicos y mitomaniacos. Quien no perciba, o al menos intuya, la enorme relevancia cultural de este personaje para la segunda mitad de nuestro siglo XX es que ha sido durante todo ese tiempo como una especie de niño burbuja, sordo, mudo y ciego a todas las manifestaciones culturales de la contemporaneidad. Escuchar cómo la gente tarareaba la clásica banda sonora en la sala de cine ante la nueva versión puede aproximarnos instintivamente a este hecho. Sin embargo, desde una perspectiva de análisis mucho más elaborada, basta con acercarse al (también mítico) libro de Umberto Eco “Apocalípticos e integrados”, que en 1968 analizaba con extrema lucidez el por aquel entonces reciente fenómeno de la cultura de masas. En dicho ensayo identificaba a los superhéroes del cómic con una nueva mitología contemporánea de raíces muy antiguas: “El héroe dotado con poderes superiores a los del hombre común es una constante de la imaginación popular, desde Hércules a Sigfrido, desde Orlando a Pantagruel y Peter Pan”. Y en lo referente a la particularidad de Superman decía que, “desde el punto de vista mitopoyético [de la creación de mitos], el hallazgo tiene mayor valor: en realidad, Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por complejos y despreciado por sus propios semejantes”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y es que ya lo dijo hace poco un excelso y orondo cantante melódico, posiblemente basándose en el concepto nietzscheano del superhombre o en alguna otra valoración filosófica más profunda: “Yo no soy un superman”. Claro que no, nadie lo es... Sin embargo, adaptando el pensamiento de Eco, cabe afirmar que cualquier atareado contable, sufrido comercial, estresado periodista o deprimido profesor de secundaria de Madrid, Barcelona, Huelva o Paymogo “alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Las amistades peligrosas&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(13-7-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;En 1782 apareció en París un libro curioso: “Las amistades peligrosas” o “Cartas recopiladas en una sociedad y publicadas para la instrucción de otras sociedades”. Su autor era Pierre-Ambroise Choderlos de Laclos, nuevo noble y oficial del ejército francés que hubo de obtener así en el campo de las letras el reconocimiento que se le negó en el de batalla. A pesar del subtítulo instructivo, el tema de esta novela epistolar giraba alrededor de la seducción, el amor y sus consecuencias con la Francia cortesana y prerrevolucionaria como trasfondo. Obra de enorme y pronto éxito, también lo tuvo duradero porque ya en el siglo XX fue adaptada a los 16 milímetros por prestigiosos directores de cine, como Roger Vadim (1959) y Stephen Frears (1988) bajo el famoso título de “Las amistades peligrosas” (aunque la traducción más exacta sería “Las relaciones peligrosas” —“Les liaisons dangereuses”) o por Milos Forman con el de “Valmont” (1989); por otro lado, existen un par de versiones cinematográficas más modernas y alguna televisiva que no están a la altura de las mencionadas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Este atractivo y elegante personaje, el vizconde de Valmont, se enzarzaba en un refinado lance de seducción con la copotragonista de la novela y, a su vez, antagonista del vizconde, la marquesa de Merteuil. Ambos personajes, apuestos y decadentes (y ex amantes), competían entre sí por engordar su curriculum seductor con el mayor número posible de conquistas amorosas. A pesar de las muchas versiones, resulta difícil apartar del imaginario colectivo moderno los rostros de John Malkovich y Glenn Close como los intérpretes de tan maquiavélicos tipos en el film de Stephen Frears. Al igual que se antoja inolvidable la lenta y sufrida rendición amorosa de Michelle Pfeiffer en el papel de la presidenta de Tourvel, aquel progresivo abandono a la pasión sensual desde la más estricta, y también sufrida, moral cristiana. Pero lo más suculento de la novela son esas “relaciones peligrosas”, ese microcosmos social en el que sus habitantes no saben de quién pueden fiarse o quién puede traicionarles, quién pretende seducirles o quién ansía amarles con sincero afecto... En definitiva, ¿quién es tu verdadero amigo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero ésta no es una reflexión exclusiva de los ámbitos novelescos y de ficción, ni mucho menos. La realidad personal, cotidiana, también aparece plagada de meditaciones similares y, al fin y al cabo, de amistades peligrosas. ¿Quién no ha tenido alguna vez una relación amistosa o amorosa poco conveniente? ¿Quién no ha tenido algún amigo demasiado aficionado a los rumores y las intrigas “palaciegas”? ¿O quién no se ha dado cuenta en algún momento de que una persona en la que confiaba desde hacía años era en realidad un auténtico bastardo...? Bueno, tampoco hay que exagerar, pero es cierto que la vida está llena de estas pequeñas decepciones y llena también de amistades peligrosas. Y esto le ocurre a usted y a mí, y también a personas mucho más importantes que usted y que yo. Y esto está ocurriendo con el gobierno de la nación y las negociaciones con ETA (y permítaseme el salto...; salte conmigo, como cantaba aquel grupo). Más que amistades, que no puede haberlas, lo que hay entre Zapatero y la banda terrorista son “relaciones peligrosas”, que en realidad, como dije, era la traducción más exacta del título de la novela del oficial francés. Pero es que unas relaciones como ésas no pueden ser de otro modo: ¿no ha de ser peligroso en todos los sentidos tener contacto con delincuentes? Claro que sí, pero no por eso hay que dejar de tenerlo si se quieren arreglar las cosas y si las circunstancias son las idóneas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dejemos trabajar a quienes tanto trabajo tienen por delante en un momento histórico tan crucial como éste. Igual habría que permitir desarrollar su labor a cualquier otro partido político que estuviera en el poder. Respeto para todos, siempre, y especialmente para quienes más han sufrido con el terrorismo, pero dejemos trabajar por la paz, aportemos tranquilidad y crítica constructiva, no nerviosismo e insultos. Pienso que son muchos más los españoles que están a favor de la negociación que los que están en contra (y las próximas elecciones deberían corroborar este punto). Pero ante todo dejemos la paz en paz; no enredemos..., como hacían el vizconde y la marquesa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Asuntos capitales&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(23-6-2006)&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;El otro viernes se representó en Huelva “Salomé” de Oscar Wilde, con dirección de Miguel Narros. Quizá la estética modernista original hubiera sido preferible a la iconografía moderna, algo sofocante, aunque lo cierto es que el público aplaudió durante un buen rato. Wilde compuso este drama entre 1891 y 1892, durante una estancia parisina, lo escribió en francés pensando para el papel de protagonista en Sarah Bernhardt, la actriz más famosa del cambio de siglo. “Salomé” fue como una especie de sombría premonición del posterior descenso a los infiernos del creador de Dorian Gray, porque la censura prohibió inicialmente su estreno por razones “bíblicas”. Y, a pesar de que durante los años siguientes gozó de varios éxitos teatrales, la obra se estrenó finalmente en París en 1896, poco después de la muerte de su madre y justo cuando Wilde se encontraba ya en la cárcel. El afamado y excéntrico escritor irlandés había dado con sus huesos allí gracias al proceso judicial orquestado contra él por el marqués de Queensberry. Éste le había acusado de mantener relaciones sodomitas con su hijo, Lord Alfred Douglas, lo cual, evidentemente, era algo intolerable en una Inglaterra victoriana atestada de armarios apolillados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando Wilde retomó el motivo de Salomé, la más famosa danzante de siete velos que haya dado la historia hacía ya mucho tiempo que había sido objeto de interés artístico. Desde principios del siglo XVI existen representaciones célebres de este famoso episodio bíblico, como las de Da Vinci, Cranach, Tiziano o, más tarde, Rubens, Tiepolo... Pero es en el siglo XIX, a raíz de la publicación en 1841 de un poema del escritor romántico alemán Heinrich Heine, cuando el mito de la decapitación de Yokanaán (el Bautista) cobra una fuerza inusitada. Era una pieza fantástica titulada “Atta Troll. Sueño de una noche de verano” (“Atta Troll” era el nombre de un gigantesco oso) y, aunque en ella sólo se nombraba de pasada la historia de Salomé, el resto de aquel siglo se llenó de ejercicios de estilo y variantes sobre el tema: Flaubert, Mallarmé, Huysmans... Pero hay que tener muy en cuenta que hasta la “Salomé” de Wilde, el papel principal de esta dramática narración lo había llevado a cabo Herodías, la madre de la bailarina; Herodías, la esposa de Herodes Antipas, la que fuera anteriormente mujer del hermanastro de éste. Herodías fue, así, quien instigó a su hija a pedir la cabeza del Bautista después de la famosa danza, puesto que Yokanaán había censurado en su momento las nuevas nupcias del tetrarca de Galilea con quien había yacido ya en la misma cama de su propio hermanastro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;De hecho, el nombre de Salomé ni siquiera era señalado por Lucas o Mateos en sus evangelios, que sólo hablaban de la “hija de Herodías” y es sólo en las últimas décadas del siglo XIX cuando el mito se conforma tal y como hoy lo conocemos. Gracias a los suntuosos cuadros de Gustave Moreau, que devolvieron el protagonismo a la bailarina y, sobre todo, gracias al drama de Wilde, que introdujo el móvil amoroso por parte de Salomé en la petición de aquella famosa cabeza sobre bandeja de plata. Desde entonces no se entenderá el mito sin su componente amoroso y lúbrico, y así lo desarrollaron autores posteriores, como Richard Strauss en su ópera de 1905 o Pasolini en su mítico largometraje “El Evangelio según san Mateo” (1964).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y es que la historia y la literatura se han empeñado desde siempre en que los hombres perdamos la cabeza por las mujeres. Y, por lo que parece, si esto se lleva a cabo de forma literal, es mucho más interesante... En el imaginario colectivo occidental aparece también otra hebrea, la piadosa viuda Judit cercenando la cabeza del general babilónico Holofernes y llevándosela en una alforja hacia el campamento israelita. La histérica Reina de corazones de aquel fabuloso “País de las Maravillas” también asalta de vez en cuando nuestro subconsciente con su famoso grito de decapitación a discreción... Aunque ninguna como Salomé, hermosa, febril, sexual, misteriosa... ¿Cuál sería la lúbrica atracción que compartía la bella danzante hebrea con la luna roja del cielo negro de Jerusalén...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Tiempos de gloria&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(14-6-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Corren tiempos de romerías multitudinarias y seculares que exportan hacia todo el mundo una pintoresca imagen relativamente representativa de nuestra ciudad. De homenajes emocionados y masivos a mitos de la lírica folclórica que nos recuerdan que España sigue siendo más cañí que nunca en plena era postmoderna. De estrenos de cinematográficos bestsellers con formato de gincana seudoculturalista y kitsch (y un protagonista, por cierto, inmenso en el sentido literal). De ensayos generales de una orquesta balompédica nacional con demasiada afición por los “cuartetos” de final... Pero, sobre todo, corren tiempos de gloria para el recreativismo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Quién les iba a decir a Alejandro Mackay y Guillermo Sundheim (con sus nombres de pila españolizados gracias a esa costumbre tan entrañable que se tenía por aquel entonces en España) que, más de un siglo después, su invención deportiva iba a ser el eje alrededor del cual se aglutinara toda Huelva. El doctor Mackay arribó a tierras onubenses a principios de la década de 1880, proveniente de Escocia y doctorado en Edimburgo, convirtiéndose rápidamente en un afamado cirujano. Y Guillermo Sundheim había llegado unos años antes desde el centro de Europa para ejercer el cargo de cónsul de Alemania en Huelva y también para convertirse en uno de los más importantes promotores del desarrollo industrial en la provincia. Ambos fueron los protagonistas principales de la reunión que tuvo lugar a las 22 horas del lunes 23 de diciembre de 1889 en la sede de la Riotinto Company Limited en el Hotel Colón (actual Casa Colón). En aquel sitio y en aquel momento se firmó el acta fundacional del “Huelva Recreation Club”, el que 20 años después llevaría ya su denominación tradicional de “Real Club Recreativo de Huelva”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Allá por 1889, nuestro amigo Juan Ramón Jiménez asistía al Colegio de primera y segunda enseñanza de San José en Moguer, y probablemente vivía ajeno al profundo cambio socio-económico que afectaba a la capital de su provincia. Sin lugar a dudas, el hecho histórico que marcó todo el último tercio del siglo XIX y principios del XX fue el establecimiento en nuestra ciudad (que lo era desde 1876) de las compañías mineras extranjeras, principalmente británicas. Huelva vivía entonces su propia revolución industrial gracias a sociedades como la mencionada Riotinto Company Limited o The Tharsis Sulphur and Copper Company Limited (parece ser que los ingleses de la primera comenzaron a protagonizar los primeros partidos de “foot-ball” en suelo español contra los escoceses de la segunda). Por esas fechas, otro decano, esta vez de la prensa, hacía varios años que se consolidaba como la publicación más relevante de Huelva, siéndolo hasta su desaparición en 1937: me refiero al famoso diario La Provincia. Se preparaba ya la llegada del cambio de siglo, momento dorado de la prensa y la literatura para toda España y también para su límite sur occidental. Eran tiempos en los que el interés por el fútbol quedaba empequeñecido por la afición a la cultura, al arte, a la literatura (aunque también es cierto que el fútbol sólo comenzaba a dar sus primeros pasos; tan diminutos que compartía popularidad con el críquet en las gradas del Velódromo).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Desde este último punto de vista, es una lástima que hoy en día lo único que mueva apasionadamente a las masas sean los productos subculturales y que del “pan y toros” se haya pasado al “tele-basura y fútbol” (porque pan, afortunadamente, ya hay mucho más que antes; y toros..., bueno, afortunadamente, ya hay muchos menos que antes). No parece lógico, desde la óptica del mérito personal, que tantos miles y miles de euros engorden las nóminas de futbolistas que muchas veces tienen más de las antiguas vedettes que de verdaderos deportistas. Ni que ahora los padres de los niños ya no sueñen con que sus hijos sean “de mayores” escritores o científicos o presidentes del gobierno... No, ahora fabulan con la posibilidad remota pero factible de que se conviertan en futbolistas de éxito, nuevos ricos idóneos para formar parejas socio-estéticamente perfectas casándose con top-models aspirantes a actrices... En fin, tampoco me hagan mucho caso; siempre habrá alguien que tenga que hacer de abogado del diablo, ¿no?... Y, después de todo (guárdenme el secreto), les confieso que yo salté más que nadie cuando Gastón Casas empalmó la volea del tercer gol en Numancia... &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115810175429573299?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115810175429573299/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115810175429573299' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115810175429573299'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115810175429573299'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/09/artculos-publicados-en-odiel-i-opinin.html' title='Artículos publicados en &quot;Odiel&quot; I (OPINIÓN)'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115810130572367075</id><published>2006-09-12T15:34:00.000-07:00</published><updated>2006-09-12T15:51:01.446-07:00</updated><title type='text'>Artículos publicados en "Odiel" II (JUAN RAMÓN JIMÉNEZ)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Poesía y pensamiento&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(1-6-2006)&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ocupaciones y preocupaciones varias me han impedido colaborar con la frecuencia que yo deseo en las páginas del “Odiel”. De haberlo hecho antes, sería más pertinente mi agradecimiento a una lectora amable que me felicitó en carta abierta por mi último artículo (espero saldar así, aunque sea tardíamente, mi deuda de cortesía). En él hablaba sobre el desmedido consumismo juguetero contemporáneo ejemplificándolo en el cumpleaños de mi sobrino (por cierto, algún día tendré que dedicar algunas líneas a mi otro sobrino; no vaya a sufrir de celos si algún día le da por repasar las hemerotecas). Curiosamente, dicha colaboración era, en realidad aquélla en la que menos trataba sobre la figura de Juan Ramón Jiménez, que por ahora suele ser el motivo invariable de mis exposiciones. ¿Es casualidad que la única felicitación acerca de lo que escribo apareciera a raíz de mi artículo menos juanramoniano? ¿Es esto representativo? No podría asegurarlo, no poseo datos estadísticos, pero me da a mí que sí; bueno, que sí a lo segundo y que no a lo primero.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hace unos días, del 22 al 24 de mayo, se celebró en el salón de actos de la Facultad de Derecho el simposio “Juan Ramón Jiménez: Poesía y Pensamiento”. Dentro de él disertaron algunas de las máximas figuras del universo juanramoniano: Richard Cardwell, Blasco Pascual, Vázquez Medel... Y la mayoría de las ponencias fueron realmente interesantísimas para aquellos que tienen curiosidad por conocer la vida y la obra del premio Nobel de Moguer. Incluso los debates que se suscitaron al término de alguna de ellas fueron bastante sugestivos, y en ellos destacó Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta de Juan Ramón, que aportó valiosos puntos de vista y anécdotas biográficas familiares. El juanramonismo onubense también fue sólidamente representado por otras importantes personalidades, entre las que cabe destacar a Antonio Ramírez, director de la Fundación Juan Ramón Jiménez de Moguer, con el que tengo el honor, a veces, de compartir página en este mismo periódico. Y el diletantismo oficial lo llevó a cabo dignamente Manuela Parralo, vicepresidenta de la Diputación, cuyas palabras en la clausura fueron moderadamente bellas. En resumen, el simposio gozó de un nivel envidiable y, desde luego, desde aquí felicito a sus eficientes organizadores: Luis Miguel Arroyo y Francisco Silvera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No obstante, mi especialidad no son las “columnas de negritas”, así que intentaré ser menos nominal y no desviarme de la cuestión que me ocupaba (“pre-ocupaba”). Y es que, a pesar de ese gran nivel, hubo demasiados sillones vacíos..., al menos para mi gusto. No se entienda esto como que asistió muy poca gente, si no más bien como que quizá debió haber asistido más. Siendo muchos de los asistentes alumnos universitarios matriculados, y por ello relativamente obligados al testimonio presencial, creo que fueron pocos los oyentes que se acercaron por puro interés (ni siquiera por la tarde, franja horaria de menor tradición laboral). Y, por tanto, esto me lleva de nuevo a la reflexión inicial: ¿interesa Juan Ramón verdaderamente al onubense de a pie? ¿Es por eso que, cuando vienen las máximas figuras del juanramonismo, no se llena un auditorio? ¿O precisamente el nivel era demasiado alto para interesar al “no iniciado”? Quizá el busilis, como decían nuestros abuelos, estriba en eso y la labor de difusión de la obra del autor de “Patero y yo” deba realizarse a niveles más mundanos. No me atrevería, desde luego, a dilucidar yo la cuestión aquí, porque carezco tanto de la autoridad como de los datos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Quizá, simplemente, el evento no se publicitó lo suficiente. Salvo al principio y, sobre todo, al final, la presencia de los medios pareció escasa. Creo que no vi fotógrafos en la conferencia del profesor Blasco Pascual, considerado por los círculos académicos e investigadores la figura más importante de las que hicieron acto de presencia. Sin contar al director de la Real Academia de la Lengua, que pronunció la conferencia de clausura, para quien los “flashes”, por el contrario, tal vez fueron excesivos; de hecho, hubo algún fotógrafo que bombardeó, molestamente, al insigne lingüista casi durante media hora (yo, en mi calidad de “agente-doble”, no dije nada, pero hubo algún miembro del profesorado universitario que se quejó). No digo que don Víctor García de la Concha no se mereciera tal atención, ya que su conferencia fue, además, auténticamente magistral; quizá por eso las autoridades presentes se esforzaron en llamarle reiteradamente “maestro”, aunque posiblemente hubiera quedado menos taurino, y por tanto más elegante, dirigirse a él como “profesor”. De cualquier modo, fue la “estrella mediática” del simposio, pero ¿y el simposio...? ¿Fue éste mediático? En definitiva: ¿interesa verdaderamente Juan Ramón Jiménez al onubense de a pie...? Interesante pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;El caleidoscopio prohibido&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(4-5-2006)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Hace unos días tuvo lugar el cumpleaños de uno de mis sobrinos, Javier, al que por supuesto adoro. Cumplía cinco años y, lógicamente, está en esa bendita edad de “ludomanía” infinita y despreocupada que casi todos los adultos echamos de menos, como mínimo, un par de veces a la semana (quizá más, dependiendo del grado de estrés de cada uno). Aquel día, hacia los ojos encandilados de mi sobrino viajó todo el típico bestiario industrial y postmoderno de la juguetería actual: “powerrangers” de complexión nerviosa y colorines irisados, “pokemones” andróginos y psicodélicos o brillantes homúnculos que representan los clásicos superhéroes de la Marvel (los cuales, por descontado, copian las apariencias ñoñas e infieles de las versiones cinematográficas, no de sus originales del cómic, en una vuelta más de tuerca al fenómeno del “Kitsch”; que razón tenía Eco).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Después de la escala ocular, el bestiario llegó a su principal destino, las manos, y allí entretuvo largo rato al ilusionado niño, que dedicó gran parte del día a jugar con todos sus componentes. Hubo un momento en que los nuevos juguetes confraternizaron con los viejos y, al final de la jornada, salvo algunos especialmente exitosos que fueron “indultados”, la mayoría recibieron el castigo (o más bien la recompensa) de ser guardados en un gran cubo reservado para esa función. Hasta aquí todo normal; sin embargo, la forma en que la madre del niño agrupó y recogió aquella turbamulta de plástico y color llamó poderosamente mi atención. Tal era el número de juguetes, que había que reagruparlos con una escoba y guardarlos con un recogedor; en definitiva, que había que barrerlos... Efectivamente, el aumento del nivel de vida en los últimos años ha multiplicado escandalosamente el “stock” de juguetes que un niño suele tener en su poder. Cuando yo era un chaval no poseía ni un 10% de la flota juguetera de la que goza mi sobrino (por otro lado, espero que estas reflexiones no sean ningún tipo de envidia inconsciente y retroactiva por mi parte).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y es que los tiempos están cambiando, como ya advirtió Bob Dylan en los 70. Bueno, la verdad es que desde entonces no han dejado de cambiar casi en ningún momento y, de hecho, en estas postmodernidades que nos circundan no parece que vayan a dejar de hacerlo nunca... Afortunadamente, y sin ánimos de ponerme medallas, en aquel cumpleaños mi regalo fue una edición especial, con dibujos, pegatinas, recortables... de “El Principito”. El dulce humanismo y la desbordante imaginación del famoso relato de Saint-Exupéry me parece un excelente modo de iniciarse en la lectura y el contrapunto perfecto para todo tipo de bestiarios contemporáneos y plasticificados. De cualquier modo, aunque va a ser difícil que mi sobrino preste más atención al libro que al plástico y aunque éste tenga la educación de los mejores padres del mundo (que la tiene), nada cambia el hecho de que los juguetes se apreciaban mucho más cuando eran más escasos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Eso, por ejemplo, le ocurría a Juan Ramón Jiménez hace más de un siglo. Como miembro de una familia burguesa acomodada, tendría acceso a una serie de lujos que el resto de niños no podría nunca disfrutar, pero también es cierto que para ser feliz no le hacía falta más que un solo juguete: un caleidoscopio. A lo largo de 1933, Juan Ramón publicó una serie de 20 cuadernos de prosa y verso con el título de “Presente” y el número 16 se denominaba precisamente “El Caleidoscopio Prohibido”. En él dibujaba varias estampas de su infancia relacionadas con el mágico uso que de este instrumento hacía el moguereño; mágico porque con el simple hecho de mirar las cosas y las personas a través de su caleidoscopio se desbordaba el torrente de la imaginación del futuro premio Nobel. A “Josefito Figuraciones”, que de este modo se llamaba a sí mismo Juan Ramón en estos escritos, no le hacía falta más. A través de la visión coloreada, giratoria, fragmentaria de su caleidoscopio “Josefito” divisaba “el río Odiel, y luego el mar, y después Cádiz, y más allá, un poco desconocidos y huraños, el Peñón y el estrecho de Gibraltar, y unas islas Filipinas... Y vio a su tío abuelo vestido de almirante, en un barco, rodeado todo de anteojos, banderas, cañones, mariposas disecadas, lanzas largas de madera labrada, cajas de laca, cartas marítimas, sables de honor...”. Y más, mucho más...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No sé si mi sobrino llegará a ser poeta con el tiempo (probablemente terminará queriendo ser futbolista y no le culpo; los futbolistas ganan un “poquito” más que los poetas). Pero sé positivamente que, a pesar de los pesares, posee una gran imaginación y desde luego yo haré todo lo posible por ayudar a que ésta se desarrolle y se expanda, porque el mejor juguete de un niño es la imaginación y no el plástico... Quizá le compre un caleidoscopio para su próximo cumpleaños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Juan Ramón, un viernes santo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(13-4-2006)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;“Viernes santo lluvioso, 1936. Otro viernes santo lluvioso, hace treinta y seis años, 1900, llegaba yo a Madrid por primera vez. Había recibido días antes una tarjeta postal de Rubén Darío y Villaespesa, invitándome a venir. Y, claro, yo me vine a Madrid volando, sin pensar en nada más”. Así hablaba —y escribía— Juan Ramón Jiménez en año tan señalado y trágico para la historia española como aquel negro y odioso de 1936. Era abril, como ahora, y, por tanto, aún no planeaban a cara descubierta sobre los españoles las oscuras sombras de los buitres del fascismo (pero no es éste el tema que nos ocupa). Las palabras citadas fueron publicadas en El Sol el 10 de mayo de 1936, dentro de una serie de artículos que llevaban como título genérico aquella famosa y a veces malentendida máxima juanramoniana de “Con la inmensa minoría”, y tenían como objeto honrar la muerte reciente de un viejo amigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Efectivamente, el poeta almeriense Francisco Villaespesa Martín murió el 9 de abril de 1936. Me parece que aquel día era jueves, pero Juan Ramón creería más poético situar su homenaje en un viernes santo. Es precisamente esa pretensión de poetizarlo todo la que le llevó en más de una ocasión a modificar algunos de sus datos biográficos, en un inocente afán de literaturizar su propia vida (como si no fuese ya suficiente con la literatura que llevaba dentro). Así ocurría con su día de nacimiento, que a él le gustaba situar en nochebuena, cuando en realidad se produjo en la noche del 23 de diciembre de 1881. Y así ocurrió con aquel “viernes santo lluvioso” en el que afirmaba haber llegado a Madrid por primera vez. Un pequeño suelto del diario sevillano “El Porvenir” (4-4-1900, p. 1) nos advertía sobre aquella virtual “mentirijilla” juanramoniana y relataba brevemente cómo “[e]n el expreso de esta noche han marchado a Madrid nuestros queridos amigos los jóvenes escritores don Juan R. Jiménez y don Manuel Escalante Gómez. El Sr. Jiménez va a imprimir un libro de poesías que se titulará Nubes, y que llevará un prólogo del poeta americano Rubén Darío”. Efectivamente, en aquel mítico año de 1900 el viernes santo tuvo lugar el 13 de abril y no el 4, que, casualmente, fue otro jueves.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero, ¿qué más da? La relevancia de aquel viaje sigue siendo la misma independientemente de la desmemoria o de la fantasía del poeta moguereño. Durante el escaso mes y medio que permaneció en la capital se insertó decididamente en los círculos de la “gente nueva” gracias a Darío y, sobre todo, a Villaespesa. Dividió aquel libro de poesías titulado originariamente “Nubes” en dos: los ya famosos “Ninfeas” y “Almas de violeta”, libros modernistas, aunque el último menos que el primero (libros que, por cierto, se han dejado fuera de la gran empresa editorial que ha supuesto recientemente la publicación por Espasa de su “Obra poética” —craso error). Aunque Juan Ramón regresó pronto, desencantado y precipitadamente de aquel indispensable viaje al centro de la España literaria, allí conoció lo peor y lo mejor de la “gente nueva” y del modernismo. Y, dentro de lo mejor, entendió perfectamente (o al menos lo entendería con el tiempo) que la poesía y el hombre son por definición universales y que había que abrirse al exterior. Podría decirse que fue entonces cuando, contagiado por el cosmopolitismo del movimiento modernista, comenzó a sentirse aquello que más tarde afirmaría ser con orgullo: un “andaluz universal”. Desde su tierra, Moguer, pero hacia el mundo... o el universo. Una actitud digna de ser imitada: tener claras las raíces pero también que somos ciudadanos del mundo, que, por insustituibles y significativas que sean algunas cosas, no todo son palios y tamboriles (no es menos onubense quien dirige, desde Huelva, su mirada hacia el mundo).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Este afán de universalidad fue lo que, por ejemplo, a partir de 1915 llevó a Juan Ramón a la India, poéticamente hablando, claro. Desde entonces, junto a Zenobia, permaneció dedicado varios años a la traducción de parte de la obra de Rabindranath Tagore, el premio Nobel de literatura nacido en Calcuta, el poeta de “las lunas nuevas” que intentó que Oriente y Occidente se dieran la mano a través de la paz y la poesía (la historia es cíclica y ahora no nos vendría mal un nuevo Tagore). Poco después, Juan Ramón hubo de responder a los comentarios de quienes veían influencias de Tagore en Platero y yo, libro escrito años antes de que el de Moguer conociera la obra del de Calcuta. Y él se defendía, cómo no, desde lo local hacia lo universal: “En lo que yo me parezco a Rabindranath Tagore, ¿no será en las palabras, giros, acentos míos, que yo le he puesto al traducirlo con mi mujer? ¿No será en la semejanza de mi Andalucía con su Bengala?”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“Besos de oro”, libros perdidos, eclipses de Sol&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(29-3-2006)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Les voy a contar un cuento... (de hadas, no al modo de los políticos): En un lejano país, un niño y una niña abandonados se encontraron en pleno bosque e instintivamente unieron esfuerzos para sobrevivir gracias a la caridad de los lugareños de aquellos sitios por donde pasaban, ya que viajaban siempre siguiendo el sol. Una vez tocados por la adolescencia, el amor surgió entre ellos. Fueron, así, felices hasta que sobrevino el momento en el que no recibieron tantas limosnas y el hambre llegó a desesperarlos casi hasta el borde de la muerte. Entonces, se les apareció un hada compasiva prometiéndoles que cada vez que uno de los dos abriese la boca, vertería por ella una moneda de oro. Con tal poder, los huérfanos enamorados no tardaron en convertirse en los príncipes más ricos de la zona. No obstante, sus banquetes y la prodigalidad de los mismos eran tan famosos como la melancolía que embargaba a los nuevos príncipes. El hada que les confirió el don aquel, al percatarse de su tristeza, se les apareció una noche en la alcoba de ambos para pedirles explicaciones. Ellos le dijeron que “es grato por extremo calentarse cuando hace frío, comer cuando se siente hambre; pero hay algo más grato todavía, y es besarse cuando se tiene amor. Y desde que somos ricos no gozamos de tal ventura, porque apenas entreabrimos los labios para dar un beso, salen repugnantes doblones y lo que besamos es oro”. El hada anunció que les retiraría el poder, pero que perderían también todas las riquezas acumuladas al mismo tiempo que desaparecía en los jóvenes la capacidad de generarlas. Ellos dijeron que no importaba, y al tocarlos con su varita, halláronse en un cobertizo, por cuyas grietas entraba libremente el aire helado, hambrientos, medio desnudos, tiritando de frío como pobres pajarillos sin nido y sin plumas... ¡pero cuán felices pudiendo cambiar besos de amor!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Supongo que ahora esperarán por mi parte el despliegue de una moraleja actualizada. Pues no. Este cuentecillo ha sido simplemente la excusa introductoria para volver a hablar de Juan Ramón Jiménez, que es el motivo que me viene trayendo últimamente a las páginas de este periódico. Dicho relato, que les he resumido brevemente, llevaba por título, como ya imaginarán, “Besos de oro”, y lo creó el escritor parnasiano francés Catulle Mèndes. Una traducción del mismo apareció en el diario sevillano “El Baluarte” el 14 de octubre de 1898, y allí lo leyó con toda seguridad Juan Ramón, que a la sazón estudiaba en Sevilla. Y en él se inspiró para titular el que iba a ser su tercer libro, del cual tenemos noticias por su correspondencia y por algunos poemas publicados en prensa, y que, efectivamente, debía llamarse “Besos de oro”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Desgraciadamente, la crisis nerviosa por la que fue internado en un sanatorio francés, como les comenté en el anterior artículo, le llevó a desestimar la publicación de tal obra e incluso a destruir gran parte de la misma allá por 1901. Una lástima. En este libro perdido —que prometo intentar reconstruir algún día— Juan Ramón había atemperado los excesos formales de su primer modernismo y había madurado sus composiciones modernistas hacia una vertiente más profunda, entre simbolista y mística. De hecho, si el título de “Besos de oro” estaba inspirado de forma directa en Mèndes, su contenido bebía claramente —nunca mejor dicho— de “Las ánforas de Epicuro”. Éste era el nombre que Rubén Darío, por aquel entonces amigo y maestro del moguereño, había dado a un proyecto de libro formado por sonetos que finalmente fue incluido en la edición parisina de “Prosas profanas” (1901). En “Las ánforas...” Darío desarrolló su veta simbolista-ocultista y encerró lecciones sobre la poesía, la naturaleza o el erotismo, fundiendo de forma sincrética elementos católicos, paganos o pitagóricos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Yo, personalmente, me quedo con lo pitagórico, porque disfruto pensando que en la matemática de los planetas rige un principio musical y, por extensión, poético. Me gusta creer que en la orquesta del universo dirige una fuerza poética, superior, con su cósmica batuta, y nuestro planeta puede ser una nota, un acorde, quizá un arpegio... Y para cuando, ebrio de prosaísmo contemporáneo, dudo de mi pitagorismo, me entretengo cavilando sobre cómo, media hora después de morir Bécquer en Madrid, el 22 de diciembre de 1870, algunos observatorios astronómicos españoles registraron en sus telescopios un eclipse total de sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;El Doctor Lalanne y las leyendas urbanas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(22-3-2006)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;No quisiera convertir en un hábito eso de nombrar a gente que me encuentro por la calle (como hice un par de artículos atrás), pero en el fondo los periódicos son callejeros, están hechos para el hombre de a pie... La cuestión es que hace algún tiempo me encontré con un conocido que estaba al tanto de mis investigaciones juanramonianas y me interrogó acerca de cuánto había de cierto en aquello de que el autor de Platero era homosexual (bueno, la perífrasis es mía). Le dije que nada, sin apenas prestarle atención. Pero cuando me crucé con otro que insistió sobre el mismo tema, empecé a sospechar. Y cuando un tercero me dijo algo parecido, ya fue demasiada redundancia (y eso que aún no se había estrenado en Huelva Brokeback Mountain).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Claro, ¿cómo no? Poeta y homosexual son palabras sinónimas... Para quien no haya captado la ironía, en primer lugar, quizá sea interesante recordar que sí, que muchos de los máximos representantes de la literatura universal fueron homosexuales: García Lorca, Oscar Wilde, Verlaine...; y una cosa no tiene que ver con la otra. Y en segundo, tengo que decirles que la homosexualidad de Juan Ramón es, en realidad, una leyenda urbana más (entiéndase la expresión en su acepción sui generis). Quizá sublimada por referirse a un mito literario, pero leyenda urbana al fin y al cabo, como aquello de que a Ana Obregón se le estalló un pecho de silicona por el efecto despresurizador de la cabina de un avión o lo de que las latas de Coca-Cola hay que esterilizarlas antes de consumirlas porque en su abertura contienen matarratas potencialmente también “matahumanos”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En mayo de 1901, debido a una crisis nerviosa aguda, un veinteañero Juan Ramón ingresó en la Maison de Santé du Castel d’Andorte, un sanatorio de Le Bouscat, pueblecito cerca de Burdeos. Allí descubriría el camino hacia su verdadera poesía después de los primeros excesos modernistas, pero eso es otra historia; al menos no es la historia que ahora nos ocupa. Lo que interesa aquí es que en aquella “mansión de sanidad” el de Moguer fue tratado por el doctor Gaston Lalanne, un prestigioso alienista (que era como se llamaba entonces a los psiquiatras)... ¿Y por qué es eso lo que interesa aquí y qué tiene que ver con Brokeback Mountain y los pechos de Ana Obregón?, se preguntarán ustedes. Por lo pronto, en la ficha médica del poeta, redactada el 7 de septiembre de 1901 por el doctor Lalanne, se podía leer: “Se ha entregado a los placeres sexuales”. Entiéndase que con mujeres, y entiéndase también, como apuntaba el profesor Jorge Urrutia, que ello probablemente habría ocurrido durante cierta fase bohemia y de esparcimiento perteneciente a su época de estudiante de pintura en Sevilla (de la que luego se arrepentiría mucho, todo hay que decirlo).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero es que, además, en los poemas y apuntes manuscritos que el moguereño escribió a lo largo de su estancia bordelesa, hay referencias a varias mujeres nativas de las que se enamoró. Él era así, tenía una sensibilidad hipertrofiada para la poesía y para el amor y, de joven, le costaba tan poco enamorarse como respirar, y casi respiraba con la misma frecuencia que se enamoraba o hacía poesía. Y, dentro de esa espiral poético-amorosa, en Le Bouscat fue a protagonizar un bello —y adúltero— idilio con Madame Lalanne (a la que el poeta evocaría en sus poemas bajo el seudónimo de “Jeanne Roussie”); en una extensión del tratamiento psiquiátrico que es de suponer desconocía el doctor Lalanne... Un año después, dentro de una extraña especialización romántica en dispensarios mentales, nuestro poeta protagonizó un suceso similar, puesto que en 1902, ingresado en el Sanatorio del Rosario de Madrid, creyó enamorarse de la hermana Sor Amalia Murillo. Ésta parecía corresponderle, o al menos eso se desprende de que la trasladaran súbitamente a otro sanatorio poco después de la llegada de Juan Ramón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En fin, creo que queda suficientemente contestada la triple pregunta del principio. Pero tampoco me gustaría que se interpretase esta exposición como un alarde de machismo, ni que el tono jocoso que a veces uso para hacer más distendidos estos articulitos se entienda como una frivolidad acerca de la vida y la obra juanramonianas. Nada más lejos de mi intención que presentar a un Juan Ramón frívolo. Y nada más cerca que resaltar la infinita capacidad de amar la belleza que poseía... Por si alguien duda de mis palabras, qué mejor que hacer uso de las suyas para ilustrar esto último. Una de las partes de Laberinto, obra de 1913, estaba adornada con la siguiente dedicatoria: “A Jeanne Roussie./ «La romántica»/ que, entre el vaho verde/ del jardín regado,/ se paseaba conmigo,/ a la luna de junio,/ con las ramas de los sauces/ en los ojos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;El primer poema de Juan Ramón Jiménez o el terror jesuítico&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;(7-3-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;“Aquí yace de un hipócrita/ el cuerpo malvado y necio/ que por no sufrir desprecio/ bueno quiso aparecer.//Teniendo manchada el alma/ con la lepra del pecado/ ahora ya está condenado/ a las penas del infierno”. Este fatalista y melodramático poemilla es el documento poético juanramoniano más antiguo que se conserva sin dudas de atribución. Permanece estampado en una de las páginas del Manual de Retórica y Poética de sus estudios de bachiller al lado del monograma del nombre de Jesús (JHS) y de algunos dibujos. Está firmado “J. R. J.”. La primera conclusión que se puede sacar al respecto es que consuela comprobar cómo los genios literarios emborronaban el material escolar al igual que todo hijo de vecino, y la segunda, que también eran capaces de componer mala poesía, aunque fuera en sus años mozos. Por aquel entonces, el de Moguer tenía 13 años y cursaba 4º de bachillerato en el jesuita Colegio San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María. Hacía año y medio que se había trasladado hasta allí desde el Instituto Provincial de Enseñanza Media de Huelva, posiblemente porque su padre don Víctor juzgaba de mayor calidad la educación religiosa; algo que, al margen de consideraciones morales, fue objetivamente cierto durante todo el siglo XIX e incluso más.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En cuanto al poema citado, era una especie de fabulilla moderna que le debía mucho al ídolo poético de la época, Ramón de Campoamor, pero sobre todo a otro peso pesado del fin de siglo XIX: Tomás de Kempis. Este monje y místico alemán, nacido hacia 1379, escribió desde su celda de un monasterio en los Países Bajos la Imitación de Cristo y menosprecio del mundo. Dicho librito llegó a convertirse en el devocionario cristiano más importante de la historia, lo que hoy llamaríamos un best-seller, y su popularidad fue grandísima en la segunda mitad de la centuria decimonónica. La profunda espiritualidad de la Imitación... y sobre todo su mensaje moral fundamentalista marcaron al joven Juan Ramón y su primera poesía. Y, en particular, el sello de Kempis es evidente en este “proto-poema” juanramoniano; no en vano, en su devocionario se dedica todo un capítulo, el XXIV, al tema del Infierno. Se titula “Del juicio y de las penas de los pecadores” y refiere de un modo muy gráfico las penas reservadas a los impenitentes de todo tipo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Muchas religiones han querido basar sus victorias doctrinarias en el miedo al Infierno, y en especial la cristiana (religión de éxito), con su concepto dantesco de los lugares infernales: interminables ríos de fuego e insondables pozos de azufre con temperaturas considerablemente más altas que las aguas termales de un balneario, y un amplio y variopinto catálogo de refinadas torturas. Unos procesos nada analgésicos encaminados a producir de forma exponencial el efecto contrario al de las aspirinas y que asustaban más en tanto que en ciertos periodos de la historia eran aplicados regularmente por las autoridades locales sin necesidad de traslado a destino ultraterreno alguno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los jesuitas, como toda orden religiosa, entendían lo suyo sobre adoctrinamiento y propaganda, y casi se podría decir que doblemente, por aquello de que estaban organizados a la manera de un ejército. Tal eficiencia la comprobó en sus carnes el adolescente Juan Ramón... Bueno, más que en sus carnes lo comprobó en su “miedo a las carnes”, porque gracias a este periodo de bachiller el moguereño estuvo durante mucho tiempo dominado por una especie de psicomaquia entre el espíritu y la carne; es de suponer que con un bonito telón de fondo infernal. Graciela Palau de Nemes, una autora que prácticamente inauguró la moderna crítica juanramoniana, decía sobre esta etapa jesuítica en su Vida y Obra de Juan Ramón Jiménez (1974), que “del San Luis Gonzaga se llevó, con el grado de Bachiller, una gran preocupación por el alma y el cuerpo: una obsesión con la carne y un ansia incomprensible de pureza”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No nos cabe la menor duda. Sólo hay que echar un vistazo al primer poema de Juan Ramón, tan marcado por ese terror psicológico que a veces se obstinan en ejercer las religiones. Qué diferencia tan abismal con la libertad y la perfección de su obra Espacio. Claro, también hay 48 años entre un poema y otro. Afortunadamente, aunque sufrió mucho tiempo su particular psicomaquia espiritual, el poeta no tardó tanto en sustituir (quid pro quo?), el miedo al infierno por la divinidad de la poesía al “calor” —nunca peor dicho— del modernismo novecentista. Un cambio quizá no muy devoto, pero al menos sí más agradable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Juan Ramón y los Juegos Florales&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(23-2-2006)&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una buena amiga mía me felicitó nada más leer el anterior artículo que publiqué en las páginas de este periódico. Creía ella que estaba bien eso de hacer hincapié en la conflictiva relación de Juan Ramón con Huelva ahora “que tanta gente se pone medallas y alaba al poeta como si fuera su padre”; así me lo dijo. La verdad es que me sorprendió el comentario. Yo no entiendo de política (o al menos eso intento) y epatar, en el sentido francés, me aburre un poco. Me dedico, a veces, a intentar saber cosas que se desconocen o no se conocen muy bien, y desde hace algún tiempo, esas cosas tienen que ver con Juan Ramón. Si éste no se llevaba muy bien con Huelva allá por 1900, no es algo que deba ofender a nadie: es simplemente un dato curioso que es interesante reseñar. Además, fueron nuestros antepasados los que no se portaron muy bien con el moguereño, no nosotros y, aparte de que era normal que no se prestase mucha atención a un anónimo poeta de 19 años, también es cierto que ya en 1912 se le intentó hacer en nuestra ciudad el primer homenaje importante... Aunque no lo es menos que el ya por entonces consagrado vate lo rechazó humildemente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;De cualquier modo, cómo todo esto vino a cuento del episodio, apenas insinuado en mi último artículo, de los Juegos Florales y el Ateneo, me gustaría hablar un poco más sobre el mismo: A partir de la segunda mitad del siglo XIX se había puesto de moda en gran parte de España la recuperación de la tradición medieval de los Juegos Florales o “Fiestas del Gay Saber” (con perdón para los homófobos desconocedores de la etimología de ciertas palabras). Y dichos eventos normalmente eran organizados a finales de este siglo por las asociaciones culturales conocidas como ateneos. Tanto Cádiz, ciudad donde Juan Ramón estudió parte del bachillerato, como Sevilla, localidad donde intentó estudiar Leyes, poseían su propio ateneo y, de hecho, el futuro autor de Animal de fondo era socio del Ateneo hispalense desde 1898. Por tanto, parece lógico que el inquieto joven moguereño deseara una institución similar para su ciudad y no dudó en embarcarse en una campaña periodística en favor de la misma. Lo hizo desde la tribuna de El Odiel (casualidades de la vida y de la prensa), diario dirigido por su buen amigo Tomás Domínguez Ortiz, joven periodista y escritor que, con el tiempo, se convertiría en el presidente más longevo de la Junta de Obras del Puerto.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Tanto se interesó el de Moguer en este tema, que fue capaz de moverse de la comodidad de su pueblo para figurar en el único acto cultural onubense documentado al que asistió durante el fin de siglo (quizá también el primero y el último). Me refiero a la reunión que se celebró en el Círculo Mercantil y Agrícola el 31 de enero de 1900 para tratar sobre ello y en la que “el joven escritor don Juan R. Jiménez, iniciador de la idea, expuso la conveniencia de fundar un Ateneo o Liceo cuya inauguración podría hacerse con la celebración de los «Juegos» en el próximo verano” (La Provincia, 2-2-1900, p. 2). Aunque se nombró una comisión al efecto, no hubo ateneo hasta 1907, y además fue un desastre que sólo duró tres años. Y, aunque los primeros y, probablemente, únicos Juegos Florales de la historia de Huelva se celebraron en la noche del 4 de septiembre de 1902 y fueron todo un éxito, nadie se acordó de Juan Ramón. En el discurso inaugural de José Marchena Colombo, presidente de la Academia de Música y de la comisión organizadora de los Juegos, se atribuía la iniciativa, injustamente, al alcalde José Coto Mora. Y los méritos se repartían entre éste y su Ayuntamiento, la Sección literaria de la Academia de Música y, sobre todo, Antonio López Muñoz, político y escritor onubense mantenedor del evento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Tampoco es que aquella omisión fuera ningún crimen..., pero un poco sí que molesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Nogales, Juan Ramón y el soneto perdido&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;(10-2-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Es mítica, aunque bastante exagerada, la misantropía de Juan Ramón Jiménez. Y también es cierto que la famosa frase “con la inmensa minoría”, que comenzara emplear a mediados de 1930, normalmente ha sido mal interpretada. Pero no lo es menos, aunque nos duela un poco en nuestro corazoncito de onubense, que Juan Ramón no se llevó nunca excesivamente bien con Huelva. De hecho allá por 1900, cuando contaba apenas con 19 años, su relación con la capital de la provincia era especialmente conflictiva. En una carta de febrero de 1900 dirigida a Timoteo Orbe, amigo y escritor vasco afincado en Sevilla, diría esto con respecto a Huelva: “Yo no salgo, amigo mío; yo no salgo de casa; no hay quien hable sino de toros o toreros. Esto es insufrible”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No obstante, justo es decir que antes de romper con ella intentó tímidamente integrarse en la oficialidad literaria y cultural de la burguesía huelveña. Lo intentó reclamando ante la opinión pública que se crease un ateneo y que se celebraran los primeros Juegos Florales onubenses a finales de 1899. No le hicieron mucho caso y de ahí las palabras despectivas citadas. Fue entonces cuando se produjo su ruptura con Huelva, la cual quizá se escenificó el 9 de febrero de 1900 en el Hotel Madrid, donde se celebraba unos de los múltiples homenajes dirigidos a José Nogales y Nogales, periodista y escritor onubense que acababa de ganar, contra todo pronóstico, el concurso de cuentos organizado por El Liberal de Madrid. Lo hizo con un relato entre naturalista y regeneracionista titulado “Las tres cosas del tío Juan” y dejando en la cuneta a glorias literarias presentes y futuras como la Pardo Bazán y Valle-Inclán.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;A ese homenaje, tendría pensado asistir Juan Ramón, pero probablemente el desencanto con la mala acogida que tenían sus ideas en la capital produjo un cambio de opinión. Así que se quedó en casa pero mandó un soneto para que fuera leído en el evento en honor a Nogales, al que parece que admiraba por aquel entonces. Desgraciadamente, tal poema no fue publicado en la prensa local, lo que daba una idea de lo poco que se valoraba a este jovencísimo Juan Ramón, puesto que en los diarios y revistas onubenses de la época se reproducían pésimas poesías de cualquier funcionario que tuviese tiempo libre y ganas de emborronar cuartillas. Hubiese sido interesante poder leer aquel soneto perdido; sólo por curiosidad, porque no debía de ser muy bueno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pocos días después, el 14 de febrero, se celebró otro homenaje a Nogales, esta vez en el Hotel de Inglaterra de Sevilla. Parece ser que Juan Ramón sí que asistió al homenaje sevillano, terminando de escenificar así su desencuentro con Huelva. En fin, es una lástima que nuestros antepasados no tratasen mejor al joven moguereño, quizá así nuestra ciudad podría haber sido otra especie de “blanca maravilla”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Francisco Jiménez &amp; Cía.&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;(4-2-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Allá por 1898 Juan Ramón Jiménez comenzó a escribir poesía y a publicarla en la prensa para darse a conocer, tal y como hace casi todo escritor “novel”, esté o no predestinado a transformar en “b” la “v” de dicha palabra... Por aquel entonces, La Provincia, el más importante y veterano periódico de Huelva, publicaba en su cuarta y última página este anuncio entre otros: “Cognac Fino de Moguer (Andalucía) F. JIMÉNEZ Y Cª. MOGUER. Competencia con las mejores marcas extranjeras, absoluta pureza y elaboración esmerada. Pídase en Hoteles, Cafés, tiendas de licores y vinos. Se conceden representaciones y depósitos”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ese cognac fino salía de las bodegas que tenía en Moguer el padre de Juan Ramón, don Víctor, pero era distribuido por una empresa que llevaba el nombre del hermano de éste: “Francisco Jiménez y Cía”. En realidad, dentro de esta razón social, los tres socios principales eran los dos hermanos nombrados y un tercero, Gregorio. De hecho, la empresa se llamó anteriormente, en 1881, “Gregorio Jiménez y Cía”, y, un poco antes, en 1878, “Víctor Jiménez” a secas. Bajo sus diferentes denominaciones, la firma de los Jiménez siempre se dedicó a lo mismo, a los negocios de banca y a la compra venta de géneros y efectos del país y extranjero, llegando a ser una de las entidades comerciales más poderosas de Huelva y su comarca en la última década del siglo XIX.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al tiempo que don Víctor se ocupaba de las bodegas moguereñas, sus hermanos, banqueros y comerciantes, llevaban los negocios desde la capital de la provincia. Ya en otro artículo advertí sobre la gran relevancia social de Gregorio y Francisco Jiménez en la Huelva del fin de siglo. Por ello, merece la pena dedicar unas líneas a estos dos personajes que colaboraban activamente en el progreso socioeconómico onubense mientras su sobrino más inquieto se dedicaba a soñar con la gloria poética allá en Moguer. Junto a don Víctor, y algunos otros miembros de la burguesía local, fueron promotores (1861) y fundadores (1863) del Círculo Mercantil y Agrícola, y también socios fundadores de la Real Sociedad Colombina en 1880. Por su parte, Gregorio fue concejal por el Partido Liberal en 1885 y presidente de de la Asociación de Caridad Onubense, al menos desde 1901 y hasta 1904.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sin embargo, mucho más importante dentro de la burguesía onubense se puede considerar a Francisco, que desde 1892 fue el jefe de una de las dos facciones en las que estaba dividido por aquel entonces el Partido Liberal de Huelva, recibiendo el apoyo expreso del mismísimo Sagasta. Antes, había ejercido como alcalde en 1874, concejal en 1879 y diputado provincial en 1882. Pero, además, desde 1861 a 1904, fue el dueño del Teatro Principal y después del Teatro Colón, prácticamente los dos únicos locales públicos dedicados a las artes escénicas durante el fin de siglo. Es una lástima que Juan Ramón no se hubiera dedicado a la dramaturgia..., sus comienzos literarios hubieran sido mucho más fáciles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Juan Ramón: Por el principio...&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;(27-1-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;No hace mucho me pareció interesante advertir, al calor del estreno de las conmemoraciones del trienio juanramoniano, sobre lo poco que se sabía acerca de la prehistoria poética del creador de Platero. Qué menos que intentar recoger yo mismo el guante de dicho envite e informar de vez en cuando en lo relativo a muchos aspectos desconocidos de este primer Juan Ramón. Quizá sea conveniente comenzar por el principio...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y el principio es que al onubense más universal que haya existido jamás le faltó muy poco para nacer en La Rioja. ¿Se imaginan a un Juan Ramón Jiménez riojano? Bueno, mejor dicho, para no ofender a ningún norteño: ¿se imaginan a un Juan Ramón Jiménez no moguereño y, por tanto, no huelvano? Yo no..., menudo trienio nos esperaría. Pues, como les digo, estuvo a punto de nacer en La Rioja, más exactamente en un pueblecito llamado Nestares de Cameros.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Allí nacieron sus abuelos y allí nacieron sus tíos y su padre: Víctor Jiménez y Jiménez. Pertenecían a la burguesía local y eran propietarios y comerciantes, pero no tendría que irles muy bien las cosas allá por su tierra natal porque hay constancia de que Eustaquio Jiménez, el mayor de los hermanos, estaba ya en Huelva en 1851. Después de éste, la inmigración de la familia fue escalonada pero firme desde 1856. Aparte de un par de primos (y entiéndase bien la frase), fueron llegando a nuestra ciudad, por este orden, Juan, Víctor, Gregorio y Francisco Jiménez, y en un principio se alojaron en la misma pensión situada en el nº 10 de la calle de la Placeta. La capital de nuestra provincia debía de ser entonces bastante permeable a la inmigración burguesa (que se lo digan a los ingleses), porque todos se integraron perfectamente en el tejido social onubense, en especial, los dos últimos. De hecho, Francisco Jiménez no tardó demasiado incluso en ser alcalde; lo hizo sólo por un año, 1874, dentro de las filas del Partido Liberal. De las peripecias de ambos hermanos en muchos de los más importantes eventos comerciales, sociales y políticos de la Huelva del fin de siglo, merece la pena hablarse más detenidamente en otro momento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero, por ahora, quedémonos con el detalle de que mientras ellos se establecieron en Huelva, su hermano Víctor decidió pronto trasladarse a Moguer, probablemente para diversificar los negocios de la familia. Y con este otro: que, de no ser así, quizá aquel burrito “pequeño, peludo y suave” que tenía en los ojos “dos espejos de azabache” o no hubiera existido o podría haber trotado alegremente por las calles de Huelva. ¿Se lo imaginan...? Supongo que no, ni eso ni un Juan Ramón Jiménez riojano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;La prehistoria poética de Juan Ramón Jiménez&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;(7-1-2006)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Nuestro andaluz universal nació el 23 de diciembre de 1881 (aunque él disfrutaba más contando que había nacido el 24, por aquello de la Nochebuena) y publicó sus dos primeros libros (así, de una vez, como en un parto de gemelos) a mediados de septiembre de 1900. Ese periodo de tiempo, que va desde que Juan Ramón vio la luz en aquella “blanca maravilla” de Moguer hasta que publicó en Madrid dos libros de poemas modernistas titulados Ninfeas y Almas de violeta, es lo que alguien llamó con acierto “la prehistoria poética de Juan Ramón Jiménez”, probablemente la fase de su vida y obra más desconocida, tanto para el gran público como para el erudito, a pesar de ser más interesante de lo que se pudiera pensar en un principio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Está claro que la poesía “prehistórica” juanramoniana, la mayoría aparecida en periódicos y revistas del fin de siglo, no está indicada para la fruición lírica ni mucho menos; se lo digo yo, que la he estudiado a fondo. Sin embargo, creo que sus avatares vitales de entonces sí pueden ser llamativos para el lector onubense. ¿Sabían, por ejemplo, que entre 1899 y 1900 Juan Ramón colaboró con cartas y poemas en un periódico llamado precisamente El Odiel? ¿Que abandonó sus estudios de pintura en Sevilla a finales de 1898 porque su maestro era demasiado aficionado a la jarana y a la pandereta? ¿O que a principios de 1894 el futuro poeta se trasladó a El Puerto de Santa María para estudiar con los jesuitas después de haber estado matriculado dos años en el Instituto Provincial de Enseñanza Media de Huelva?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Seguro que más de uno, al leer mis interrogantes, comprobará orgulloso que ya lo sabía, pero serán los menos. Además, éstos constituyen sólo tres ejemplos, y quizá de los menos sugerentes, entre muchos aspectos atractivos de este Juan Ramón “prehistórico” que, al contrario que sus tíos banqueros, Gregorio y Francisco, nunca llegó a integrarse en el tejido social onubense, enfurruñado como estaba porque no le dejaron organizar unos Juegos Florales en Huelva para el año 1900 y deseando huir a Madrid para encontrarse con Darío, Villaespesa y otro amigos modernistas... Al final marchó en tren el 4 de abril de aquel año, desde Sevilla, y acompañado por un amigo suyo gaditano, Manuel Escalante, un extraño personaje, pésimo poeta y director de revistas literarias al que unas semanas después la policía quiso detener por un turbio asunto económico, probablemente una estafa, ante la indignación del moguereño...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En fin..., todo un mundo, prehistórico quizá, pero igualmente válido y atractivo que el resto. Todo un mundo que podría ser interesante conocer, y qué mejor momento que ahora... ¿O habrá que esperar otros cincuenta años?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115810130572367075?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115810130572367075/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115810130572367075' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115810130572367075'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115810130572367075'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/09/artculos-publicados-en-odiel-ii-juan.html' title='Artículos publicados en &quot;Odiel&quot; II (JUAN RAMÓN JIMÉNEZ)'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-34157090.post-115801498977747777</id><published>2006-09-11T15:48:00.000-07:00</published><updated>2006-09-21T15:55:43.080-07:00</updated><title type='text'>OFRENDA</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/caliz_barrientos.0.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/200/caliz_barrientos.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Si penas y dudas olvidar ansías&lt;br /&gt;su clásica copa te ofrece el poeta.&lt;br /&gt;En marfil y oro la esculpió un atleta...&lt;br /&gt;Fue cáliz de besos en noche de orgías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy es santuario de las Musas mías:&lt;br /&gt;de Chipre, bacante lasciva y discreta,&lt;br /&gt;del Champaña, el oro de la vida inquieta,&lt;br /&gt;y el Jerez, la rosa de mis alegrías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La copa te brinda divinos amores.&lt;br /&gt;En ella la virgen deshoja las flores&lt;br /&gt;del Epitalamio, y escancia la estrella&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;el vino celeste de pálidas Thules...&lt;br /&gt;¡Alma soñadora, embriágate en ella&lt;br /&gt;de rojos delirios y ensueños azules!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Francisco Villaespesa, &lt;em&gt;La copa del Rey de Thule &lt;/em&gt;(1900).&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/34157090-115801498977747777?l=gitanosky.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gitanosky.blogspot.com/feeds/115801498977747777/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=34157090&amp;postID=115801498977747777' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115801498977747777'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/34157090/posts/default/115801498977747777'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gitanosky.blogspot.com/2006/09/ofrenda.html' title='OFRENDA'/><author><name>Gitano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09144850676877343959</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='19' height='32' src='http://photos1.blogger.com/blogger/2392/3434/1600/am%20bender3.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
